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Investigadores chinos optimizan un hongo comestible con CRISPR para producir un 88% más de proteína con 44% menos recursos

11 diciembre, 2025 1 comentario

4.6/5 - (13 votos)
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Imagen: IndividualOne – Depositphotos.

Al eliminar un gen, el hongo crece con menos azúcar. Al eliminar otro, se reduce la cantidad de quitina, haciendo las paredes celulares más delgadas y fáciles de digerir. El FCPD mostró mejor sabor, textura y mayor contenido graso, acercándose a la textura del pollo.

  • Proteína fúngica optimizada. Más rendimiento, menos recursos.
  • CRISPR como acelerador invisible del cambio alimentario.
  • Micoproteína con textura más “cárnica”.
  • Menor uso de tierra y agua frente a la carne.
  • Opción realista para reducir la presión ganadera.
  • Debate social: transgénicos, aceptación y regulación.

¿Podría un hongo modificado genéticamente reemplazar la proteína animal?

Los hongos microscópicos llevan décadas rondando el radar de la alimentación sostenible, pero siempre a pequeña escala y con dudas razonables: ¿textura convincente?, ¿precio?, ¿aceptación social? La edición genética con CRISPR, sin embargo, empieza a despejar el terreno y sugiere algo que hace cinco años habría sonado exagerado: una proteína fúngica más nutritiva, más barata de producir y mucho más parecida a la carne.

Un salto tecnológico en dos genes

Un equipo de Jiangnan University logró transformar Fusarium venenatum, el hongo que sirve de base a productos como Quorn, editando únicamente dos genes. No añadieron ADN externo: simplemente apagaron funciones. Y el resultado fue sorprendente.

El nuevo linaje, llamado FCPD, generó un 88 % más de proteína consumiendo un 44 % menos de nutrientes. La relación insumo/rendimiento —clave en cualquier sistema alimentario moderno— mejora de forma notable. Para un sector que aún lucha por competir en precio con la carne, este tipo de avances no son menores: la azúcar y el nitrógeno usados como alimento del hongo representan una parte importante del coste final del producto.

Según el equipo investigador, las mutaciones afectaron dos procesos clave:

  • Crecimiento más eficiente, que reduce la necesidad de azúcar.
  • Menos quitina en las paredes celulares, lo que adelgaza las células y facilita la digestión humana.

El hongo resultante mantiene su estructura fibrosa natural, pero ahora se transforma con mayor facilidad en un alimento de textura más suave y nutritiva.

Una textura mucho más cercana al pollo

La textura es el gran talón de Aquiles de muchas alternativas vegetales. En un segundo estudio, el equipo evaluó la palatabilidad de dos variantes de F. venenatum modificadas con CRISPR. La cepa FCPD mostró una textura muy parecida a la pechuga de pollo: más resiliencia, mayor cohesión y una sensación en boca más uniforme.

Lo curioso es que este avance proviene de un ligero aumento del contenido en grasa, que suaviza la mordida y elimina el toque “esponjoso” típico de algunas micoproteínas.

El análisis incluyó un método tan poco glamuroso como efectivo: un voluntario de 27 años masticó varias muestras y los investigadores analizaron posteriormente esa mezcla en un equipo de textura. Ciencia mundana, pero útil.

Un candidato serio para reducir proteína animal

La presión internacional para reducir la huella climática de la carne —especialmente la bovina— crea un contexto favorable a proteínas alternativas que realmente funcionen. Las legumbres siguen siendo la opción más sostenible y barata, pero no todo el mundo quiere comer legumbres todos los días. La micoproteína ofrece, en cambio, un “puente cultural”: sabe y se comporta en la cocina de forma más similar a la carne, facilitando la transición a dietas bajas en proteína animal.

Este hongo no es nuevo. Ya en los años 60 se desarrolló comercialmente, y en los 80 se aprobó su venta en el Reino Unido. Empresas como Quorn han demostrado que la micoproteína puede sostener una industria rentable. Pero el sector lleva años estancado. Las mejoras de CRISPR podrían reactivar el interés y abaratar la producción.

¿Y el impacto ambiental?

En su análisis comparativo, los investigadores observaron que la cepa FCPD no supera a la proteína vegetal en sostenibilidad —legumbres y guisantes siguen en cabeza—, pero sí reduce de forma notable el impacto frente al hongo tradicional, la carne de pollo y la carne cultivada.

Según el estudio:

  • 70 % menos uso de tierra que la producción de pollo en China.
  • 78 % menos riesgo de contaminación de agua dulce.

Esto es relevante: el pollo ya es una de las carnes con menor huella climática. Si un hongo editado puede superarlo, incluso sin competir con los cultivos vegetales más eficientes, se abre un espacio intermedio interesante: productos más cárnicos que las legumbres, pero con un impacto ambiental muy inferior al de la ganadería.

En un momento en el que la UE revisa sus estrategias de proteína alternativa y muchos países impulsan incentivos para reducir la dependencia ganadera, esta categoría de alimentos podría encajar bien, siempre que los consumidores lo acepten.

La promesa —y el freno— de CRISPR

Expertos en micoproteína señalan que es casi imposible alcanzar mejoras tan grandes utilizando genética clásica. CRISPR permite una precisión quirúrgica, con resultados rápidos y controlados.

Pero hay un freno evidente: la percepción pública. La palabra “modificado genéticamente” sigue provocando rechazo en parte de la población, aunque muchos reguladores ya consideran que la edición genética que no introduce ADN externo se evalúa de forma diferente a los transgénicos convencionales.

En 2016, por ejemplo, Estados Unidos permitió que una seta editada con CRISPR se comercializara sin un proceso de revisión adicional, al no contener ADN extraño. Ese precedente puede facilitar el camino para los hongos destinados a micoproteína, especialmente si cumplen normas de seguridad alimentaria estrictas.

Potencial

El desarrollo de hongos optimizados con CRISPR ofrece un camino realista para ampliar la oferta de proteínas con menor huella ecológica. No solucionará por sí solo la crisis climática, pero sí puede contribuir a un sistema alimentario más diverso, resiliente y accesible.

Las mejoras en eficiencia reducen costes y facilitan que los productos lleguen a más personas, mientras que la investigación en nuevos sabores y texturas podría derribar barreras culturales. En paralelo, las políticas públicas —desde compras institucionales más sostenibles hasta incentivos a la innovación alimentaria— pueden acelerar esta transición.

Un futuro en el que parte de la proteína del mundo provenga de hongos editados genéticamente no es ciencia ficción. Es una herramienta más, discreta pero potente, para reducir el impacto de nuestra dieta sin renunciar al placer de comer.

Más información: Dual enhancement of mycoprotein nutrition and sustainability via CRISPR-mediated metabolic engineering of Fusarium venenatum: Trends in Biotechnology

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Publicado en: Curiosidades

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Comentarios

  1. Luis Conde dice

    12 diciembre, 2025 a las 12:22

    Excelente, revelamos codigos geneticos, hacemos vivir lo inerte, somos como dioses, en nuestros laboratorios

    Responder

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