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Investigadores de Berkeley defienden a las vacas como herramienta para reducir incendios, restaurar biodiversidad y almacenar carbono

20 diciembre, 2025 Deja un comentario

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¿Villanos climáticos o aliados ecológicos? Proyecto de UC Berkeley busca reducir las emisiones del ganado reprogramando microbios con CRISPR desde el nacimiento.

  • Vacas y clima, debate abierto.
  • Metano potente, pero no eterno.
  • Pastos gestionados, menos incendios.
  • Biodiversidad ligada al pastoreo.
  • Agricultura, parte del problema y de la solución.

La batalla en torno al ganado

¿Merecen las vacas, durante décadas en el punto de mira del ecologismo, una revisión más matizada?

El pasado enero, mientras los incendios forestales cercaban amplias zonas del área de Los Ángeles, la organización PETA envió una caja de cerillas al gobernador de California, Gavin Newsom. El gesto venía acompañado de una carta de Tracy Reiman, vicepresidenta ejecutiva de la entidad, que acababa de huir de su casa por el fuego. “Mi ciudad arde”, escribía. Y señalaba a un culpable inesperado: las vacas.

Según Reiman, el metano emitido por el ganado estaba acelerando el calentamiento global y creando las condiciones perfectas para incendios cada vez más extremos. Su exigencia fue directa: retirar las ayudas públicas a la industria cárnica y láctea del estado. El mensaje final no dejaba margen a la duda: “La elección es tuya. ¿Leche de vaca o California?”.

California, conviene recordarlo, es territorio ganadero. Alberga más vacas lecheras que Wisconsin y lidera la producción láctea de Estados Unidos. Aunque el estado sea famoso por sus frutas y hortalizas, su principal producto agrícola sigue siendo la leche. También figura entre los grandes productores de carne de vacuno. A pesar de que el consumo de carne cayó desde su pico en los años setenta, el ganado sigue pastando en cerca de un tercio del territorio californiano. En 2023, el sector lácteo-cárnico generó casi 13.000 millones de dólares, superando con holgura la recaudación nacional de Hollywood ese mismo año. Para activistas como Reiman, sin embargo, las vacas llevan tiempo siendo el enemigo número uno.

La desconfianza hacia el ganado no es nueva

Desde los inicios del movimiento ecologista moderno, en los años setenta, organizaciones como el Sierra Club se opusieron al pastoreo en zonas protegidas de Sierra Nevada. Entonces se hablaba de erosión, contaminación de arroyos y pérdida de flora nativa. Décadas después, el foco se desplazó hacia el clima. El documental Cowspiracy consolidó la imagen de la vaca como símbolo del desorden climático.

Las críticas tienen base. El metano es un gas de efecto invernadero extremadamente potente. Aunque permanece menos tiempo en la atmósfera que el CO₂, en un horizonte de veinte años puede atrapar unas 80 veces más calor. Y el ganado bovino produce cantidades significativas.

“Aproximadamente la mitad de las emisiones de metano de California proceden de la ganadería, sobre todo de los eructos de las vacas y de los microorganismos que descomponen el estiércol”, explica Aaron Smith, economista agrario.

Pero esa cifra, advierte la ecóloga de pastos Lynn Huntsinger, solo cuenta una parte de la historia. Cuando las emisiones se ajustan a equivalentes de CO₂, teniendo en cuenta la distinta duración de cada gas, toda la agricultura —incluidos cultivos, ganado y uso de fertilizantes— representa alrededor del 8 % de las emisiones del estado. Y aun así, los científicos que estudian los rangelands californianos, que ocupan más de la mitad del territorio, insisten en que la interacción entre vacas y ecosistemas es mucho más compleja.

Desde esta perspectiva, el ganado no es un villano climático automático, sino un actor dentro de sistemas ecológicos hoy profundamente alterados. A diferencia de la Amazonia, donde millones de hectáreas de bosque se han talado para abrir paso a la ganadería industrial, los pastizales californianos evolucionaron históricamente con animales herbívoros y perturbaciones periódicas. La pregunta incómoda es otra: ¿y si el problema no fuera demasiadas vacas, sino una falta de pastoreo bien gestionado en los lugares adecuados?

Investigadores como Huntsinger trabajan precisamente en ese enfoque. Utilizan el pastoreo como herramienta ecológica para controlar especies invasoras, proteger cuencas y reducir el riesgo de incendios. En paisajes cada vez más secos e inestables, las vacas pueden desempeñar un papel corrector frente a décadas de abandono y mala gestión.

“Las vacas, igual que ovejas o cabras, no son nativas de California, pero pueden ayudar a que los paisajes se parezcan más a aquellos con los que evolucionaron nuestra flora y fauna”, señala Huntsinger. “Bien manejadas, favorecen la biodiversidad y reducen la probabilidad de que los incendios se inicien y se propaguen”. En un estado marcado por fuegos cada vez más devastadores, esta idea empieza a ganar atención.

Pastoreo con propósito

Durante los últimos dos siglos, una ola de especies vegetales invasoras ha cubierto gran parte de los pastizales californianos. Avena silvestre, medusahead, ripgut brome o barb goatgrass, procedentes de Europa y la cuenca mediterránea, encontraron un clima ideal y desplazaron a las gramíneas perennes autóctonas, como la Nassella pulchra, hierba oficial del estado.

Una vez introducidas, el desenlace fue casi inevitable. Muchas especies nativas no pudieron competir. Huntsinger cultiva cada año plantas nativas y no nativas para que su alumnado observe la diferencia. Las invasoras crecen más, desarrollan raíces profundas y resisten mejor la sequía, el fuego y el pisoteo. Son duras. Muy duras.

Su expansión transformó los ecosistemas. Colapsaron charcas temporales, se redujo el hábitat de aves como el búho llanero y desaparecieron flores clave para los polinizadores. “Las plantas no nativas han cambiado radicalmente los hábitats disponibles para la fauna”, resume Huntsinger. Erradicarlas ya no es realista. Pero sí controlar sus efectos.

Aquí aparece un dato poco conocido: el ganado prefiere estas especies invasoras. “Las vacas, y también cabras y ovejas, consumen con mayor interés las gramíneas altas no nativas”, explica Huntsinger. No es casualidad. Estos animales se domesticaron hace unos 10.000 años en la Media Luna Fértil, junto a plantas muy similares. Estudios recientes muestran que eliminar el pastoreo puede provocar el declive de plantas polinizadas y de los insectos que dependen de ellas.

Los beneficios no acaban ahí. Muchas plantas nativas evolucionaron con perturbaciones frecuentes, como el fuego cultural indígena o el paso de grandes herbívoros. Hoy, algunas flores solo germinan cuando el suelo se remueve. Las pezuñas del ganado, en dosis moderadas, cumplen esa función. Además, un pastoreo bien gestionado puede estimular el crecimiento radicular, aumentando el carbono almacenado en el suelo. Más raíces, más carbono secuestrado.

Sin embargo, la ganadería extensiva atraviesa un momento delicado. Sequías, costes crecientes y presión urbanística empujan a muchos rancheros a reducir sus rebaños o vender sus tierras. En muchos casos, el resultado es la urbanización de espacios abiertos, con mayor fragmentación del territorio y más riesgo de incendios.

Organizaciones como el California Rangeland Trust ofrecen alternativas mediante servidumbres de conservación que protegen el suelo frente a la especulación y garantizan una gestión responsable, manteniendo la actividad ganadera.

Huntsinger conoce bien lo que está en juego. Creció viendo cómo los pastizales del sur de California se convertían en suburbios. Su carrera nació de esa pérdida. Desde entonces, defiende una idea incómoda para algunos sectores: la mayoría de los paisajes no son “naturaleza intacta”, sino territorios gestionados durante siglos. Sin pastoreo ni fuego controlado, muchos se convierten en matorrales densos, altamente inflamables.

Su investigación demuestra que el pastoreo puede complementar las quemas prescritas, difíciles de autorizar y ejecutar. En algunos casos, reduce la carga de combustible vegetal hasta en un 50 %. Un estudio de 2022 estimó que el ganado eliminó cerca de 5.400 millones de kilos de biomasa inflamable en los pastizales californianos.

Reducir incendios también es reducir emisiones. En 2020, los grandes fuegos aportaron casi una cuarta parte de las emisiones totales del estado. Un dato que pesa.

El metano importa

Huntsinger insiste en poner el foco en el contexto. El CO₂ permanece siglos en la atmósfera. El metano, entre 7 y 12 años. Además, los ciclos de herbívoros y plantas forman parte de los ecosistemas desde hace millones de años. Aun así, el metano sigue siendo un problema serio.

California alberga alrededor de 1,7 millones de vacas lecheras que generan unos 113 millones de litros de estiércol diarios. Las balsas de almacenamiento son responsables de cerca de una cuarta parte del metano estatal. En 2016, el estado se fijó un objetivo ambicioso: reducir estas emisiones un 40 % antes de 2030.

En lugar de imponer tasas directas al sector, se optó por una vía diferente: convertir el metano en combustible renovable. A través del Estándar de Combustibles Bajos en Carbono, se incentiva la instalación de digestores anaerobios que capturan el gas y lo transforman en biometano para transporte.

La medida no está exenta de polémica. Algunos temen que incentive modelos intensivos. Otros señalan que permite reducir emisiones reales en un contexto donde las soluciones rápidas son escasas. Por ahora, los estudios no muestran un aumento deliberado de producción por estas ayudas, aunque el debate sigue abierto.

Más complejo aún es el metano procedente de los eructos. Aquí la innovación científica empieza a asomar. Equipos de investigación en California trabajan en modificar el microbioma del rumen para reducir la producción de metano. Inspirados por estudios con algas rojas y apoyados en técnicas de edición genética, buscan soluciones de aplicación única que acompañen al animal toda su vida productiva. Todavía en fase experimental, pero prometedoras.

El debate sobre las vacas no admite respuestas simples. El impacto ambiental depende del cómo, dónde y para qué. Eliminar el ganado de golpe puede generar efectos indeseados: más incendios, pérdida de biodiversidad, abandono rural. Mantener modelos intensivos sin cambios tampoco es sostenible.

Vía Rausser College of Natural Resources

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Publicado en: Medio Ambiente

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