
Investigación internacional vincula envejecimiento demográfico con caídas de hasta 62% en el uso de agua en países asiáticos.
- Menos nacimientos, más longevidad.
- Demanda de agua en descenso global.
- Hasta 31 % menos extracciones en 2050.
- Industria y riego, mayor impacto.
- Asia envejecida, caídas más fuertes.
- África joven, presión sostenida.
- Infraestructura sobredimensionada, riesgo.
- Planificación hídrica con “lente demográfica”.
Las poblaciones envejecidas podrían reducir el uso global de agua hasta en un 31 %, según un estudio
En un mundo donde la escasez de agua empieza a sentirse incluso en regiones tradicionalmente consideradas “seguras”, una nueva línea de investigación introduce una variable que rara vez aparece en los debates públicos: la edad de la población. Mientras el cambio climático altera los ciclos de lluvias, los acuíferos se agotan y las ciudades crecen, la estructura demográfica avanza en silencio, pero con consecuencias profundas para la forma en que el planeta usa y gestiona su agua.
Un estudio reciente publicado en Water Resources Research plantea que el envejecimiento de las sociedades, impulsado por la caída de la natalidad y el aumento de la esperanza de vida, podría traducirse en una reducción global de las extracciones de agua de entre un 15 % y un 31 % hacia mediados de siglo. No porque las personas mayores “ahorren agua” de manera consciente, sino porque cambian los patrones de consumo, producción y actividad económica que, en conjunto, arrastran la demanda hídrica hacia abajo.

El efecto se concentra con especial fuerza en Asia oriental. Países como China, Singapur, Corea del Sur y Japón aparecen en las proyecciones con descensos potenciales del uso total de agua del 42 % al 62 % a medida que sus pirámides de población se invierten y la proporción de personas mayores crece con rapidez.
Hasta ahora, la mayoría de los modelos de demanda hídrica se apoyaban en tres pilares: crecimiento de la población, desarrollo económico y clima. La edad, curiosamente, quedaba fuera. Al incorporarla, los investigadores muestran que regiones con poblaciones más envejecidas —Europa, Japón, parte de Norteamérica— tienden a experimentar estancamiento o incluso retrocesos en la demanda, mientras que zonas con poblaciones jóvenes, como gran parte del África subsahariana, mantienen una presión al alza sobre ríos y acuíferos.

La conexión entre edad y agua
El agua no se usa solo porque haya personas, sino porque esas personas trabajan, producen, se desplazan, consumen bienes y servicios. El estudio identifica una relación estadística clara: a mayor proporción de población mayor de 65 años, menor uso total de agua.
En cifras, cada aumento del 1 % en la población mayor de 65 años se asocia con una caída aproximada del 2,17 % en el uso total de agua. El impacto más fuerte se da en la industria, con reducciones cercanas al 2,6 %, seguido por el uso doméstico (alrededor del 2,3 %) y el riego agrícola (en torno al 1,9 %).
La explicación no está en un gesto individual, como cerrar más el grifo, sino en transformaciones más amplias. Las personas mayores suelen viajar menos, consumen menos productos asociados a procesos industriales intensivos y participan en menor medida en sectores económicos que demandan grandes volúmenes de agua, como ciertas ramas de la manufactura pesada o la agricultura comercial a gran escala.
Dicho de otro modo, la economía envejece con la sociedad, y al hacerlo, cambia también su huella hídrica.
Qué se entiende por “demanda de agua”
Para situar estas cifras, conviene distinguir entre extracción y consumo. Las extracciones son los volúmenes que se toman de ríos, lagos o acuíferos para agricultura, industria, energía y uso doméstico. Parte de esa agua regresa al sistema, aunque con distinta calidad. El consumo, en cambio, es el agua que se pierde del ciclo local, por ejemplo, la que se evapora en un campo de riego o queda incorporada en un producto.
A lo largo del último siglo, las extracciones globales han crecido de forma casi constante, empujadas por la expansión agrícola y el desarrollo industrial. La agricultura sigue siendo, con diferencia, el mayor usuario en la mayoría de regiones. Sin cambios en eficiencia o gestión, muchos escenarios prevén que la presión continúe, llevando a millones de personas a vivir en zonas donde la demanda se acerca peligrosamente a la disponibilidad renovable.
Los organismos internacionales ya lo advierten: el agua “nueva” que llega por lluvias y deshielos no crece al ritmo de la demanda. Al contrario, el calentamiento global vuelve más erráticos los patrones hidrológicos, con sequías más largas, lluvias más intensas y acuíferos que tardan más en recuperarse.
Hoy, alrededor de tres cuartas partes de la población mundial vive en países que han registrado pérdidas netas de recursos hídricos en las últimas décadas. Y no solo en regiones áridas. También aparecen en la lista países con grandes reservas históricas de agua, como Canadá, Estados Unidos o Rusia, junto a gigantes demográficos como India o Irán.
El futuro del envejecimiento
Que el envejecimiento pueda aliviar parte de la presión sobre el agua no significa que el problema desaparezca. Pero sí ofrece una herramienta nueva para la planificación. Las infraestructuras hídricas —embalses, redes de distribución, plantas de tratamiento— se diseñan para décadas. Si las previsiones de demanda no incorporan la evolución demográfica, existe el riesgo de construir sistemas sobredimensionados, caros de mantener y, en algunos casos, innecesarios.
En países como Estados Unidos, China o Japón, ya se observa una combinación de menor consumo doméstico por hogar, cambios en la estructura industrial y una transición lenta hacia sectores menos intensivos en agua. En otros, como Filipinas o Rusia, el patrón es distinto: la población envejece, pero la demanda sigue creciendo, a menudo porque la agricultura sigue siendo dominante o porque los sistemas de riego e industria mantienen niveles de eficiencia bajos.
Casos como Kenia muestran cómo el envejecimiento puede coexistir con una demanda agrícola estable, mientras que en lugares como Somalia, la reducción del uso de agua se relaciona más con la contracción económica y la migración de población joven que con una transición estructural hacia modelos más sostenibles.
Incorporar esta “lente demográfica” a la gestión del agua puede ayudar a decidir dónde invertir en nuevas infraestructuras y dónde apostar más por modernizar las existentes, mejorando redes, reduciendo fugas y promoviendo tecnologías de ahorro en riego e industria.
Demografía como parte de la adaptación climática
El estudio no rebaja la urgencia de adaptarse al cambio climático. En regiones jóvenes y en rápido crecimiento, especialmente en África y partes del sur de Asia, la combinación de aumento demográfico y clima más extremo seguirá empujando la demanda por encima de la oferta local.
Pero en sociedades envejecidas, el ritmo puede ser distinto. Ríos y acuíferos muy presionados podrían encontrar un pequeño respiro, no por la mejora de su estado ecológico, sino por un cambio en la forma en que la sociedad usa el agua.
La tendencia es global. La población mayor de 65 años ha pasado de unos 129 millones en la década de 1960 a cerca de 750 millones en la actualidad, y podría acercarse a los 2.500 millones hacia finales de siglo. Ignorar ese dato en los modelos de agua es, cada vez más, una omisión difícil de justificar.

Qué impacto puede tener en el medio ambiente
Si la demanda de agua se modera en algunas regiones, los efectos pueden ir más allá del ahorro en infraestructuras. Menos extracciones pueden significar más caudal ecológico en ríos, mayor capacidad de recuperación de humedales y acuíferos, y una reducción de la energía necesaria para bombear, tratar y transportar agua.
En sistemas agrícolas, una menor presión puede facilitar la transición hacia modelos de riego más eficientes, como el goteo o la reutilización de aguas regeneradas, sin la urgencia constante de ampliar captaciones. En entornos urbanos, la combinación de envejecimiento y eficiencia tecnológica —electrodomésticos de bajo consumo, redes inteligentes que detectan fugas— puede reducir la huella hídrica y también la huella de carbono asociada al ciclo del agua.
Eso sí, el beneficio ambiental no es automático. Si la reducción de demanda viene acompañada de abandono de infraestructuras o falta de inversión en mantenimiento, pueden aparecer problemas de calidad del agua o pérdidas en redes envejecidas. La clave está en usar ese posible “alivio” para mejorar la gestión, no para relajarla.
Más información: Pengdong Yan et al, The Global Declining Effect of Population Aging on Water Use, Water Resources Research (2025). DOI: 10.1029/2024wr037685



Mercedes dice
El artículo es bueno pero hay muchos puntos a discutir.:Paises con población de gente mayor y son utilizados para dar de comer a otros con cultivos extensivos esos consumen agua y en cantidad sin que influya la variable demográfica. Son muchas las variables que deben tomarse para poder hablar del ahorro de agua en el mundo. Cuanto más variables se toman más complejo es obtener datos más precisos. Dra. Valdés