
Estudio con 198 estudiantes revela que interactuar con perros de terapia reduce el estrés, ya sea acariciando cabeza, lomo o cola 🐶
- Interacción con perros.
- 10 minutos de contacto.
- Reducción del estrés percibido.
- 198 estudiantes analizados.
- Cabeza, lomo o cola: efecto similar.
- Momentos breves de bienestar emocional.
- Apoyo accesible para la salud mental.
Los perros de terapia reducen el estrés
Quien haya pasado alguna vez por una sesión universitaria con perros de terapia reconocerá la escena. Un estudiante llega con la cabeza llena de exámenes, plazos y preocupaciones. Se sienta. El perro se acerca. Una mano tímida acaricia el pelaje… y, de repente, el cuerpo se relaja.
Pero siempre surge la misma pregunta: ¿qué parte de la interacción produce ese efecto calmante?
¿El contacto visual mientras se rascan las orejas? ¿La caricia lenta por el lomo? ¿El movimiento del rabo que parece responder a cada gesto?
Una investigación reciente de la University of British Columbia (UBC) Okanagan propone una respuesta sencilla, casi desarmante: no importa dónde se acaricie al perro. Lo que realmente reduce el estrés es la interacción en sí misma.
Probando las distintas zonas de caricia
Para analizar esta cuestión con rigor, el equipo de investigación organizó sesiones breves con 198 estudiantes universitarios que participaron voluntariamente en un programa estructurado de interacción con perros de terapia.
Cada participante fue asignado al azar a uno de tres grupos. En cada grupo, los estudiantes interactuaban con un perro acompañado por su guía profesional, pero con una pequeña diferencia experimental:
- algunos debían acariciar la cabeza,
- otros la parte central del cuerpo,
- y un tercer grupo la zona cercana a la cola.
La idea era sencilla pero importante desde el punto de vista científico: aislar la variable “zona de contacto”. Para evitar que otros factores influyeran en el resultado, los investigadores mantuvieron constantes muchos detalles del entorno.
Los estudiantes se sentaban en posiciones marcadas en el suelo, el perro permanecía a una distancia similar en cada sesión y el guía seguía siempre el mismo protocolo. Así se evitaba que variables externas —como un perro especialmente juguetón o un ambiente más relajado— alteraran los resultados.
Cada sesión duraba 10 minutos, durante los cuales los estudiantes podían acariciar al perro de forma continua dentro de la zona asignada.

Diez minutos que cambian el estado emocional
Tras finalizar la interacción, los participantes evaluaron su estado emocional mediante cuestionarios de bienestar psicológico y percepción del estrés.
Los resultados fueron claros.
Todos los grupos mostraron mejoras significativas en su bienestar emocional, independientemente de la zona del cuerpo del perro que habían acariciado.
El grupo que tocó la cabeza obtuvo una ligera ventaja en algunos indicadores, probablemente por el contacto visual y la interacción social más directa. Pero la diferencia no fue lo suficientemente grande como para cambiar la conclusión principal.
En otras palabras: cualquier forma de contacto físico con el perro funcionó.
Este hallazgo tiene implicaciones prácticas. Los programas de perros de terapia no necesitan imponer reglas estrictas sobre cómo interactuar con el animal. Basta con crear un espacio seguro y respetuoso para que el encuentro ocurra de forma natural.
Y eso tiene sentido si se piensa bien. El alivio que ofrecen estos animales no suele sentirse como una técnica psicológica estructurada. Más bien aparece como una pausa inesperada en medio del ruido mental.
Una respiración profunda. Un momento de atención plena. Un ser vivo que simplemente está ahí.
El contacto físico como ingrediente clave
La investigación también refuerza una idea que ya aparecía en estudios anteriores sobre terapia asistida con animales: el contacto físico desempeña un papel importante en la regulación emocional.
El tacto activa respuestas fisiológicas asociadas con la relajación. En muchos casos se observa una disminución del cortisol —la hormona del estrés— y un aumento de oxitocina, relacionada con los vínculos sociales y la sensación de bienestar.
Los perros, además, aportan algo que los humanos reconocen de forma casi instintiva: presencia emocional sin juicio. No hay expectativas, no hay evaluación, no hay conversación obligatoria.
Solo compañía.
En entornos universitarios —donde la presión académica, las preocupaciones económicas o la soledad pesan más de lo que suele reconocerse— ese tipo de apoyo puede marcar una diferencia real.
Momentos accesibles de bienestar mental
Uno de los aspectos más interesantes de estos programas es su accesibilidad.
Las universidades de varios países han comenzado a implementar iniciativas de bienestar con animales, como el programa B.A.R.K. (Building Academic Retention Through K-9s) en Canadá. Su objetivo no es sustituir la terapia psicológica, sino ofrecer micro-momentos de regulación emocional.
Y eso importa.

Los servicios de salud mental en campus suelen estar saturados. Además, no todos los estudiantes se sienten preparados para pedir ayuda profesional o iniciar un proceso terapéutico.
En cambio, sentarse diez minutos con un perro es una actividad sencilla, espontánea y socialmente aceptada.
No resuelve los problemas de fondo. Pero puede cambiar el tono de un día complicado.
A veces basta con eso.
Vía bark.ok.ubc.ca
Más información: Human-Animal Interactions



Carmen Tomé... dice
Totalmente de acuerdo!!…