
Una intervención sencilla en plena ciudad demuestra cómo pequeños cambios en la vegetación urbana pueden crear refugios llenos de vida donde antes apenas había biodiversidad.
- 🐝 Hasta 7 veces más insectos polinizadores.
- 🌼 Plantas autóctonas en lugar de césped.
- 🦋 Casi el doble de especies.
- 🏘️ 14 jardines urbanos estudiados.
- 🌿 Más flores, alimento y refugio.
- 🐞 Abejas, mariposas y escarabajos entre los beneficiados.
¿Por qué importa?
Las ciudades están llenas de pequeños espacios verdes que aparentemente sirven para poco más que mantener una capa de césped. El estudio realizado en Melbourne demuestra que cambiar la forma de gestionar esas pequeñas superficies puede producir una respuesta ecológica enorme. No hace falta crear un parque nuevo ni disponer de grandes parcelas: transformar las franjas existentes entre las viviendas, las aceras y las carreteras puede multiplicar la presencia de polinizadores.
Un experimento en plena calle, no dentro de un laboratorio
La investigación se desarrolló en Merri-bek, al norte de Melbourne (Australia), en barrios como Brunswick, Coburg y Fawkner.
El equipo de la Universidad de Melbourne trabajó con 14 residentes para transformar las llamadas nature strips, las franjas de terreno público situadas habitualmente entre la acera y la calzada.
Son espacios muy comunes en las ciudades australianas. Normalmente contienen poco más que césped cortado y algún árbol. De hecho, estas franjas representan más de un tercio del espacio verde público de Melbourne, lo que da una idea de su potencial si se gestionaran de otra manera.
Los investigadores sustituyeron parte de ese césped por jardines con plantas autóctonas capaces de proporcionar alimento y refugio a los insectos.
Y lo importante es cómo se hizo el experimento.
No se limitaron a observar un jardín bonito y compararlo con una calle cualquiera. Se registró la biodiversidad antes y después de realizar las plantaciones y se utilizaron otras franjas de césped sin modificar como control.
Ese diseño permite aislar bastante mejor el efecto de la intervención.
El resultado fue contundente: los jardines recibieron siete veces más insectos polinizadores y aproximadamente el doble de especies que las franjas convencionales cubiertas de césped.
7 veces más abundancia de insectos polinizadores.
≈2 veces mayor riqueza de especies.
14 jardines experimentales creados con residentes de Melbourne.
El problema no era la falta de espacio. Era lo que había plantado
Aquí aparece quizá la parte más interesante del trabajo.
Las ciudades ya tienen miles de pequeñas superficies potencialmente aprovechables: bordes de carreteras, medianas, alcorques, jardines delanteros, márgenes de aparcamientos y parcelas estrechas junto a las aceras.
Muchas están cubiertas exclusivamente por césped.
Desde el punto de vista de un insecto, un césped cortado con frecuencia puede convertirse casi en un desierto alimentario. Produce pocas flores, ofrece escasos lugares donde refugiarse y mantiene una estructura vegetal extremadamente simple.
Cuando aparecen plantas diferentes, flores durante distintos momentos del año y vegetación con alturas y formas variadas, cambia por completo la oferta de recursos.
No todos los insectos respondieron igual.
Las abejas mostraron la respuesta más clara, especialmente allí donde había mayor cantidad de flores y diversidad de plantas en flor. Mariposas y escarabajos también respondieron positivamente, aunque los resultados fueron más variables.
Eso deja una lección bastante práctica: plantar mucho no necesariamente equivale a plantar bien. La variedad, el calendario de floración y la adaptación de las especies al entorno importan.
Las abejas fueron el grupo que respondió con mayor intensidad. Su presencia estuvo especialmente relacionada con la cantidad de flores disponibles y con la diversidad de especies vegetales en flor.
De jardines aislados a pequeños corredores ecológicos
Un jardín de pocos metros cuadrados no puede solucionar por sí mismo la pérdida de biodiversidad de una ciudad.
Una calle entera empieza a ser otra historia.
Y un barrio formado por cientos de pequeños jardines, parques, árboles, patios y espacios naturalizados puede funcionar como una red de puntos de alimentación, descanso y reproducción.
Esta conectividad resulta especialmente interesante en entornos urbanos fragmentados por carreteras, edificios y superficies impermeables.
Los propios investigadores apuntan precisamente hacia esa escala colectiva. Una franja vegetal aislada tiene valor, pero muchas franjas conectadas pueden formar parte de una infraestructura ecológica mucho mayor.
En España existe incluso una línea de trabajo específica sobre esta cuestión. En 2026, el Ministerio para la Transición Ecológica publicó orientaciones para integrar la conservación de polinizadores y otros invertebrados en los márgenes de infraestructuras lineales de transporte, prestando atención precisamente a la creación de hábitats funcionales y a la conectividad ecológica.
No es una cuestión meramente ornamental. Empieza a entrar en la gestión de las infraestructuras.
Una idea sencilla que encaja con lo que está cambiando en Europa
El experimento australiano llega además en un momento interesante para las políticas de biodiversidad urbana.
El Reglamento europeo sobre la Restauración de la Naturaleza establece que los Estados miembros deben evitar una pérdida neta de espacio verde urbano y cubierta arbórea urbana hasta 2030 y conseguir después una tendencia creciente. También establece objetivos específicos relacionados con la recuperación de los polinizadores.
España ya dispone desde 2020 de una Estrategia Nacional para la Conservación de los Polinizadores, que contempla entre sus líneas de actuación la creación y conservación de hábitats favorables.
Y hay una novedad todavía más reciente: en agosto de 2026 España remitió a la Comisión Europea su proyecto de Plan Nacional de Restauración de la Naturaleza, que incluye medidas destinadas a ecosistemas urbanos y a la recuperación de las poblaciones de polinizadores.
En ese contexto, experimentos como el de Melbourne aportan algo que las administraciones necesitan: datos sobre intervenciones pequeñas, relativamente sencillas y potencialmente replicables.
Una franja de césped junto a una carretera parece insignificante. Miles de franjas juntas dejan de serlo. La biodiversidad urbana también puede recuperarse aprovechando mejor los espacios que ya existen.
Qué impacto puede tener en el medio ambiente
El impacto demostrado por este estudio es bastante concreto: mayor abundancia y diversidad de insectos polinizadores.
Eso ya tiene valor por sí mismo.
Los insectos participan en procesos ecológicos fundamentales. La polinización permite la reproducción de multitud de plantas y sostiene redes alimentarias de las que dependen posteriormente aves y otros animales.
La vegetación autóctona añade otra ventaja: está vinculada ecológicamente a la fauna local y, cuando se selecciona correctamente, puede adaptarse mejor a las condiciones de suelo y clima de cada zona.
Hay otros beneficios posibles, aunque conviene no mezclarlos con los resultados del experimento. Sustituir superficies simplificadas por vegetación más diversa puede favorecer la infiltración del agua, reducir la frecuencia de siega o contribuir al confort térmico urbano, dependiendo del diseño, el clima, el suelo y las especies utilizadas.
El estudio de Melbourne no midió esos efectos. Su evidencia se concentra en los polinizadores.
La investigación demuestra un fuerte aumento de abundancia y diversidad de insectos polinizadores. No midió directamente reducción de temperatura, captura de CO₂, ahorro de agua ni disminución de inundaciones.
Menos césped también significa otra forma de mantener la ciudad
Existe además una cuestión bastante cotidiana: cortar césped constantemente consume tiempo, maquinaria y recursos.
Eso no significa que cualquier alternativa vegetal requiera menos mantenimiento.
Durante la implantación de un jardín hay que preparar el suelo, controlar especies invasoras, reponer plantas y, dependiendo del clima, aportar agua. Una vegetación mal diseñada puede terminar generando más trabajo que el césped que pretendía sustituir.
La diferencia aparece cuando se utilizan especies locales resistentes y adaptadas al lugar y se diseña el espacio pensando desde el principio en su mantenimiento.
En climas mediterráneos este punto sería especialmente importante. Copiar literalmente una selección vegetal utilizada en Melbourne tendría poco sentido. En ciudades españolas habría que trabajar con flora autóctona adaptada a veranos secos, precipitaciones irregulares y restricciones hídricas.
Lavandas, tomillos y otras especies mediterráneas pueden resultar interesantes en determinados emplazamientos, pero la selección debería realizarse según la flora y los polinizadores locales.

También hay límites: una calle sigue siendo una calle
Naturalizar los bordes urbanos tampoco consiste en dejar crecer cualquier vegetación sin planificación.
Estas zonas contienen señales, accesos a viviendas, conducciones subterráneas, hidrantes y otros servicios. La vegetación no puede reducir la visibilidad de conductores y peatones ni invadir las zonas de paso.
Los ayuntamientos australianos que permiten estos jardines establecen precisamente límites de altura, distancias respecto a cruces y accesos y condiciones de mantenimiento.
También existe otra limitación científica importante.
El experimento se realizó con 14 jardines en una zona concreta de Melbourne. Los resultados son muy interesantes, pero no permiten afirmar que cualquier transformación de césped urbano en cualquier ciudad vaya a multiplicar exactamente por siete los polinizadores.
Tampoco determina todavía cuál es la superficie mínima necesaria para conseguir efectos duraderos ni hasta qué punto esas comunidades de insectos se mantienen a largo plazo.
“Siete veces más” no es una regla universal. Es el resultado observado en este experimento de Melbourne. Clima, especies vegetales, tamaño del jardín, paisaje circundante y mantenimiento pueden cambiar mucho el resultado en otra ciudad.
Hay además un beneficio menos visible: volver a encontrarse con naturaleza
La investigación plantea otra cuestión que suele quedar fuera de las estadísticas de biodiversidad.
Cada vez más personas viven rodeadas de edificios, tráfico y superficies artificiales. Los investigadores utilizan la expresión “extinción de la experiencia” para describir esa pérdida progresiva de contacto cotidiano con la naturaleza.
Un pequeño jardín delante de una vivienda no sustituye a un bosque, un humedal o un espacio natural protegido. Tampoco pretende hacerlo.
Pero introduce naturaleza precisamente donde transcurre la vida diaria.
Una persona puede encontrarse con mariposas mientras camina al supermercado, observar abejas frente a su vivienda o descubrir especies que antes simplemente no estaban allí.
Ese contacto aparentemente trivial tiene otra consecuencia: convierte la conservación de la biodiversidad en algo visible y cercano. Ya no ocurre únicamente en espacios protegidos situados lejos de las ciudades.
Más información: Enriching streetscape habitat for urban insects: A before–after-control-impact study in Melbourne, Australia

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