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Los indígenas andinos tienen un superpoder digestivo, y puede estar relacionado con las patatas

9 mayo, 2026 1 comentario

4.7/5 - (4 votos)
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Imagen: patrick.daxenbichler – Depositphotos.

Nuevo estudio vincula el cultivo ancestral de la papa en los Andes con una ventaja evolutiva en la digestión de carbohidratos.

  • 🥔 Domesticación de la patata en los Andes.
  • 🧬 Adaptación genética ligada al almidón.
  • ⛰️ Evolución humana en altura extrema.
  • 🍽️ Dieta tradicional y supervivencia.
  • 🔬 Tecnología genética de última generación.
  • 🌍 Alimentación, cultura y biodiversidad.
  • ❄️ Respuesta biológica al frío y la escasez.
  • 🌱 Conocimiento indígena y agricultura sostenible.

Los pueblos andinos desarrollaron un “superpoder digestivo” ligado al cultivo de la patata

Durante miles de años, las poblaciones indígenas de los Andes convivieron con uno de los entornos más duros del planeta: gran altitud, frío intenso, radiación ultravioleta elevada y recursos agrícolas limitados. En ese escenario, la patata no fue solo un alimento. Fue una herramienta de supervivencia. Y, según una nueva investigación científica, también pudo moldear el ADN humano.

Un estudio liderado por investigadores de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) y la Universidad de Buffalo ha descubierto que las poblaciones andinas desarrollaron una adaptación genética relacionada con la digestión del almidón, coincidiendo con la domesticación de la patata en las tierras altas de Perú hace entre 6.000 y 10.000 años.

Los resultados, publicados en la revista Nature Communications, muestran cómo la alimentación puede influir en la evolución humana mucho más rápido de lo que se pensaba hace unas décadas.

Un gen relacionado con la digestión del almidón

La investigación se centró en el gen AMY1, responsable de producir amilasa salival, una enzima que empieza a descomponer el almidón ya en la boca. Las personas con más copias de este gen suelen producir más amilasa y, por tanto, digerir mejor alimentos ricos en carbohidratos complejos.

En las comunidades indígenas quechuas analizadas en Perú apareció un dato llamativo: poseen el mayor número conocido de copias de AMY1 registrado hasta ahora en una población humana moderna. De media, unas 10 copias por persona. Para ponerlo en contexto, muchas otras poblaciones del mundo suelen presentar alrededor de seis.

No parece casualidad.

La expansión de la agricultura basada en la patata creó una presión evolutiva clara. Aquellas personas capaces de obtener energía más rápidamente a partir del almidón probablemente resistían mejor las condiciones extremas, tenían más posibilidades de sobrevivir y dejaban más descendencia. Poco a poco, generación tras generación, esa ventaja fue extendiéndose en la población.

La evolución humana sigue ocurriendo

Uno de los aspectos más interesantes del estudio es que desmonta la idea de que el ser humano dejó de evolucionar con la llegada de la agricultura. Durante años se popularizaron teorías que defendían que nuestro organismo continúa “atrapado” biológicamente en el Paleolítico. Esta investigación apunta justo en la dirección contraria.

Las poblaciones humanas han seguido adaptándose a nuevos alimentos, nuevos climas y nuevas formas de vida. Y rápido, relativamente rápido para los tiempos evolutivos.

Los investigadores calcularon que las personas con unas 10 copias o más del gen AMY1 obtuvieron una ventaja reproductiva o de supervivencia cercana al 1,24 % por generación desde el inicio del cultivo de la patata en los Andes. Parece poco. Pero acumulado durante miles de años… cambia poblaciones enteras.

Además, el estudio aporta algo importante: la adaptación no surgió porque aparecieran genes nuevos de repente. Las variaciones ya existían. La selección natural simplemente favoreció a quienes estaban mejor preparados para prosperar con una dieta rica en almidón.

Una especie de filtro biológico lento. Implacable también.

La patata: mucho más que un cultivo

Hoy la patata es uno de los alimentos más consumidos del planeta. Está presente en Europa, Asia, América y África, desde la cocina doméstica hasta la industria alimentaria. Pero pocas veces se recuerda que su origen se encuentra en las comunidades indígenas andinas.

La domesticación de la patata en Perú y Bolivia transformó profundamente la historia humana. Permitió sostener poblaciones en zonas montañosas donde otros cultivos no prosperaban bien y ayudó a desarrollar sistemas agrícolas adaptados a pendientes pronunciadas, cambios bruscos de temperatura y escasez de oxígeno.

De hecho, muchas técnicas agrícolas tradicionales andinas siguen siendo estudiadas hoy por expertos en resiliencia climática. Los sistemas de terrazas, el almacenamiento natural mediante congelación y deshidratación —como ocurre con el chuño— o la enorme diversidad genética de variedades de patata representan un patrimonio agrícola de enorme valor frente al cambio climático.

En un momento en el que la agricultura industrial depende cada vez más de monocultivos vulnerables, recuperar parte de ese conocimiento ancestral empieza a tener sentido. Mucho sentido.

El ADN también guarda la historia de la colonización

Los investigadores tuvieron que resolver otro desafío importante: determinar si el elevado número de copias del gen AMY1 era realmente consecuencia de la adaptación alimentaria o del colapso demográfico provocado tras la llegada europea a América en el siglo XV.

La colonización provocó epidemias, hambrunas y una pérdida de diversidad genética en numerosas poblaciones indígenas. Eso podía haber alterado la frecuencia de ciertos genes simplemente por azar.

Gracias al uso de tecnologías avanzadas de secuenciación de ADN ultralargo y nuevas bases de datos comparativas, el equipo logró demostrar que el aumento de copias de AMY1 ya se había producido miles de años antes de la llegada europea.

Eso refuerza la hipótesis principal: la dieta basada en patata actuó como una presión evolutiva real durante milenios.

Alimentación moderna y genética: preguntas incómodas

El estudio abre debates bastante actuales. Hoy buena parte de la humanidad consume alimentos ultraprocesados, azúcares refinados y dietas muy alejadas de las que moldearon nuestra evolución reciente. Y el cuerpo humano, aunque adaptable, tiene límites.

La globalización alimentaria ha cambiado radicalmente lo que comemos en apenas unas generaciones. Mucho más rápido de lo que cambia nuestra biología. Ahí aparecen problemas como obesidad, diabetes tipo 2 o trastornos metabólicos vinculados a hábitos modernos.

Eso no significa que exista una “dieta perfecta” universal. Todo lo contrario. La investigación sugiere que distintas poblaciones humanas han desarrollado respuestas biológicas diferentes según su entorno y su historia alimentaria.

En otras palabras: la relación entre genética y alimentación es bastante más compleja que las modas nutricionales simplistas que aparecen cada año.

Más información: Rapid adaptive increase of amylase gene copy number in Indigenous Andeans, Nature Communications (2026). DOI: 10.1038/s41467-026-71450-8

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Publicado en: Vida saludable

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Comentarios

  1. Gaston Garcia Belaunde dice

    10 mayo, 2026 a las 08:46

    interesante. También algo parecido sucede con un gen defectuoso que involucra al hígado, Escuché a unos médicos que esa malformación del hígado hace que la digestión de grasas sea más lenta provocando la formación de cálculos biliares.
    Parece que es cierto si se compara la dieta andina con la dieta europea, donde el consumo de carne porcina es elevado.

    Responder

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