
Bajo paisajes cubiertos de hierba se esconden reservas de carbono acumuladas durante 20.000 años. Los científicos alertan de un grave error en su protección.
- 🌱 Hasta 1.200 toneladas de carbono por hectárea: determinados suelos orgánicos y humedales del Cerrado brasileño presentan reservas excepcionales.
- 🌳 Seis veces más carbono: la comparación corresponde al carbono del suelo de estos humedales frente al almacenado en la biomasa vegetal del Amazonas, no al carbono total de ambos ecosistemas.
- ⏳ Hasta 20.000 años de antigüedad: parte del carbono acumulado en estos suelos lleva milenios almacenado.
- 💧 Una reserva estratégica de agua: el Cerrado alberga las cabeceras de aproximadamente dos tercios de los principales sistemas fluviales de Brasil.
- ⚠️ Más del 46 % de su cubierta original transformada: la expansión agrícola y ganadera amenaza este ecosistema.
- 🌍 Una laguna en la financiación climática: los investigadores reclaman adaptar los mecanismos de créditos de carbono para reconocer la conservación de los ecosistemas abiertos.
Una investigación internacional ha puesto de manifiesto una importante contradicción en las políticas contra el cambio climático: algunos ecosistemas sin grandes árboles almacenan cantidades extraordinarias de carbono, pero siguen quedando fuera de numerosos mecanismos de financiación climática. El caso más llamativo se encuentra en el Cerrado brasileño, donde determinados suelos húmedos pueden acumular hasta 1.200 toneladas de carbono por hectárea, seis veces más que el carbono almacenado en la vegetación de la selva amazónica por unidad de superficie.
El trabajo, publicado en la revista científica Plants, People, Planet y difundido por el Cary Institute of Ecosystem Studies, advierte de que la protección de los bosques, aunque imprescindible, no debería realizarse a costa de ignorar las sabanas, praderas y matorrales naturales.
El enorme almacén de carbono que se esconde bajo la hierba
Cuando se habla de capturar dióxido de carbono de la atmósfera, la atención suele centrarse en los árboles. Los bosques absorben CO₂ mediante la fotosíntesis y almacenan parte de ese carbono en sus troncos, ramas, raíces y suelos.
Sin embargo, la ausencia de grandes árboles no significa que un ecosistema almacene poco carbono.
En las praderas y sabanas, una parte importante de las reservas puede encontrarse bajo tierra, acumulada en raíces, restos vegetales y materia orgánica que se incorpora al suelo durante largos periodos.
El Cerrado, una extensa región de sabanas tropicales de Brasil, constituye un ejemplo especialmente significativo.
Investigaciones anteriores realizadas por científicos vinculados al Cary Institute han identificado humedales con suelos orgánicos capaces de almacenar aproximadamente 1.200 toneladas de carbono por hectárea.
Esta cantidad equivale a unas 4.400 toneladas de CO₂ por hectárea si se expresa el carbono almacenado como su equivalente químico en dióxido de carbono. No significa que ese CO₂ se capture anualmente, sino que representa una reserva acumulada durante miles de años.
La comparación con el Amazonas resulta sorprendente: esos suelos pueden contener unas seis veces más carbono por hectárea que la biomasa vegetal media de la selva amazónica.
No obstante, se trata de compartimentos diferentes. Para comparar correctamente la capacidad total de almacenamiento de ambos ecosistemas habría que considerar tanto el carbono de la vegetación como el del suelo.

Un carbono que ha permanecido almacenado durante 20.000 años
Una de las características más importantes de estos humedales es la extraordinaria antigüedad de sus reservas de carbono.
En investigaciones realizadas sobre los suelos del Cerrado se han identificado depósitos de materia orgánica con edades superiores a los 20.000 años.
La explicación está relacionada con las condiciones de humedad.
Cuando el suelo permanece saturado de agua, disminuye la disponibilidad de oxígeno y se ralentiza la descomposición de los restos vegetales. Esto permite que la materia orgánica se acumule progresivamente.
Con el paso de los siglos y milenios, se forman depósitos ricos en carbono que pueden alcanzar varios metros de profundidad.
El problema aparece cuando estos terrenos se drenan, se desecan o se transforman para otros usos.
Al entrar más oxígeno en el suelo, los microorganismos pueden acelerar la descomposición de la materia orgánica y liberar parte del carbono acumulado en forma de CO₂.
En determinadas condiciones también pueden producirse emisiones de otros gases de efecto invernadero.
Por tanto, destruir estos humedales no supone únicamente perder vegetación. También puede provocar la liberación de reservas de carbono que necesitaron miles de años para formarse.
Y, a diferencia de lo que sucede con el crecimiento de nuevos árboles, recuperar depósitos orgánicos tan antiguos no es una solución viable a corto plazo.
La contradicción de los créditos de carbono: se protege el bosque, pero se ignora la sabana
La principal aportación del nuevo trabajo no consiste en descubrir por primera vez el carbono del Cerrado, sino en analizar por qué los mecanismos internacionales de financiación climática siguen prestando una atención insuficiente a estos ecosistemas.
El equipo, encabezado por Franciele Peixoto, con la participación de investigadores como Amy Zanne y Natashi Pilon, señala que numerosos estándares de los mercados de carbono se han desarrollado principalmente alrededor de los bosques.
Un ejemplo es REDD+, el mecanismo internacional impulsado bajo el marco de Naciones Unidas para reducir las emisiones asociadas a la deforestación y degradación forestal, además de promover la conservación y gestión sostenible de los bosques.
Su diseño forestal dificulta que las sabanas y otros ecosistemas abiertos puedan beneficiarse de instrumentos equivalentes.
En la práctica, esto genera una situación paradójica: conservar un bosque puede facilitar el acceso a determinadas fuentes de financiación climática, mientras que proteger una pradera natural con enormes reservas subterráneas de carbono puede resultar mucho más complicado.
Los investigadores consideran necesario desarrollar metodologías específicas para cuantificar el carbono almacenado en los suelos profundos y sistemas radiculares.
También sería necesario establecer mecanismos rigurosos para demostrar que las actuaciones de conservación evitan emisiones reales y duraderas.
No bastaría con conocer la cantidad de carbono existente. Para generar créditos climáticos fiables habría que evaluar el riesgo de pérdida, la permanencia del almacenamiento, la adicionalidad de las actuaciones y la posibilidad de que las emisiones se desplacen a otros territorios.

Plantar árboles no siempre es una buena solución para el clima
Una de las advertencias más interesantes de la investigación cuestiona una idea muy extendida: que plantar árboles siempre mejora el medio ambiente.
En determinados lugares, la reforestación puede contribuir a recuperar ecosistemas degradados y aumentar las reservas de carbono.
Pero introducir árboles en una sabana o pradera natural no equivale necesariamente a restaurar un ecosistema.
Estos paisajes han evolucionado durante miles de años con comunidades específicas de gramíneas, arbustos, árboles dispersos y fauna adaptada a espacios abiertos.
La plantación de especies arbóreas donde naturalmente no predominan puede alterar el funcionamiento del ecosistema.
Entre sus posibles consecuencias destacan la modificación de la disponibilidad de agua, la transformación de los hábitats y los cambios en el carbono almacenado en el suelo.
Los investigadores advierten de que algunos programas de plantación, pese a sus buenas intenciones, podrían perjudicar precisamente los servicios ambientales que pretenden mejorar.
La conclusión es importante para las políticas de restauración ecológica: no todos los terrenos sin árboles necesitan convertirse en bosques.
La prioridad debería ser recuperar el ecosistema que corresponde naturalmente a cada territorio.
El Cerrado también ayuda a mantener el agua del Amazonas
El valor ambiental de esta región brasileña va mucho más allá del carbono.
El Cerrado alberga las cabeceras de aproximadamente dos tercios de los principales sistemas fluviales de Brasil, lo que convierte a sus ecosistemas en piezas fundamentales del ciclo hidrológico regional.
Sus suelos y su vegetación participan en la infiltración del agua de lluvia y en la recarga de las reservas subterráneas.
En determinados ecosistemas abiertos, el menor consumo de agua por parte de la vegetación leñosa puede favorecer una mayor disponibilidad para la infiltración y los cursos fluviales, aunque este efecto depende de las características locales.
La transformación de las sabanas naturales en grandes superficies agrícolas, especialmente cuando implica drenajes o una extracción intensiva de agua para riego, puede modificar ese equilibrio.
Esto significa que la degradación del Cerrado no afecta únicamente a su biodiversidad o a sus reservas de carbono.
También puede tener consecuencias sobre el abastecimiento de agua y sobre otros ecosistemas conectados hidrológicamente, incluido el Amazonas.
Por esta razón, los científicos consideran que proteger la selva amazónica mientras se permite la degradación de las sabanas vecinas constituye una estrategia ambiental incompleta.
Una de las sabanas más biodiversas del planeta está desapareciendo
El Cerrado está considerado la sabana con mayor biodiversidad del mundo.
Sus paisajes albergan miles de especies vegetales y una fauna característica que incluye osos hormigueros gigantes, lobos de crin, tapires y grandes felinos.
Sin embargo, la expansión de los cultivos y la ganadería ha transformado profundamente el territorio.
Según los datos recogidos por los autores a partir de un estudio publicado en 2022, más del 46 % de la cubierta original del Cerrado ya había sido eliminada para dar paso a cultivos y pastizales.
La pérdida de vegetación natural puede fragmentar los hábitats, modificar los regímenes de incendios y alterar la dinámica del agua.
En los humedales con suelos ricos en materia orgánica, el drenaje y la desecación añaden otro riesgo: la liberación de carbono almacenado durante miles de años.
Esta combinación de amenazas convierte la conservación del Cerrado en una cuestión de biodiversidad, seguridad hídrica y mitigación del cambio climático.
Qué proponen los científicos para proteger estos ecosistemas
El trabajo plantea una revisión de las políticas de conservación y de los mecanismos de financiación climática.
Una de sus principales propuestas consiste en incorporar metodologías capaces de medir el carbono subterráneo, especialmente el que se encuentra en suelos profundos y sistemas radiculares.
También plantea reforzar la legislación ambiental, mejorar la cartografía de estos ecosistemas y desarrollar programas específicos de conservación y restauración.
Otro aspecto fundamental es evitar que las políticas climáticas incentiven la transformación de sabanas naturales en plantaciones forestales sin evaluar previamente sus consecuencias ecológicas.
Los investigadores ya han presentado estas propuestas en encuentros internacionales como la COP16 sobre biodiversidad y la COP30 sobre cambio climático.
En Brasil se han producido algunos avances institucionales. El Ministerio de Medio Ambiente ha establecido un grupo de trabajo para desarrollar una estrategia nacional de conservación y restauración de ecosistemas abiertos.
El objetivo es que estos territorios tengan mayor presencia en las políticas de biodiversidad, adaptación climática y cuantificación del carbono.
Sin embargo, el reconocimiento científico e institucional todavía debe traducirse en instrumentos de financiación y protección efectivos.
Proteger el carbono que ya existe puede ser tan importante como capturar más
El estudio pone de relieve una cuestión fundamental en la lucha contra el cambio climático: las soluciones basadas en la naturaleza no deberían evaluarse únicamente por la cantidad de árboles que permiten plantar.
También es necesario considerar el carbono que ya permanece almacenado en los ecosistemas y las consecuencias de perderlo.
Los humedales del Cerrado muestran hasta qué punto un paisaje aparentemente sencillo, dominado por hierbas y vegetación baja, puede esconder una reserva de carbono extraordinaria.
Proteger estos depósitos no sustituye a la reducción de emisiones procedentes de los combustibles fósiles, pero puede evitar que enormes cantidades de carbono almacenado vuelvan a incorporarse al ciclo atmosférico.
La investigación refuerza así una idea cada vez más importante para la conservación: un ecosistema no necesita parecerse a un bosque para resultar esencial frente al cambio climático.

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