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NASA observa incendios en Indonesia que avanzan bajo tierra durante meses y emiten mucho más metano y partículas que un incendio forestal normal

7 septiembre, 2026 Deja un comentario

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Incendios subterráneos se disparan en Indonesia: las turberas liberan hasta 3 veces más partículas finas que los incendios forestales.

  • 🔥 Fuego avanzando bajo el suelo.
  • 🌱 Turberas secas convertidas en combustible.
  • 💨 Hasta 3 veces más partículas finas.
  • 🏭 El doble de metano y monóxido de carbono.
  • 🛰️ Incendios difíciles de detectar desde el espacio.
  • 🌧️ Lluvias de octubre o noviembre como posible freno.
  • 🌍 Un enorme depósito natural de carbono en riesgo.
  • ⚠️ 2026, primera gran prueba para las medidas adoptadas tras 2015.

Los incendios más peligrosos de Indonesia están ardiendo bajo tierra y pueden continuar durante meses

Un incendio que no necesita grandes llamas

Cuando se piensa en un gran incendio forestal aparecen árboles envueltos en llamas, columnas de humo y frentes avanzando rápidamente. Los incendios de turba funcionan de otra manera.

La turba está formada por restos vegetales parcialmente descompuestos que se han ido acumulando durante cientos o miles de años en terrenos saturados de agua. Esa humedad frena su descomposición y permite almacenar enormes cantidades de carbono en el suelo.

Mientras permanece mojada, resulta difícil que arda.

Cuando una sequía intensa o el drenaje artificial reducen suficientemente su contenido de agua, cambia el escenario. El propio suelo orgánico se convierte en combustible.

El fuego puede entonces penetrar bajo la superficie y avanzar lentamente por los depósitos de turba mediante combustión latente, con temperaturas inferiores a las de un incendio forestal convencional y sin necesidad de producir grandes llamas.

Ahí está parte del problema. Puede parecer que un incendio está controlado mientras continúa activo bajo tierra.

Indonesia concentra una parte excepcional de las turberas tropicales

Indonesia alberga aproximadamente el 36 % de las turberas tropicales del planeta. Grandes extensiones se encuentran en Kalimantan, Sumatra y Papua.

En condiciones naturales son terrenos húmedos. Sin embargo, parte de estas zonas sufrió durante décadas la construcción de canales y sistemas de drenaje asociados a la agricultura y las plantaciones.

Al bajar el nivel freático, la turba queda expuesta al aire, pierde humedad y aumenta su vulnerabilidad al fuego.

La sequía de 2026 ha llevado esta situación un paso más lejos.

Según los datos meteorológicos citados por NASA, aproximadamente el 90 % de Indonesia recibió poca o ninguna lluvia a comienzos de agosto.

Al mismo tiempo, El Niño se encontraba presente y fortaleciéndose. Este fenómeno suele reducir las precipitaciones en Indonesia y sus efectos pueden intensificarse cuando coincide con una fase positiva del Dipolo del Océano Índico.

La combinación es especialmente mala: menos lluvia, turberas más secas y una temporada de incendios con mucho combustible disponible.

Las primeras cifras de 2026 recuerdan al desastre de 2015

La comparación que más preocupa a los investigadores es 2015.

Aquella temporada estuvo marcada por una intensa sequía asociada a El Niño. Tras más de tres meses de incendios, los fuegos de Indonesia habían liberado alrededor de 1.750 millones de toneladas de gases de efecto invernadero equivalentes.

En 2026 todavía se estaba al principio de la temporada cuando comenzaron a aparecer señales preocupantes.

A fecha de 2 de septiembre, después de aproximadamente un mes de actividad, las emisiones acumuladas equivalían ya a alrededor del 10 % de las registradas durante la crisis de 2015.

No significa que 2026 vaya necesariamente a terminar como aquel año. Las lluvias, la evolución de El Niño, las actuaciones sobre el terreno y la aparición de nuevos focos determinarán el resultado.

Pero la trayectoria inicial merece atención.

Mucho humo para un fuego que avanza lentamente

La combustión de turba tiene otra característica problemática: produce una contaminación extraordinariamente intensa.

Una estimación científica utilizada por NASA indica que estos incendios pueden generar aproximadamente tres veces más partículas finas que otros incendios de bosques tropicales.

También pueden producir alrededor de cinco veces más dióxido de azufre, tres veces más carbono orgánico y el doble de metano y monóxido de carbono.

La diferencia se debe, en buena medida, al tipo de combustión. El material orgánico no arde de manera rápida y limpia. Permanece consumiéndose lentamente, generando grandes cantidades de humo.

Las partículas PM2,5 resultan especialmente preocupantes por su pequeño tamaño. Pueden penetrar profundamente en el sistema respiratorio y convertir un incendio aparentemente distante en un problema de calidad del aire para poblaciones situadas a cientos de kilómetros.

El humo de los incendios de Indonesia ya ha provocado perturbaciones durante la temporada de 2026, incluyendo cierres de parques nacionales, retrasos de vuelos y cambios temporales hacia enseñanza a distancia en algunas zonas.

Cuando el satélite puede ver menos precisamente porque el incendio empeora

Indonesia utiliza datos de los sensores MODIS y VIIRS de NASA y NOAA para localizar anomalías térmicas y seguir la evolución de los incendios prácticamente en tiempo real.

Son herramientas fundamentales. Pero tienen una limitación importante.

El satélite observa la superficie desde cientos de kilómetros de altura. Un incendio situado bajo un dosel forestal, oculto por nubes, cubierto por humo muy espeso o avanzando dentro del suelo puede resultar difícil de identificar.

Aparece así una paradoja interesante: algunos de los episodios de humo más graves pueden reducir la capacidad de determinados sensores para localizar los propios incendios que los producen.

Además, un punto caliente en un mapa no equivale directamente a un incendio. Un mismo fuego puede generar varias detecciones.

Por esa razón se están combinando diferentes fuentes de información.

Un equipo en el que participan investigadores de la Universidad de Maryland, NASA y MapBiomas trabaja con observaciones infrarrojas de onda corta de Landsat y Sentinel-2 para mejorar la identificación de incendios situados bajo la vegetación que MODIS y VIIRS pueden pasar por alto.

También se utilizan herramientas como FIRMS, NASA Worldview, Harmonized Landsat and Sentinel-2 y la Global Fire Emissions Database.

Un problema creado décadas antes de que aparezca la primera llama

La sequía explica parte de lo que está ocurriendo, pero quedarse únicamente con El Niño daría una imagen incompleta.

Durante la década de 1990 se construyeron extensas redes de canales para drenar zonas pantanosas de Indonesia y destinarlas, entre otros usos, a grandes proyectos agrícolas. Las plantaciones forestales y de palma aceitera también se extendieron por diferentes regiones.

El drenaje hizo descender el nivel freático.

Y una turbera drenada pierde precisamente su principal defensa frente al fuego: el agua.

La materia orgánica que llevaba muchísimo tiempo acumulándose en un ambiente encharcado empieza a secarse. En determinadas condiciones puede oxidarse, degradarse y terminar ardiendo.

El cambio climático añade presión a este sistema. Periodos cálidos y secos más intensos pueden hacer más difícil mantener húmedas las zonas degradadas, especialmente durante episodios climáticos como El Niño.

Qué impacto puede tener en el medio ambiente

El primer impacto evidente son las emisiones directas de gases de efecto invernadero.

Aquí existe una diferencia importante respecto a muchos incendios de vegetación. Cuando se quema una turbera no desaparece únicamente la biomasa que crecía sobre ella. También puede consumirse carbono almacenado bajo tierra durante periodos extremadamente largos.

Cuanto más profundamente penetra el fuego, mayor puede ser la pérdida de ese depósito.

Hay además una segunda consecuencia: el terreno que queda después del incendio puede resultar todavía más vulnerable. La pérdida de materia orgánica altera la estructura del suelo y puede favorecer nuevos procesos de drenaje, subsidencia y degradación.

La biodiversidad también sufre. Las turberas tropicales albergan ecosistemas muy especializados y están conectadas con bosques de enorme valor ecológico.

Y queda el humo.

Los efectos sobre la calidad del aire pueden extenderse mucho más allá de la zona quemada. En episodios severos, las partículas transportadas por la atmósfera atraviesan fronteras y afectan a ciudades y comunidades que se encuentran lejos del frente del incendio.

No es, por tanto, únicamente un problema forestal. Es simultáneamente una cuestión climática, ecológica, sanitaria y económica.

La estrategia más eficaz puede consistir en volver a poner agua donde nunca debió desaparecer

Combatir un incendio subterráneo una vez establecido resulta extremadamente difícil. La prevención adquiere, por ello, mucho más peso que en otros tipos de incendios.

Después de la crisis de 2015, Indonesia intensificó diferentes programas de restauración de turberas.

Una de las intervenciones consiste en bloquear antiguos canales de drenaje para impedir que el agua abandone rápidamente el terreno y permitir la recuperación del nivel freático.

El principio es sencillo: una turbera húmeda resulta mucho menos inflamable.

Los programas de restauración también incluyen revegetación, gestión hidrológica y alternativas económicas para las comunidades que dependen de estos territorios.

El informe nacional de Indonesia presentado en el marco de la Convención de Ramsar recoge 515.889 hectáreas de turberas restauradas en siete provincias mediante actuaciones coordinadas por la Agencia de Restauración de Turberas y Manglares, además de trabajos desarrollados en concesiones privadas.

Un estudio publicado en 2026 sobre los indicadores de éxito de la restauración señala que entre 2016 y 2024 se instalaron más de 22.000 bloqueos de canales en turberas indonesias.

No todos los proyectos ofrecen el mismo resultado y mantener un nivel de agua adecuado en territorios tan extensos continúa siendo complicado. La restauración tampoco elimina el riesgo durante sequías excepcionales.

Precisamente por eso la temporada de 2026 funciona como una prueba real de resistencia para muchas de las medidas implantadas después de 2015.

Vía NASA

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Publicado en: Contaminación

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