
Un estudio con 285 bomberos mostró que donar sangre o plasma reduce significativamente los niveles de PFAS: Donar sangre cada 12 semanas redujo PFAS en un 10% y donar plasma cada 6 semanas redujo PFAS en un 30%. La reducción se mantuvo al menos tres meses después del estudio.
- PFAS: contaminantes persistentes y tóxicos.
- Presentes en productos cotidianos.
- Se acumulan en sangre y tejidos.
- Donar sangre o plasma, método efectivo para reducirlos.
- Reducción del 10% (sangre) y 30% (plasma).
- Crece el debate sobre salud, ética y regulación.
- Falta un estándar claro de seguridad en sangre y agua.
- Algunos países ya legislan para limitar su uso.
Aquí hay otra razón para donar sangre: reduce las «sustancias químicas eternas» en tu cuerpo
Entre todos los contaminantes creados por la actividad humana, las PFAS (sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas) ocupan un lugar preocupante. Son invisibles, persistentes, están por todas partes y no se degradan fácilmente. Lo más inquietante: una vez dentro del cuerpo humano, se quedan ahí. Durante años.
Se encuentran en objetos cotidianos como ropa impermeable, utensilios de cocina antiadherentes y envases de comida rápida. Su resistencia química —la misma que los hace útiles en la industria— es lo que los convierte en un problema ambiental y de salud pública. Se acumulan lentamente en el cuerpo humano y pueden interferir con el sistema hormonal, inmunológico y metabólico.
Estudios recientes los han relacionado con problemas de fertilidad, cánceres, alteraciones hepáticas y enfermedades del sistema endocrino. Y aunque solo se han investigado a fondo unas pocas variantes como PFOA y PFOS, se estima que existen más de 4.700 compuestos PFAS, la mayoría aún sin evaluar.
Donar sangre: una vía inesperada para reducir toxinas
Un estudio australiano ha abierto una puerta inesperada: donar sangre o plasma de manera regular podría ayudar a eliminar una parte significativa de los PFAS acumulados en el organismo.
En este ensayo clínico participaron 285 bomberos, un grupo profesional expuesto de forma crónica a estas sustancias por su uso en espumas ignífugas. Tras un año de seguimiento, los datos fueron contundentes: quienes donaron sangre cada tres meses redujeron un 10% de PFAS en su sistema; en los donantes de plasma, la disminución alcanzó el 30%. Y lo más interesante: los niveles no volvieron a subir al finalizar el estudio.
Este hallazgo no significa que donar sangre sea una “cura” para la exposición a PFAS, pero sí demuestra que el cuerpo humano no está indefenso ante estos contaminantes. Se abre una vía complementaria de mitigación, especialmente útil para personas en sectores de alto riesgo o comunidades cercanas a fuentes de contaminación industrial.
¿Y qué pasa con la sangre contaminada?
Aquí aparece el dilema ético. ¿Es aceptable transferir sangre con PFAS a otra persona, aunque lo más probable es que ya esté expuesta a ellos?
La respuesta no es simple. Las autoridades sanitarias, como la Cruz Roja Americana, insisten en que el suministro de sangre sigue siendo seguro, ya que no existe un umbral legal ni evidencia suficiente que demuestre daño directo por transfusión. Y hay un punto esencial: la necesidad de sangre es urgente y constante. En contextos donde la vida está en juego, la presencia de contaminantes crónicos queda en segundo plano.
Sin embargo, este descubrimiento plantea interrogantes de fondo. ¿Deberían empezar a analizarse los niveles de PFAS en la sangre que se dona? ¿Y en los bancos de leche materna? ¿Tiene sentido mantener una narrativa de “sangre segura” sin considerar estos nuevos datos?
Algunos investigadores, como el Dr. Bruce Lanphear, creen que estas preguntas ya no pueden seguir ignorándose, sobre todo cuando se trata de bebés prematuros, especialmente vulnerables a las sustancias tóxicas. La exposición temprana puede afectar el desarrollo neurológico, hormonal e inmunológico a largo plazo.
El problema estructural: regulación laxa y conocimiento incompleto
Uno de los grandes obstáculos en torno a las PFAS es la falta de regulación unificada y rigurosa, especialmente en países como Estados Unidos, donde aún no existe un estándar nacional para su presencia en el agua potable.
En Europa, el panorama es algo más prometedor. La Unión Europea ha adoptado un plan para eliminar progresivamente todos los usos no esenciales de PFAS, con restricciones que ya están en marcha. Alemania, Países Bajos, Dinamarca, Noruega y Suecia han impulsado propuestas conjuntas para prohibir su producción y comercialización a escala comunitaria. En paralelo, países como España han comenzado a medir su presencia en aguas subterráneas y a evaluar la contaminación en zonas agrícolas y ganaderas.
A nivel local, algunos estados en EE. UU. han tomado la delantera. Maine, por ejemplo, prohibirá para 2030 todos los productos que contengan PFAS añadidos intencionadamente, salvo contadas excepciones. Es una medida drástica, pero necesaria. Porque aunque los niveles generales de PFOA y PFOS han disminuido desde que se redujo su producción en 2006, los sustitutos que han aparecido podrían ser igual de dañinos, solo que menos estudiados.



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