
Investigadores de Cambridge vinculan la exposición prolongada a partículas PM2.5 y PM10 con un mayor riesgo de Parkinson.
- 🌫️ Partículas PM2,5 y PM10, bajo sospecha.
- 🧠 Mayor riesgo relativo de desarrollar Parkinson.
- 🚗 Tráfico, industria, calefacción y obras, entre las principales fuentes.
- 📈 Un 10% más de riesgo relativo por cada 5 µg/m³ adicionales de PM2,5.
- 🏙️ Zonas de bajas emisiones y transporte público, herramientas de prevención.
- 🌱 Mejorar el aire urbano, doble beneficio para la salud y el clima.
La contaminación del aire podría estar aumentando el riesgo de Parkinson, según una revisión de estudios científicos
La contaminación atmosférica lleva décadas relacionada con enfermedades cardiovasculares, respiratorias y muertes prematuras. Ahora, una revisión sistemática y metaanálisis realizado por investigadores de la Universidad de Cambridge refuerza otra preocupación: la exposición prolongada a determinadas partículas contaminantes podría elevar el riesgo de desarrollar la enfermedad de Parkinson.
El trabajo, publicado en Environment International, reunió los resultados de 26 estudios sobre Parkinson y seis investigaciones adicionales centradas en esclerosis múltiple y enfermedad de la neurona motora. El objetivo era obtener conclusiones más sólidas a partir de estudios que, analizados por separado, habían ofrecido resultados desiguales.
La principal señal apareció en dos contaminantes muy habituales en las ciudades: las partículas finas PM2,5 y las partículas PM10.
Respirar partículas diminutas durante años podría tener consecuencias neurológicas
Las PM2,5 tienen un diámetro inferior a 2,5 micrómetros. Son tan pequeñas que pueden penetrar profundamente en los pulmones y algunas de sus fracciones o componentes asociados pueden alcanzar la circulación sanguínea, favoreciendo procesos inflamatorios que afectan a distintos órganos.
Proceden de múltiples fuentes. Motores de combustión, centrales térmicas, procesos industriales, calefacción con madera, obras y determinadas actividades agrícolas contribuyen a su presencia en el aire. También pueden formarse directamente en la atmósfera mediante reacciones químicas entre gases contaminantes.
Su pequeño tamaño les permite permanecer suspendidas durante largos periodos y desplazarse a grandes distancias. Una ciudad puede sufrir concentraciones elevadas de partículas generadas a cientos de kilómetros.
Los investigadores encontraron que por cada incremento de 5 µg/m³ en la exposición a PM2,5, el riesgo relativo de desarrollar Parkinson aumentaba aproximadamente un 10%.
La cifra adquiere especial importancia al compararla con los niveles habituales de contaminación urbana. En 2023, las estaciones situadas junto a carreteras del centro de Londres registraron concentraciones medias cercanas a 10 µg/m³ de PM2,5.
Las partículas PM10 mostraron una asociación incluso mayor. Por cada aumento de 15 µg/m³, el riesgo relativo de Parkinson crecía alrededor de un 18%.
No significa que respirar aire contaminado provoque inevitablemente la enfermedad. El Parkinson tiene un origen complejo en el que intervienen la edad, la genética, las exposiciones ambientales y otros factores todavía investigados. Los resultados indican que la contaminación atmosférica podría actuar como un factor adicional de riesgo a escala poblacional.
El desgaste de frenos y neumáticos gana importancia
La electrificación del transporte reducirá progresivamente las emisiones procedentes de los tubos de escape, pero no eliminará toda la contaminación asociada a los vehículos.
El desgaste de neumáticos, frenos y pavimento libera partículas que terminan suspendidas en el aire o depositadas en suelos y cursos de agua. El problema afecta también a los vehículos eléctricos, especialmente cuando su mayor peso incrementa el desgaste de los neumáticos.
La frenada regenerativa puede reducir considerablemente el uso de los frenos mecánicos, aunque las emisiones no procedentes del escape seguirán siendo un desafío para la calidad del aire urbano.
Esta realidad obliga a ampliar el debate. Cambiar millones de automóviles de combustión por vehículos eléctricos aporta beneficios climáticos y sanitarios, pero las ciudades también necesitan reducir el tráfico, mejorar el transporte colectivo y facilitar los desplazamientos a pie y en bicicleta.
Menos coches circulando. Menos partículas. Menos ruido. Más espacio urbano disponible.
De los pulmones al cerebro: una relación que empieza a comprenderse
Una de las principales hipótesis analizadas por los investigadores apunta al estrés oxidativo y la neuroinflamación.
La exposición prolongada a partículas finas puede activar respuestas inflamatorias persistentes en el organismo. En personas con determinadas susceptibilidades genéticas o biológicas, estos procesos podrían contribuir al deterioro progresivo del sistema nervioso.
El Parkinson se caracteriza, entre otros cambios, por la pérdida de neuronas productoras de dopamina y por la acumulación anormal de una proteína llamada alfa-sinucleína.
Los investigadores plantean que la contaminación atmosférica podría favorecer mecanismos biológicos relacionados con ambos procesos.
Todavía quedan preguntas importantes. Cuánto tiempo de exposición resulta determinante. Qué etapas de la vida presentan mayor vulnerabilidad. Cómo interactúan las partículas con factores genéticos, laborales o relacionados con el estilo de vida.
Ahí está buena parte del trabajo pendiente.
Otros contaminantes continúan bajo investigación
El análisis también estudió la posible relación del Parkinson con el dióxido de nitrógeno, monóxido de carbono, dióxido de azufre, ozono y hollín.
Los resultados fueron inconclusos.
La falta de una asociación clara no permite afirmar que estos contaminantes sean inocuos para el sistema nervioso. En varios casos existen pocos estudios, poblaciones pequeñas o diferencias importantes en la forma de medir la exposición.
Además, la contaminación atmosférica rara vez aparece aislada.
Una persona que vive junto a una carretera puede estar expuesta simultáneamente a partículas, óxidos de nitrógeno, carbono negro, ruido y temperaturas urbanas elevadas. Analizar cada contaminante por separado puede ocultar efectos combinados.
La revisión tampoco encontró evidencias suficientes para relacionar la contaminación atmosférica con la esclerosis múltiple o la enfermedad de la neurona motora. Solo se localizaron tres estudios para cada enfermedad, una base demasiado limitada para obtener conclusiones firmes.
Europa endurece sus límites de calidad del aire
Los resultados llegan mientras la Unión Europea avanza hacia normas más estrictas de calidad atmosférica.
La Directiva revisada sobre calidad del aire ambiente, aprobada en 2024, establece para 2030 un límite anual de 10 µg/m³ para las PM2,5 y de 20 µg/m³ para las PM10.
El endurecimiento supone un avance considerable respecto a los valores anteriores, aunque las nuevas cifras continúan por encima de las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud, que sitúa sus valores guía anuales en 5 µg/m³ para PM2,5 y 15 µg/m³ para PM10.
La distancia entre ambos niveles muestra la magnitud del reto. Cumplir la legislación será importante. Reducir la exposición todo lo posible, aún más.
Más de 1.000 intervenciones urbanas analizadas
El equipo de Cambridge también ha trabajado en una herramienta abierta que reúne evidencia científica sobre más de 1.000 intervenciones destinadas a reducir las emisiones del tráfico y la exposición de la población a la contaminación.
Entre las medidas estudiadas aparecen los peajes urbanos, las zonas de bajas emisiones, la planificación del transporte, la expansión del transporte público, la promoción de los desplazamientos a pie y en bicicleta y la electrificación de los vehículos.
La utilidad de esta base de conocimiento está en comparar políticas aplicadas en diferentes ciudades y analizar no solo su capacidad para reducir emisiones, también sus barreras económicas, sociales y administrativas.
El proyecto continúa desarrollándose para incorporar información sobre inversiones necesarias, costes, beneficios económicos y reducción potencial de gases de efecto invernadero.
Una información especialmente valiosa para los ayuntamientos. Las políticas de calidad del aire compiten habitualmente por presupuestos limitados y necesitan demostrar resultados medibles.
La desigualdad ambiental también cuenta
La exposición a la contaminación no se reparte de forma uniforme.
Las viviendas cercanas a autopistas, polígonos industriales, puertos o grandes corredores logísticos suelen soportar concentraciones mayores de contaminantes. Con frecuencia, estas zonas coinciden con barrios donde la población dispone de menos recursos para protegerse, mudarse o acceder a espacios verdes.
Las políticas públicas deberían tener en cuenta esta desigualdad.
Instalar estaciones de medición en los barrios más expuestos, crear corredores verdes, reducir el tráfico pesado, mejorar el transporte público y controlar las emisiones industriales puede producir mejoras sanitarias importantes.
No basta con reducir la media de contaminación de una ciudad. También importa quién continúa respirando el aire más contaminado.
Más información: Tien-Smith, AZ at al. Association of long-term outdoor air pollution exposure with incidence of Parkinson’s disease, multiple sclerosis and motor neuron diseases: a systematic review and meta-analysis. Environment International; 8 July 2026; DOI: 10.1016/j.envint.2026.110377



Deja una respuesta