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Investigadores suizos revelan que la agricultura tradicional aumentó la diversidad vegetal durante 7.000 años hasta la industrialización

6 julio, 2026 Deja un comentario

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Imagen generada por IA

La agricultura impulsó la diversidad vegetal durante 7.000 años, pero todo cambió después de la Segunda Guerra Mundial.

  • 🌱 7.000 años de agricultura y diversidad vegetal creciente.
  • 🌾 Campos pequeños, pastos, setos y frutales.
  • 🔬 Más de 2.000 muestras de sedimentos analizadas.
  • 📅 Más de 220 dataciones por radiocarbono.
  • 🌳 Retroceso de la diversidad durante crisis y abandono agrícola.
  • 🚜 Gran ruptura tras la Segunda Guerra Mundial.
  • 🧪 Fertilizantes, herbicidas y paisajes cada vez más uniformes.
  • 🇪🇺 Restauración de hábitats y nueva Política Agrícola Común.
  • 🌍 Agroecología y mosaicos rurales como parte de la solución.

La agricultura aumentó la diversidad vegetal durante 7.000 años, hasta que el modelo industrial rompió el equilibrio

Durante buena parte de la historia europea, cultivar la tierra no redujo necesariamente la biodiversidad. Ocurrió algo bastante distinto.

Una investigación basada en el análisis de polen acumulado durante unos 7.000 años en sedimentos lacustres de Suiza muestra que la expansión de la agricultura estuvo acompañada por un aumento progresivo de la diversidad vegetal.

Los primeros agricultores transformaron extensas superficies cubiertas por bosques relativamente homogéneos en paisajes formados por cultivos, praderas, zonas de pastoreo, claros, setos y, más adelante, huertos y árboles frutales.

Cada ambiente ofrecía condiciones diferentes. Más luz, distintos niveles de humedad, suelos removidos periódicamente, zonas pastoreadas y espacios de transición entre campos y bosques.

El resultado fue un territorio con mayor variedad de hábitats y, por tanto, con capacidad para albergar más tipos de plantas.

Este patrón se mantuvo durante milenios.

La gran ruptura llegó después de la Segunda Guerra Mundial, cuando la mecanización, los fertilizantes sintéticos, los herbicidas, el drenaje de humedales y la concentración de parcelas comenzaron a simplificar rápidamente el paisaje agrícola europeo.

Ahí cambió la historia.

El archivo de la biodiversidad escondido bajo tres lagos

La investigación se desarrolló a partir de sedimentos extraídos de tres lagos situados en la meseta suiza, una región fértil ubicada al norte de los Alpes y cultivada desde hace miles de años.

En el fondo de estos lagos se acumulan lentamente capas de barro, materia orgánica y partículas transportadas por el viento y el agua.

Entre ellas aparecen millones de granos de polen.

Cada capa funciona como una pequeña cápsula del tiempo.

El investigador Fabian Rey, de la Universidad de Basilea, dedicó más de una década al estudio de estos sedimentos. Los testigos fueron divididos en secciones muy finas y sometidos a diferentes tratamientos para aislar el polen.

En cada muestra se contabilizaron alrededor de 500 granos al microscopio, identificando las plantas de las que procedían.

El trabajo terminó reuniendo más de 2.000 muestras y 220 dataciones por radiocarbono.

La resolución temporal alcanzada resulta especialmente valiosa. Muchos estudios paleobotánicos reconstruyen cambios ocurridos durante siglos o milenios. En este caso, algunos periodos pueden seguirse aproximadamente década a década.

No se trata de un inventario exacto de especies.

El polen permite conocer qué grupos de plantas estaban presentes y estimar la variedad de la vegetación existente alrededor de los lagos. Algunas especies producen enormes cantidades de polen, mientras otras dejan señales mucho más discretas.

Aun con esas limitaciones, las tendencias detectadas aparecen de forma consistente en los tres lugares estudiados.

Los primeros agricultores crearon un paisaje mucho más variado

Antes de la expansión agrícola, las tierras bajas suizas estaban dominadas por grandes extensiones forestales.

La llegada de las comunidades neolíticas comenzó a modificar esa estructura.

Se talaron pequeñas superficies, aparecieron cultivos y pastizales, se utilizó el fuego para mantener espacios abiertos y el ganado empezó a ejercer una presión constante sobre determinadas zonas.

La agricultura creó un mosaico de hábitats.

Un prado húmedo podía albergar plantas completamente diferentes a las presentes en un campo cultivado. Los bordes de los bosques favorecían otras especies. Los setos ofrecían refugio, alimento y corredores de desplazamiento para numerosos organismos.

Incluso los terrenos alterados regularmente por el ganado o las labores agrícolas podían convertirse en ambientes adecuados para plantas adaptadas a las perturbaciones.

La diversidad vegetal aumentó.

Y lo hizo mientras las temperaturas estivales descendían lentamente durante algunos periodos.

Según los investigadores, esta evolución indica que la actividad humana terminó convirtiéndose en uno de los principales factores responsables de la riqueza vegetal del paisaje.

No hizo falta una población enorme.

Pequeños incrementos en la intensidad agrícola aparecen relacionados con aumentos considerables de diversidad.

La clave estaba en cómo se utilizaba el territorio.

Cuando desaparecieron los agricultores, también cayó la diversidad

El registro de polen conserva otra señal interesante.

Cada vez que las sociedades agrícolas atravesaron grandes crisis y disminuyó la actividad humana, la diversidad vegetal retrocedió.

Ocurrió después de la desintegración del Imperio romano de Occidente.

También durante los siglos marcados por la Peste Negra y las profundas transformaciones demográficas y económicas asociadas a ella.

Campos abandonados, pastos sin ganado y terrenos anteriormente cultivados comenzaron a cubrirse nuevamente de vegetación forestal.

A escala del paisaje, la variedad de ambientes disminuyó.

Durante los dos siglos posteriores al final del dominio romano en la región, la diversidad vegetal cayó aproximadamente una cuarta parte. El descenso medio rondó el 1 % por década.

Puede parecer contradictorio.

Más bosque no siempre significa más biodiversidad cuando se analiza un territorio completo.

Una extensión continua de bosque puede resultar extraordinariamente valiosa para determinadas especies, especialmente cuando se trata de masas maduras, bosques primarios o ecosistemas poco alterados.

Pero en las regiones europeas transformadas durante miles de años, la desaparición simultánea de prados, pastizales, setos, claros y cultivos tradicionales puede reducir la variedad total de plantas presentes.

La Edad Media dejó algunos de los paisajes agrícolas más diversos

Cada vez que la agricultura regresaba, la biodiversidad se recuperaba.

Los investigadores encontraron que la velocidad de recuperación podía ser comparable al ritmo de las pérdidas anteriores.

Los paisajes medievales y de comienzos de la Edad Moderna alcanzaron algunos de los niveles más elevados de diversidad vegetal registrados durante todo el periodo estudiado.

  • Había pequeñas parcelas.
  • Prados utilizados para producir heno.
  • Ganadería extensiva.
  • Setos entre propiedades.
  • Árboles aislados.
  • Huertos familiares.
  • Frutales de gran porte.
  • Zonas húmedas.
  • Bosques aprovechados para obtener madera, frutos y otros recursos.

Nada parecido a una naturaleza completamente intacta. Tampoco a una agricultura industrial.

Era un paisaje profundamente modificado por las personas, pero conservaba una enorme heterogeneidad ecológica.

Entre los siglos XVIII y XIX, algunas zonas agrícolas europeas habrían alcanzado sus mayores niveles históricos de diversidad vegetal.

La agricultura industrial cambió una relación de miles de años

Después de la Segunda Guerra Mundial comenzó una transformación radical del campo europeo.

  • Los tractores permitieron trabajar superficies mucho mayores.
  • Las parcelas pequeñas fueron agrupándose.
  • Los setos se eliminaron para facilitar el paso de la maquinaria.
  • Los terrenos húmedos se drenaron.
  • El uso de fertilizantes minerales aumentó la productividad, aunque también favoreció a un reducido número de plantas capaces de prosperar en suelos con abundantes nutrientes.
  • Los herbicidas eliminaron gran parte de la vegetación espontánea presente en los cultivos.
  • Muchas explotaciones abandonaron la combinación de agricultura y ganadería para especializarse en unas pocas producciones.
  • El paisaje perdió complejidad.
  • Grandes extensiones comenzaron a dedicarse al mismo cultivo durante kilómetros.
  • Los bordes de las parcelas desaparecieron. Los árboles aislados molestaban a la maquinaria. Las pequeñas charcas se rellenaron.

En pocas décadas, la diversidad vegetal comenzó a caer a una velocidad comparable a algunos de los grandes retrocesos históricos identificados en los sedimentos.

Los niveles actuales se aproximan a los observados durante periodos de profundas crisis demográficas como la Peste Negra.

El problema no es producir alimentos, es simplificar el territorio

La investigación introduce un matiz importante en el debate sobre agricultura y biodiversidad.

No toda intervención humana provoca necesariamente una pérdida ecológica.

El impacto depende de la intensidad, la escala y la diversidad de los usos del suelo.

Una explotación agrícola formada por grandes monocultivos, sin vegetación entre parcelas y sometida a aplicaciones frecuentes de herbicidas ofrece pocas oportunidades para la flora silvestre.

Un territorio con cultivos diferentes, barbechos, márgenes florales, pastizales, árboles, charcas y pequeños bosques puede mantener una biodiversidad considerable mientras continúa produciendo alimentos.

Esto no implica idealizar la agricultura antigua.

Las sociedades del pasado también provocaron erosión, deforestación, incendios, pérdida de fertilidad y transformaciones profundas de los ecosistemas.

La diferencia está en la escala.

Durante miles de años, las limitaciones tecnológicas y energéticas favorecieron involuntariamente la existencia de paisajes heterogéneos. La agricultura industrial eliminó buena parte de esas limitaciones y permitió transformar enormes superficies con una rapidez desconocida hasta entonces.

Qué impacto puede tener en el medio ambiente

Recuperar la complejidad del paisaje agrícola puede producir beneficios que van mucho más allá de conservar algunas plantas silvestres.

Los setos, franjas de vegetación y márgenes florales proporcionan alimento y refugio para insectos polinizadores. También permiten el desplazamiento de aves, pequeños mamíferos y otros animales entre hábitats aislados.

Las cubiertas vegetales protegen el suelo frente a la erosión causada por el viento y las lluvias intensas.

Los árboles integrados en las explotaciones agrícolas pueden almacenar carbono, reducir la temperatura del suelo, ofrecer sombra al ganado y mejorar la infiltración del agua.

Las charcas, humedales y pequeñas depresiones naturales ayudan a retener agua durante episodios de precipitaciones intensas y mantienen refugios para anfibios e insectos acuáticos.

También existe un efecto sobre la estabilidad de los propios sistemas agrícolas.

Los paisajes con mayor diversidad pueden albergar más enemigos naturales de las plagas y reducir la dependencia de determinados productos fitosanitarios.

La cuestión tiene otra dimensión cada vez más importante: la adaptación al cambio climático.

Un territorio formado por grandes superficies homogéneas puede resultar especialmente vulnerable frente a sequías prolongadas, incendios, nuevas plagas o lluvias torrenciales.

La diversidad de cultivos, hábitats y estructuras vegetales reparte riesgos.

No garantiza que una explotación quede protegida frente a fenómenos extremos. Pero evita poner todos los huevos en la misma cesta.

Europa empieza a pagar por recuperar parte del paisaje perdido

Las políticas agrícolas europeas llevan años intentando incorporar medidas destinadas a reducir el deterioro ecológico del campo.

La Política Agrícola Común 2023-2027 introdujo los ecorregímenes, pagos voluntarios para explotaciones que aplican determinadas prácticas beneficiosas para el clima y el medio ambiente.

Entre las actuaciones promovidas aparecen las cubiertas vegetales, la rotación de cultivos, el mantenimiento de pastos, los espacios de biodiversidad y diferentes formas de agricultura de conservación.

A esto se suma el Reglamento europeo de Restauración de la Naturaleza, en vigor desde 2024.

La norma establece objetivos para recuperar ecosistemas degradados y mejorar determinados indicadores relacionados con los sistemas agrícolas, como las poblaciones de mariposas de pastizales, el carbono orgánico de los suelos minerales cultivados y la proporción de tierras agrícolas con elementos paisajísticos de alta diversidad.

Aquí aparecen medidas bastante concretas.

  • Recuperar setos.
  • Mantener árboles aislados.
  • Conservar muros de piedra.
  • Crear franjas florales.
  • Proteger pequeñas charcas.
  • Dejar márgenes sin cultivar.
  • Reducir la desaparición de los pastizales permanentes.

Son actuaciones pequeñas cuando se observan individualmente. A escala territorial pueden reconstruir conexiones ecológicas entre espacios naturales cada vez más fragmentados.

La agroecología recupera una idea antigua con herramientas modernas

El estudio del pasado no plantea regresar a una agricultura basada exclusivamente en trabajo manual y bajos rendimientos.

El desafío consiste en combinar producción de alimentos, conocimiento ecológico y tecnología.

La agricultura de precisión puede reducir aplicaciones innecesarias de fertilizantes y fitosanitarios mediante sensores, imágenes de satélite y sistemas de dosificación variable.

Los robots agrícolas permiten controlar algunas plantas espontáneas mediante sistemas mecánicos o aplicaciones extremadamente localizadas.

La agroforestería introduce árboles entre cultivos y pastizales para recuperar parte de la complejidad estructural perdida.

Los cultivos de cobertura mantienen el suelo protegido durante los periodos en los que anteriormente permanecía desnudo.

Las rotaciones amplias reducen la presión de determinadas plagas y ayudan a diversificar la actividad biológica del suelo.

Ninguna de estas soluciones funciona igual en todos los territorios.

Un olivar mediterráneo necesita estrategias diferentes a una explotación cerealista del centro de Europa o una zona ganadera atlántica.

Precisamente ahí está una de las enseñanzas del estudio: la diversidad agrícola también necesita soluciones diversas.

Restaurar el campo no significa abandonar la producción

Europa se enfrenta a una cuestión incómoda.

La agricultura debe producir alimentos suficientes, mantener rentas dignas para los agricultores y reducir al mismo tiempo sus impactos sobre el suelo, el agua, el clima y la biodiversidad.

Convertir grandes superficies agrícolas en reservas naturales no resulta viable.

Mantener el modelo actual tampoco parece una opción razonable a largo plazo.

La alternativa pasa por introducir naturaleza dentro del territorio productivo.

Los investigadores consideran que los datos históricos muestran una capacidad de recuperación considerable. Cuando regresaban las prácticas agrícolas variadas, la diversidad vegetal podía aumentar nuevamente en cuestión de décadas.

Ese margen temporal es importante.

La restauración ecológica suele asociarse a procesos extremadamente lentos. Sin embargo, determinados cambios en el manejo del territorio pueden producir resultados visibles durante la vida de una generación.

El reto está en conseguir que esas prácticas resulten económicamente viables.

Un agricultor difícilmente conservará setos, árboles, humedales o márgenes sin cultivar si esas superficies representan únicamente una pérdida de ingresos.

Las políticas públicas, los pagos por servicios ecosistémicos, los mercados de proximidad y las cadenas alimentarias que remuneren las buenas prácticas pueden ayudar a cambiar esa situación.

Más información: Decadal-scale pollen records link land use and plant diversity change across European lowlands over seven millennia

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Publicado en: Agricultura ecológica

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