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Científicos chinos demuestran que el arado profundo altera el flujo de agua y aumenta el riesgo de sequías e inundaciones

31 marzo, 2026 1 comentario

5/5 - (4 votos)
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Imagen: rss.vladimir – Depositphotos.

Estudio en Science revela que labrar el suelo hasta 25 cm reduce la infiltración de agua y acelera su evaporación.

  • Labranza profunda → ruptura de poros naturales del suelo.
  • Compactación → infiltración reducida, escorrentía superficial.
  • Agua retenida arriba → evaporación rápida.
  • Menos resiliencia → más riesgo de sequía e inundaciones.
  • Sensores de fibra óptica → monitorización subterránea en tiempo real.
  • Movimiento del agua → dominado por capilaridad, no gravedad.
  • Agricultura regenerativa → alternativa cada vez más viable.

La labranza intensiva del suelo en la agricultura puede causar más perjuicios que beneficios

Durante siglos, remover la tierra ha sido casi un gesto automático en la agricultura. Preparar el terreno, airearlo, “dejarlo listo”. Sin embargo, lo que durante mucho tiempo se interpretó como una mejora del suelo empieza a revelar su lado más problemático.

El estudio muestra que la labranza intensiva, especialmente cuando se combina con maquinaria pesada, altera una red invisible pero crucial: los canales naturales del suelo por los que circula el agua. Estos canales no son simples huecos. Son estructuras formadas por raíces, microorganismos y agregados minerales que permiten que el agua se distribuya en profundidad de forma eficiente.

Al romper esta arquitectura, el suelo pierde su capacidad de regular el agua. Lo que antes infiltraba lentamente ahora se acumula en superficie o se pierde por evaporación. Y eso cambia todo.

El flujo de agua a través del suelo labrado puede dejar la tierra vulnerable a inundaciones y sequías

Los datos recogidos en el campo experimental de Inglaterra son claros: en parcelas con labranza profunda (25 cm) y mayor compactación, el agua de lluvia no penetraba con facilidad. Se quedaba en superficie, formando pequeñas acumulaciones que desaparecían rápido bajo el sol.

En cambio, los suelos no alterados o con mínima intervención mostraban un comportamiento muy distinto. El agua se distribuía mejor, alcanzando capas más profundas donde las raíces pueden aprovecharla durante más tiempo.

Este contraste tiene implicaciones directas:

  • En episodios de lluvia intensa, los suelos alterados favorecen la escorrentía, aumentando el riesgo de inundaciones.
  • En periodos secos, esos mismos suelos pierden antes su humedad, acelerando la sequía agrícola.

Un sistema que debería amortiguar extremos climáticos acaba amplificándolos.

Aquí entra en juego un concepto clave: la estructura del suelo como infraestructura natural. Cuando se degrada, el terreno deja de funcionar como esponja y pasa a comportarse más como una superficie impermeable.

Cómo se mueve realmente el agua bajo tierra

El modelo desarrollado por los investigadores desmonta una idea bastante extendida: el agua en el suelo no se mueve principalmente por gravedad.

En realidad, domina la capilaridad, un fenómeno físico que depende de la interacción entre el agua y las partículas del suelo. En condiciones naturales, esta red de microporos permite que el agua se desplace incluso en contra de la gravedad, alimentando las raíces de forma constante.

Cuando el suelo se compacta o se fragmenta en exceso, estos poros se deforman o desaparecen. Entonces, las fuerzas capilares se intensifican de forma desordenada y dificultan el flujo. Resultado: el agua queda atrapada en zonas superficiales o no se redistribuye correctamente.

Es un cambio sutil, pero decisivo. Y no se ve a simple vista.

Sensores de fibra óptica: ver lo invisible

Uno de los aspectos más interesantes del estudio es el uso de cables de fibra óptica como sensores sísmicos. Una tecnología que normalmente se asocia a telecomunicaciones se convierte aquí en una herramienta para observar el comportamiento del agua bajo tierra.

Estos sensores detectan vibraciones mínimas generadas por el movimiento del agua a través del suelo. Con ellos, los investigadores han podido mapear en tiempo real cómo responde el terreno a la lluvia.

Este enfoque abre la puerta a una agricultura de precisión más avanzada, donde no solo se mide la humedad superficial, sino el flujo real en profundidad.

Ya se están desarrollando proyectos piloto en Europa y Estados Unidos que combinan sensores subterráneos con modelos predictivos para optimizar el riego. La tendencia es clara: menos intuición, más datos. Pero bien usados.

Qué impacto puede tener en el medio ambiente

La degradación de la estructura del suelo no afecta solo a la producción agrícola. Tiene consecuencias ambientales más amplias, a menudo ignoradas.

Un suelo compactado reduce la recarga de acuíferos, lo que agrava la escasez de agua en muchas regiones. Además, al aumentar la escorrentía, se arrastran nutrientes y fertilizantes hacia ríos y lagos, contribuyendo a procesos de eutrofización.

También hay un impacto climático. Los suelos sanos actúan como sumideros de carbono. Cuando se alteran de forma intensiva, liberan parte de ese carbono en forma de CO₂, reduciendo su capacidad de mitigación frente al cambio climático.

Y luego está la biodiversidad del suelo. Microorganismos, hongos, lombrices… toda esa vida invisible que mantiene la fertilidad se ve afectada por la perturbación constante. Sin ella, el suelo pierde resiliencia. Poco a poco.

Hacia una agricultura menos agresiva

Este tipo de investigaciones refuerza el interés por prácticas como la agricultura regenerativa o la siembra directa, que minimizan la alteración del suelo.

En países como Francia o Alemania, estas técnicas ya están recibiendo apoyo institucional dentro de políticas agrícolas orientadas a la sostenibilidad. Incluso la nueva Política Agraria Común (PAC) de la Unión Europea incluye incentivos para reducir la labranza intensiva y mejorar la salud del suelo.

No se trata de eliminar completamente la labranza. En algunos contextos sigue siendo útil. Pero sí de replantear cuándo, cómo y cuánto se hace.

El suelo no es un soporte inerte. Es un sistema vivo. Y empieza a notarse cuando se le exige demasiado.

Más información: Agroseismología y el impacto de las prácticas agrícolas en la hidrodinámica del suelo | Ciencia

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Publicado en: Agricultura ecológica

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Comentarios

  1. Tirso dice

    31 marzo, 2026 a las 12:09

    Realmente interesante, regenerar también es cultivar.

    Responder

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