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Científicos consiguen que una molécula almacene energía solar hasta 5.000 veces más tiempo usando un sorprendente “puente” de agua

25 agosto, 2026 Deja un comentario

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Imagen representativa generada por IA

Una batería solar molecular no almacena 5.000 veces más energía: el avance ralentiza hasta 5.000 veces la conversión térmica inversa de sus moléculas.

  • ☀️ Luz solar almacenada directamente en moléculas.
  • 💧 Agua como interruptor molecular reversible.
  • 🧬 Puentes de hidrógeno para frenar la pérdida de energía.
  • ⏳ Vida térmica ajustable: de horas a años.
  • 🚀 Hasta 5.000 veces más estabilidad en el compuesto más eficaz.
  • 🔋 Densidad energética potencial de hasta unos 1 MJ/kg en sistemas NBD/QC.
  • ♻️ Proceso reversible mediante adición y retirada de agua.
  • 🧪 Tecnología todavía en fase experimental.

¿Por qué importa?

Almacenar electricidad durante horas ya es posible con baterías, bombeo hidráulico o almacenamiento térmico convencional. Guardar directamente la energía del Sol dentro de enlaces químicos durante periodos largos y recuperarla después en forma de calor plantea otra posibilidad. Un equipo internacional ha demostrado que unas interacciones tan comunes como los puentes de hidrógeno pueden utilizarse para controlar cuánto tiempo permanece almacenada esa energía. En el mejor de los compuestos estudiados, la vida media térmica aumentó más de 5.000 veces.

Una batería solar que no almacena electricidad

La tecnología pertenece al campo del almacenamiento molecular de energía solar térmica, conocido habitualmente como MOST por sus siglas en inglés. Su funcionamiento se aleja bastante del de una batería de litio.

En lugar de convertir primero la radiación solar en electricidad, determinados compuestos absorben fotones y cambian reversiblemente su estructura molecular. La energía queda atrapada en una configuración de mayor energía y puede recuperarse posteriormente cuando la molécula vuelve a su estado original.

Uno de los sistemas más investigados utiliza norbornadieno (NBD) y quadriciclano (QC). La luz transforma el primero en el segundo. El QC actúa entonces como una especie de depósito químico de energía.

Es una familia especialmente interesante porque puede alcanzar capacidades de almacenamiento del orden de 1 MJ/kg. El gran problema aparece después de cargarla: la molécula tiende de forma natural a regresar al estado de menor energía y liberar prematuramente lo almacenado. Para aplicaciones solares interesa que ese estado pueda mantenerse durante meses o incluso años.

Ahí entra la nueva investigación.

El problema no era capturar la energía. Era impedir que escapara

Durante años se ha intentado aumentar la estabilidad del quadriciclano modificando químicamente las moléculas. Es posible elevar la barrera que dificulta su regreso al norbornadieno, pero existe una especie de manta corta molecular: al mejorar una propiedad, otra puede empeorar.

Añadir grupos químicos voluminosos, por ejemplo, puede dificultar el movimiento necesario para la reacción inversa. A cambio, aumenta la masa de la molécula y puede reducir la densidad energética del material. También existe un delicado compromiso entre absorber mejor determinadas longitudes de onda y mantener durante mucho tiempo el estado energético.

El nuevo trabajo propone intervenir de otra manera: modificar temporalmente el entorno de la molécula mediante enlaces débiles y reversibles, en vez de depender únicamente de estructuras químicas cada vez más pesadas.

Unas pocas moléculas de agua cambian el paisaje energético

El equipo diseñó seis derivados de NBD con diferentes grupos capaces de donar o aceptar puentes de hidrógeno.

Cuando el sistema recibe luz ultravioleta, estas moléculas pasan al correspondiente estado QC. En los experimentos, la conversión fotoquímica superó el 97 % para los seis compuestos estudiados.

Después llega la parte interesante.

Al introducir una pequeña cantidad de agua, esta puede interactuar con determinados grupos de la molécula y formar una especie de puente supramolecular. El agua no funciona aquí simplemente como disolvente. Participa activamente en la regulación del movimiento molecular.

Las simulaciones muestran que estas interacciones restringen determinadas rotaciones. La molécula queda estabilizada en configuraciones desde las que resulta más difícil alcanzar la geometría necesaria para regresar al estado NBD. En términos sencillos, el camino de vuelta se vuelve más complicado.

No se está evitando la termodinámica. Se está manipulando la cinética de la reacción, es decir, la velocidad a la que el sistema puede regresar espontáneamente a su estado de menor energía.

De 1,6 días a casi 24 años sobre el papel

El resultado más llamativo apareció en el compuesto denominado QC6.

Sin la red de puentes de hidrógeno, su vida media térmica calculada era de aproximadamente 1,6 días. Con el sistema de enlaces de hidrógeno, ascendió hasta 8.762 días, unos 24 años.

Es un incremento cercano a 5.000 veces.

Conviene interpretar correctamente esa cifra. No significa que se haya construido un dispositivo que haya almacenado calor durante 24 años. La vida media se obtuvo a partir de mediciones cinéticas y relaciones de Arrhenius, utilizadas para estimar el comportamiento a 25 °C. El valor muestra la enorme modificación de la cinética molecular conseguida, no la existencia de una batería comercial ya probada durante décadas.

Más importante aún, la estrategia permitió modificar la estabilidad en un intervalo muy amplio: desde horas hasta años, dependiendo de la molécula y de las condiciones.

Ese control puede terminar siendo tan importante como alcanzar una vida media elevada.

El agua funciona como un pequeño regulador

Existe otra característica especialmente atractiva: el efecto es reversible.

Añadir agua favorece la formación de los puentes de hidrógeno y ralentiza la conversión QC→NBD. Retirarla vuelve a acelerar el proceso. En otras palabras, el mismo sistema molecular puede desplazarse entre estados de conversión rápida y lenta.

El comportamiento llevó a los investigadores a utilizar una comparación poco habitual: el famoso “demonio de Maxwell”.

No existe ningún demonio microscópico, claro. La analogía sirve para describir un sistema capaz de seleccionar y modificar determinadas rutas moleculares. Los grupos donadores y aceptores de hidrógeno actúan como una puerta, mientras que el agua ayuda a decidir lo fácil o difícil que resulta atravesarla.

Más que una curiosidad conceptual, esta selectividad abre una posibilidad interesante: programar la velocidad con la que diferentes moléculas almacenan o liberan energía dentro de una misma mezcla.

En un experimento con dos fotoswitches distintos, la incorporación de agua ralentizó fuertemente uno de ellos mientras prácticamente no alteró el otro. Esa capacidad para discriminar entre moléculas podría permitir materiales solares con diferentes escalas temporales de almacenamiento.

No hace falta inundar el sistema

Uno de los detalles relevantes es la cantidad necesaria.

En las condiciones de mayor proporción utilizadas en parte de los experimentos, la concentración de agua era de apenas 20 mmol/l, equivalente aproximadamente al 0,0046 % en masa del sistema estudiado. Los investigadores consideran que esta concentración es suficientemente baja como para que los cambios observados no puedan explicarse simplemente por una modificación general de las propiedades del disolvente.

Es importante porque apunta hacia una regulación basada en interacciones moleculares específicas, no en añadir grandes cantidades de otro material para conseguir el efecto.

Además, la respuesta depende mucho del medio. En disolventes no polares como tolueno y hexano, añadir agua prácticamente no modificó la vida media debido a su baja miscibilidad y a la dificultad para formar las interacciones necesarias. En acetonitrilo y 1,4-dioxano el efecto fue mucho más pronunciado.

Esto también marca una de las tareas pendientes: trasladar el principio químico a materiales y configuraciones compatibles con dispositivos reales.

Una tecnología que todavía está lejos de los tejados

Sería prematuro imaginar estos compuestos sustituyendo a las baterías domésticas.

Los experimentos se realizaron fundamentalmente en disolución, con concentraciones pequeñas y bajo condiciones de laboratorio. Parte de la caracterización utilizó radiación ultravioleta, temperaturas controladas y disolventes orgánicos.

Además, la estabilidad química durante muchos ciclos sigue siendo un desafío.

Los derivados NBD1-3 mostraron una degradación prácticamente despreciable después de 20 ciclos de fotoisomerización y reconversión térmica a 80 °C. Los compuestos NBD4-6 presentaron cierta degradación. Los autores recuerdan además que algunos derivados de NBD pueden sufrir procesos fotoquímicos irreversibles o polimerización.

Para una instalación energética que aspire a funcionar durante años serían necesarios miles de ciclos fiables, además de materiales baratos, seguros y fáciles de fabricar.

Por tanto, el avance resuelve una pieza muy concreta del rompecabezas: cómo controlar mejor la permanencia de un estado molecular cargado de energía.

Quedan unas cuantas piezas más.

Almacenar calor durante meses cambiaría la utilidad de la energía solar

El interés de los sistemas MOST no reside únicamente en guardar energía durante la noche.

Su horizonte más ambicioso es el almacenamiento térmico de larga duración.

Una molécula podría cargarse cuando existe abundante radiación solar y conservar esa energía sin necesidad de mantener continuamente un depósito a alta temperatura. Cuando hiciera falta calor, un catalizador u otro mecanismo podría favorecer la reconversión molecular y recuperar parte de esa energía.

Eso introduce una diferencia importante frente al almacenamiento térmico sensible convencional. Un depósito de agua caliente pierde calor gradualmente hacia el entorno y necesita aislamiento. En un sistema molecular estable, la energía permanece fundamentalmente almacenada en la configuración química.

A largo plazo podrían plantearse circuitos cerrados donde un fluido absorba radiación solar, almacene químicamente esa energía, circule o permanezca almacenado y posteriormente libere calor.

La posibilidad ya se investiga desde hace años. Estudios anteriores han demostrado sistemas híbridos que combinan calentamiento solar de agua y almacenamiento molecular, así como liberación macroscópica de calor a partir de materiales MOST. El nuevo trabajo ataca uno de sus cuellos de botella persistentes: controlar durante cuánto tiempo permanece cargada la molécula.

Una molécula con fecha de descarga ajustable

La consecuencia quizá más interesante del trabajo va más allá de conseguir el récord de estabilidad.

Una tecnología energética útil no siempre necesita almacenar energía durante el máximo tiempo posible. Necesita conservarla durante el tiempo adecuado.

Para climatización doméstica podría interesar un ciclo diario. Para almacenamiento entre días soleados y nublados, varios días. Para aplicaciones estacionales, meses.

El estudio demuestra precisamente un mecanismo con el que la vida térmica puede modificarse de manera gradual variando la interacción con el agua. Esa capacidad acerca conceptualmente estos materiales a una especie de almacenamiento programable.

El principio tampoco tendría por qué limitarse al agua. Los propios investigadores plantean explorar otras interacciones reversibles, incluida la coordinación con pequeños aniones o determinados enlaces covalentes reversibles. También proponen incorporar los fotoswitches en matrices sólidas o estructuras supramoleculares, una dirección especialmente relevante para abandonar las soluciones diluidas utilizadas en laboratorio.

El gran salto pendiente: pasar de moléculas a materiales

La química fundamental ha demostrado que el paisaje energético de un fotoswitch puede modificarse mediante interacciones supramoleculares reversibles. Ahora falta convertir ese comportamiento en ingeniería.

Una vía lógica pasa por inmovilizar o incorporar las moléculas activas en matrices sólidas, polímeros, recubrimientos o estructuras porosas. Los propios autores señalan que las matrices sólidas y los marcos supramoleculares podrían aumentar todavía más la estabilidad térmica y generar efectos cooperativos.

Después vendría la integración con captadores solares, intercambiadores de calor y sistemas capaces de activar la descarga cuando se necesite.

También será necesario mejorar la captación del espectro solar. En los ensayos descritos, los compuestos mostraron absorción por encima de 300 nm y se utilizaron fuentes ultravioletas para provocar la fotoisomerización. Una tecnología solar práctica debería aprovechar una fracción mucho mayor de la radiación disponible sin sacrificar estabilidad térmica. Ese equilibrio entre absorción y duración del almacenamiento ha sido precisamente uno de los problemas históricos de estos materiales.

Potencial

La aportación más prometedora del trabajo no consiste en presentar una batería molecular lista para fabricar. Está en demostrar una nueva forma de controlar el tiempo durante el que una molécula conserva energía solar.

Si el principio puede trasladarse a materiales robustos, baratos y reciclables, podría contribuir al desarrollo de sistemas capaces de capturar energía durante las horas de mayor radiación y conservarla durante días, semanas o incluso periodos estacionales, especialmente para usos térmicos.

En edificios podría complementar a la solar térmica y reducir la dependencia de electricidad o gas para agua caliente y calefacción. En determinados procesos industriales podría ofrecer una vía para transportar o almacenar calor renovable. Y en sistemas solares descentralizados permitiría separar mucho más el momento de captación del momento de consumo.

Antes deberán resolverse cuestiones nada menores: absorción eficiente de luz visible, durabilidad durante miles de ciclos, densidad energética real del sistema completo, velocidad de descarga, seguridad química, coste de síntesis y comportamiento fuera del laboratorio.

Pero el avance cambia una variable fundamental. Hasta ahora, conseguir moléculas capaces de almacenar mucha energía y mantenerla durante largos periodos obligaba a aceptar importantes compromisos químicos. Los puentes de hidrógeno introducen una herramienta diferente: modificar temporalmente la barrera que mantiene atrapada la energía sin rediseñar por completo la molécula cada vez.

Un poco de agua, unos enlaces débiles y una reacción que de pronto puede tardar años en recorrer un camino que antes completaba en días. A escala molecular, parece un detalle. Para el almacenamiento solar de larga duración, podría ser bastante más.

Más información: Orchestrating photoswitch thermal backconversion using hydrogen bonds to reshape energy landscapes

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Publicado en: Almacenamiento de energía, Energía solar

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