
El estudio no dice que los paneles solares estén matando aves directamente. El efecto está fundamentalmente relacionado con el cambio de uso del suelo y la modificación del hábitat.
☀️ Expansión fotovoltaica a gran escala en China.
🐦 Menor diversidad de aves asociada a las políticas de expansión solar.
🗺️ 2.344 condados analizados entre 2014 y 2023.
🌾 Mayor impacto en zonas agrícolas y pastizales.
🌱 Más vegetación, pero no necesariamente más biodiversidad.
🏜️ Menor conflicto potencial en terrenos de bajo valor ecológico.
⚡ Una advertencia para planificar mejor la transición energética.
¿Por qué importa?
La energía solar resulta imprescindible para reducir el consumo de combustibles fósiles, pero el lugar donde se instala una planta fotovoltaica puede determinar buena parte de su impacto ambiental. Una investigación publicada en Science muestra que la rápida expansión solar de China se ha asociado con una disminución moderada de la diversidad de aves en determinadas zonas. La conclusión no cuestiona la fotovoltaica. Plantea algo más incómodo y útil: descarbonizar el sistema eléctrico también exige planificar qué suelo se ocupa y qué ecosistemas se alteran.
Una gigantesca expansión solar convertida en experimento natural
China protagoniza una transformación energética difícil de comparar con cualquier otra por su escala. Su objetivo de alcanzar la neutralidad de carbono antes de 2060 ha impulsado la construcción de enormes cantidades de energía solar y eólica.
En 2024, la superficie ocupada por instalaciones solares estudiada en este contexto alcanzaba aproximadamente 4.520 km². Y la expansión continúa.

Ese crecimiento permitió a investigadores encabezados por Huiming Zhang, de la Universidad de Ciencia y Tecnología de la Información de Nanjing, estudiar una cuestión que durante años ha quedado en segundo plano: qué ocurre con la biodiversidad cuando la infraestructura renovable empieza a transformar el territorio a gran escala.
El trabajo analizó 2.344 condados chinos entre 2014 y 2023. Una muestra extraordinariamente amplia.
China ofrecía además una circunstancia especialmente interesante para los investigadores. La distribución de nuevos proyectos solares no depende únicamente de la radiación disponible o del precio del suelo. Los planes gubernamentales de desarrollo económico también determinan qué regiones reciben un mayor impulso.
Estas diferencias permitieron comparar territorios sometidos a distinta intensidad de políticas favorables a la fotovoltaica, teniendo en cuenta factores como el clima, las condiciones socioeconómicas, los cambios en la cobertura del suelo y el esfuerzo realizado por los observadores de aves.
Las aves revelan un coste ecológico que no aparece en los megavatios
Los investigadores cruzaron esta información con registros de ciencia ciudadana sobre aves. El resultado apunta a una relación consistente: una mayor intensidad de las políticas de expansión solar estuvo asociada con una reducción de la diversidad de aves.
El efecto fue calificado como moderado, un matiz importante. El estudio no describe un colapso generalizado de las poblaciones de aves chinas ni permite concluir que cualquier instalación fotovoltaica produzca automáticamente pérdida de biodiversidad.
Lo relevante está en la escala.
Cuando miles de instalaciones modifican progresivamente cultivos, pastizales y otros hábitats, pequeñas alteraciones locales pueden terminar teniendo importancia regional.
Los efectos resultaron especialmente apreciables en regiones relativamente prósperas y en zonas no desérticas. Tanto las aves residentes como las migratorias mostraron descensos significativos.
En cambio, las especies asociadas a hábitats montañosos poco apropiados para grandes parques solares apenas mostraron cambios. Esa diferencia refuerza una de las principales conclusiones del trabajo: la ubicación de las plantas importa enormemente.
El problema no son los paneles, es lo que había antes
Una hectárea cubierta por módulos fotovoltaicos no tiene siempre el mismo coste ecológico.
Construir sobre una superficie industrial abandonada, una cubierta, un aparcamiento o determinados terrenos fuertemente degradados no equivale a transformar pastizales, cultivos tradicionales o mosaicos agrícolas utilizados por aves para alimentarse, descansar o reproducirse.
Ahí aparece una de las claves del estudio.
La construcción de una planta solar implica mucho más que colocar paneles. Puede requerir caminos internos, vallados, movimientos de tierra, líneas eléctricas, subestaciones, drenajes y eliminación o modificación de la vegetación existente.
Cada elemento por separado parece pequeño. Juntos pueden fragmentar un hábitat y cambiar profundamente su funcionamiento ecológico.
Para una especie migratoria, por ejemplo, perder una zona aparentemente secundaria de alimentación durante una ruta de miles de kilómetros puede tener consecuencias que no son visibles observando únicamente el recinto ocupado por los módulos.
Cuando tener más plantas verdes no significa recuperar el ecosistema
El estudio introduce además un concepto particularmente interesante: “revegetación inferior”.
Algunas plantas fotovoltaicas incorporaron actuaciones destinadas a recuperar la cubierta vegetal después de las obras. Sobre el papel parece una medida positiva. Incluso puede aumentar la cantidad de vegetación visible.
El problema aparece cuando esa recuperación genera una cubierta vegetal muy homogénea.
Un terreno puede terminar más verde y, paradójicamente, ser ecológicamente más pobre.
La biodiversidad no depende únicamente de cuántas hojas aparecen en una fotografía aérea. Importan la variedad de especies vegetales, su altura, la estructura del paisaje, los insectos presentes, la disponibilidad de semillas, los refugios y las conexiones con otros hábitats.
Un tapiz uniforme de vegetación puede almacenar carbono, sujetar el suelo y reducir la erosión. Eso tiene valor. Pero no reproduce necesariamente las funciones de un pastizal diverso o de un mosaico agrícola utilizado por numerosas especies.
Para las aves, esa diferencia puede ser enorme.
Las aves funcionan como un termómetro del territorio
Los investigadores utilizaron las aves porque constituyen uno de los grupos animales con mejores registros de distribución y abundancia a gran escala gracias, en parte, a décadas de observación científica y ciencia ciudadana.
Además, tienen otra ventaja: reaccionan a numerosos cambios ambientales.
Una disminución de determinadas especies puede reflejar alteraciones en la disponibilidad de insectos, semillas, vegetación, agua o lugares adecuados para reproducirse. Por eso la diversidad de aves puede funcionar como indicador de cambios ecológicos mucho más amplios.
Eso no significa que las aves representen toda la biodiversidad.
Plantas, reptiles, pequeños mamíferos, microorganismos del suelo y comunidades de insectos pueden responder de manera diferente a una planta fotovoltaica. Precisamente por ello, el trabajo abre otra cuestión: evaluar las renovables únicamente mediante unas pocas especies indicadoras puede quedarse corto.
China ya intenta dirigir la fotovoltaica hacia terrenos menos conflictivos
La propia política china ofrece pistas sobre cómo puede evolucionar el sector.
Las normas de ordenación territorial aprobadas durante los últimos años favorecen el desarrollo fotovoltaico en desiertos, zonas de Gobi, terrenos sin utilizar y determinadas áreas degradadas, mientras establecen restricciones para su implantación sobre tierras agrícolas básicas, bosques protegidos y espacios ecológicamente sensibles.
También se han impulsado proyectos que combinan energía solar y lucha contra la desertificación en las extensas regiones áridas del norte y oeste del país.
En 2025 se puso en marcha una planificación específica para el periodo 2025-2030 destinada a coordinar grandes instalaciones fotovoltaicas con actuaciones contra la desertificación en las regiones de desierto, Gobi y zonas áridas del norte de China.
La idea parece lógica: producir electricidad en lugares con excelente recurso solar y reducir al mismo tiempo la presión sobre ecosistemas productivos más complejos.
Pero tampoco conviene asumir que un desierto es un terreno vacío.
Los ecosistemas áridos poseen flora y fauna especializadas y pueden ser extremadamente sensibles a alteraciones del suelo, cambios en el drenaje o nuevas infraestructuras. “Desértico” no significa “sin valor ecológico”.
Por eso la selección debe hacerse parcela a parcela.
Fotovoltaica distribuida: producir más electricidad ocupando menos territorio nuevo
El debate también devuelve protagonismo a una alternativa que no requiere transformar grandes superficies naturales: instalar paneles donde el suelo ya está ocupado.
Cubiertas de viviendas, naves industriales, centros comerciales, almacenes, aparcamientos, estaciones, instalaciones logísticas y otras infraestructuras ofrecen superficies enormes para generar electricidad.
China mantiene oficialmente una estrategia que combina grandes plantas centralizadas y generación distribuida, una combinación que puede resultar especialmente relevante a medida que aumenta la competencia por el territorio.
La fotovoltaica distribuida presenta limitaciones. Los proyectos son más pequeños, están fragmentados y su instalación puede resultar más compleja que construir miles de módulos en una única parcela.
A cambio, aprovecha superficies artificializadas y acerca la generación a los puntos de consumo.
Cada megavatio instalado sobre un tejado industrial es un megavatio que potencialmente reduce la necesidad de buscar nuevas hectáreas de terreno.
Qué impacto puede tener en el medio ambiente
La primera consecuencia del estudio es obligar a mirar más allá de las emisiones de CO₂ evitadas.
Una instalación fotovoltaica puede generar electricidad durante décadas sin quemar carbón, petróleo o gas y contribuir claramente a reducir emisiones. Pero su balance ambiental completo depende también del territorio utilizado.
Entre los impactos que deberían vigilarse aparecen la pérdida y fragmentación de hábitats, los cambios en la vegetación, la alteración del suelo, las molestias durante las obras y la transformación de zonas utilizadas por especies migratorias.
También existen posibles efectos positivos.
En determinados terrenos agrícolas intensivos, una gestión fotovoltaica adecuada puede reducir labores mecánicas, limitar el uso de agroquímicos y permitir recuperar vegetación bajo los módulos. Algunos proyectos pueden incorporar corredores ecológicos, pastoreo controlado o especies vegetales autóctonas.
Ahí está la diferencia entre simplemente cubrir una parcela con paneles y diseñar una planta solar como parte del paisaje.
No existe una receta universal. Un modelo beneficioso en una zona degradada puede resultar perjudicial en un pastizal seminatural de alto valor ecológico.
La agrivoltaica también entra en la ecuación
Otra vía consiste en evitar que producción energética y uso agrícola tengan que competir siempre por la misma superficie.
Los sistemas agrivoltaicos permiten mantener cultivos o pastoreo entre y debajo de estructuras fotovoltaicas. Dependiendo del cultivo, del clima, de la separación entre módulos y del diseño de las estructuras, los paneles pueden modificar la radiación, la temperatura del suelo y la evaporación.
Pero tampoco basta con colocar paneles sobre un cultivo para obtener automáticamente un beneficio ambiental.
Una instalación agrivoltaica mal diseñada puede seguir fragmentando hábitats o perjudicando determinadas especies. La ventaja está en que introduce una idea distinta: una misma hectárea puede desempeñar varias funciones en lugar de dedicarse exclusivamente a producir electricidad.
Esa filosofía será cada vez más importante en regiones donde agricultura, conservación, urbanización y renovables compiten por un recurso limitado: el suelo.
De contar megavatios a medir la calidad ecológica
Durante buena parte de la transición energética, el éxito se ha medido mediante indicadores relativamente sencillos: megavatios instalados, electricidad producida, toneladas de CO₂ evitadas o coste por kilovatio hora.
El nuevo trabajo apunta hacia una planificación más sofisticada.
Dos plantas solares con idéntica potencia pueden tener balances ambientales completamente diferentes dependiendo de dónde se construyan y cómo se gestionen.
Eso obliga a incorporar mapas de biodiversidad, corredores migratorios, conectividad ecológica, calidad del suelo y servicios ecosistémicos antes de elegir los emplazamientos.
La tecnología facilita cada vez más esta tarea. Imágenes de satélite, sistemas de información geográfica, sensores remotos y grandes bases de datos de biodiversidad permiten identificar zonas potencialmente conflictivas mucho antes de comenzar las obras.
El coste de hacerlo durante la fase de planificación suele ser pequeño comparado con intentar reparar posteriormente un ecosistema degradado.

Una advertencia que también afecta a la energía eólica
Aunque la investigación se centra en la fotovoltaica, sus autores consideran que el problema tiene implicaciones para otras infraestructuras renovables.
La energía eólica constituye el ejemplo más evidente.
Aerogeneradores, líneas eléctricas y caminos de acceso pueden interactuar con aves y murciélagos, especialmente cuando coinciden con rutas migratorias o áreas de alimentación.
De nuevo, el emplazamiento puede ser tan importante como la propia tecnología.
Una transición energética realmente madura tendrá que abandonar la idea de que todas las tecnologías bajas en carbono son ambientalmente equivalentes independientemente de dónde se construyan.
El verdadero dilema verde
El estudio describe la situación como un “dilema verde”: una política diseñada para combatir un problema ambiental puede generar presiones sobre otro.
Pero plantearlo como una elección entre energía solar y biodiversidad sería simplificar demasiado.
El cambio climático constituye por sí mismo una amenaza enorme para las aves y para los ecosistemas. Frenar la expansión renovable prolongaría la dependencia de los combustibles fósiles y agravaría muchos de los problemas que se pretende evitar.
La cuestión práctica es otra: cómo desplegar cantidades enormes de energía limpia provocando el menor daño ecológico posible.
Y ahí existen opciones.
Priorizar tejados y superficies artificializadas. Aprovechar terrenos industriales degradados. Evitar hábitats especialmente valiosos. Mantener corredores ecológicos. Restaurar vegetación autóctona. Diseñar vallados permeables para la fauna cuando sea viable. Evaluar los proyectos antes y después de su construcción.
Pequeñas decisiones de diseño repetidas en miles de instalaciones pueden marcar una diferencia considerable.
Más información: Huiming Zhang et al, China’s solar expansion policy reduces bird diversity, Science (2026). DOI: 10.1126/science.aee0747

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