
Investigadores británicos descubren que los abejorros acumulan hasta 7 veces más metales tóxicos que las abejas melíferas.
- 🐝 Hasta 7 veces más metales tóxicos en el polen de los abejorros.
- 🌾 Contaminación detectada en paisajes rurales considerados de bajo riesgo.
- ⚠️ Arsénico, cadmio, plomo y otros metales bajo vigilancia.
- 🌸 Diferencias de alimentación, distancia de vuelo y tipo de nido.
- 🌍 Una nueva señal de alerta sobre la contaminación difusa del territorio.
Los abejorros acumulan hasta siete veces más metales tóxicos que las abejas, incluso en zonas rurales
Los abejorros podrían estar expuestos a una amenaza ambiental mucho menos visible que los pesticidas o la pérdida de hábitat. Una investigación de la Universidad de Cambridge ha comprobado que estos polinizadores pueden recoger hasta siete veces más metales tóxicos en el polen que las abejas melíferas, incluso cuando ambas especies viven y buscan alimento en el mismo entorno.
El hallazgo resulta especialmente preocupante porque las colonias estudiadas se encontraban en Cambridgeshire, una región rural de Inglaterra donde los niveles de contaminación del suelo se consideran relativamente bajos. No había grandes explotaciones mineras ni complejos industriales junto a las colmenas. Aun así, los metales estaban presentes.
Los investigadores analizaron arsénico, cadmio, cromo, cobalto, plomo y estaño tanto en el polen recolectado como en los cuerpos de los insectos. Los resultados mostraron diferencias claras: el polen transportado por los abejorros contenía entre dos y siete veces más metales en la mayoría de los elementos estudiados.
Además, los propios abejorros presentaban aproximadamente tres veces más concentración de metales en sus cuerpos.
No se trata de una exposición capaz de provocar necesariamente una mortalidad inmediata. Ahí está precisamente parte del problema. Las concentraciones bajas y continuadas pueden alterar comportamientos esenciales para la supervivencia de las colonias.
Una contaminación que viaja mucho más lejos de lo que parece
Cuando se habla de contaminación por metales pesados, la imagen habitual remite a chimeneas industriales, antiguas minas, fundiciones o grandes ciudades. La realidad ambiental es bastante más compleja.
Los metales pueden desplazarse a través de partículas atmosféricas, polvo en suspensión, escorrentía, aguas residuales, fertilizantes, productos agrícolas y lodos de depuradora utilizados como enmiendas del suelo.
Una vez depositados en el terreno, algunos permanecen durante décadas. No se degradan como muchos contaminantes orgánicos. Pueden acumularse, cambiar de forma química, ser absorbidos por las raíces y terminar en hojas, flores, néctar o polen.
Así aparece una contaminación difícil de detectar a simple vista.
Un paisaje agrícola puede parecer limpio, productivo y lleno de flores mientras conserva concentraciones de determinados metales procedentes de actividades pasadas o de aportes continuados a baja intensidad.
Los resultados del estudio plantean una cuestión incómoda: las zonas rurales tampoco están aisladas de la contaminación química global.
Los abejorros parecen especialmente vulnerables
La diferencia observada entre abejas melíferas y abejorros probablemente responde a una combinación de comportamiento, anatomía y estrategia de alimentación.
Las abejas melíferas viven habitualmente en colmenas gestionadas o cavidades situadas sobre el suelo. Sus colonias pueden reunir entre 30.000 y 60.000 individuos.
Los abejorros siguen otro modelo. Muchas especies construyen sus nidos bajo tierra, entre restos vegetales o muy cerca del suelo, donde el contacto con partículas contaminadas puede ser mayor.
Sus colonias también son considerablemente más pequeñas: normalmente entre 50 y 500 individuos.
Esta diferencia importa mucho.
Cuando una colonia dispone de decenas de miles de trabajadoras, la pérdida o deterioro de algunos individuos puede ser parcialmente compensada. En una colonia pequeña, la reducción del número de obreras capaces de buscar alimento, cuidar las larvas o mantener el nido puede afectar con mayor rapidez al funcionamiento del conjunto.
Pocas bajas, mucho impacto.
Volar menos distancia también puede aumentar la exposición
Las estrategias de búsqueda de alimento son diferentes.
Las abejas melíferas pueden recorrer distancias de hasta 10 kilómetros desde la colmena. Una población numerosa permite distribuir la búsqueda de néctar y polen entre una gran variedad de flores y territorios.
Los abejorros suelen desplazarse dentro de un radio aproximado de 1,5 kilómetros alrededor del nido.
Esta menor distancia de vuelo puede convertirse en una desventaja cuando existe un foco local de contaminación.
Si las plantas próximas han absorbido determinados metales, las colonias tienen menos posibilidades de diversificar sus fuentes de alimento. La exposición queda mucho más condicionada por lo que ocurre en el entorno inmediato.
También existen diferencias en las preferencias florales.
El tamaño corporal, la longitud de la lengua y las necesidades nutricionales influyen en las especies vegetales visitadas. Algunas plantas absorben y trasladan metales desde el suelo hacia sus tejidos con mayor facilidad que otras.
Por eso, dos especies de abejas que vuelan sobre el mismo paisaje pueden terminar expuestas a cantidades muy diferentes de contaminantes.
El cuerpo peludo de los abejorros puede jugar en su contra
La característica apariencia de los abejorros también podría contribuir al problema.
Sus cuerpos están cubiertos por abundante pelo, una adaptación excelente para recoger y transportar polen entre flores. Desde el punto de vista de la polinización, funciona de maravilla.
Pero esa superficie también puede retener polvo, partículas atmosféricas y pequeños fragmentos de suelo contaminado.
Los metales no tienen que llegar necesariamente al insecto a través del interior de una planta. También pueden depositarse directamente sobre las flores o adherirse al cuerpo durante el vuelo y el contacto con la vegetación.
Parte de esas partículas termina regresando al nido junto con el polen.
Dosis pequeñas, efectos que pueden pasar desapercibidos
La ausencia de mortalidad inmediata no significa ausencia de daño.
Determinados metales pueden afectar al sistema nervioso, la capacidad de aprendizaje, la memoria, la orientación y el comportamiento de búsqueda de alimento de los insectos.
Para una abeja, recordar la ubicación de una fuente de alimento o regresar correctamente al nido no es un detalle menor.
Una pequeña alteración neurológica puede traducirse en vuelos más largos, mayor gasto energético, menor cantidad de alimento transportado y dificultades para mantener las necesidades de la colonia.
La exposición continuada también se ha relacionado en investigaciones anteriores con menor éxito reproductivo, reducción de la descendencia y alteraciones en el desarrollo de las crías.
Son impactos discretos. No dejan necesariamente miles de insectos muertos sobre el terreno. Precisamente por eso pueden permanecer ocultos durante años.
Las abejas como sensores vivos de la contaminación
Las abejas melíferas llevan tiempo utilizándose como bioindicadores ambientales.
Al recorrer grandes superficies y transportar partículas, polen y néctar hasta una ubicación concreta, las colmenas permiten obtener información sobre la presencia de determinados contaminantes en el territorio.
El nuevo estudio introduce un matiz importante: una sola especie puede no representar adecuadamente la exposición de todos los polinizadores.
Los abejorros parecen interactuar con la contaminación de una forma distinta.
Esto abre la puerta a programas de vigilancia ambiental más completos, capaces de analizar varias especies simultáneamente y detectar focos locales que podrían quedar diluidos al estudiar únicamente abejas melíferas.
En áreas agrícolas, periurbanas o próximas a antiguas explotaciones industriales, esta información podría ayudar a identificar zonas donde conviene realizar análisis detallados del suelo y la vegetación.
El problema de los contaminantes que permanecen durante décadas
La contaminación por metales presenta una dificultad añadida frente a otros problemas ambientales: muchos de estos elementos no desaparecen con el tiempo.
El plomo depositado por antiguas actividades industriales, el cadmio incorporado durante años mediante determinados fertilizantes o los metales acumulados alrededor de infraestructuras y carreteras pueden permanecer en los suelos durante periodos muy largos.
Incluso cuando desaparece la fuente original, el legado ambiental continúa.
La Unión Europea ha reforzado en los últimos años la vigilancia sobre la salud del suelo, dentro de una estrategia más amplia para reducir la contaminación y recuperar terrenos degradados. La futura gestión del territorio tendrá que prestar mayor atención a la contaminación difusa, especialmente en espacios agrícolas donde la biodiversidad depende directamente de la calidad del suelo.
Porque un terreno productivo no siempre es un terreno sano.
Plantar flores sigue siendo necesario, pero importa dónde y cómo
Los investigadores recalcan que los resultados no deben utilizarse como argumento para dejar de plantar flores.
Los polinizadores necesitan recursos alimenticios abundantes, diversos y disponibles durante buena parte del año.
Eliminar flores de una zona potencialmente contaminada empeoraría aún más la situación. Las colonias tendrían menos alimento y podrían verse obligadas a recorrer mayores distancias.
La respuesta más razonable pasa por conocer mejor la calidad del suelo y actuar sobre las fuentes de contaminación.
En jardines urbanos, parques, explotaciones agrícolas y proyectos de restauración ecológica conviene priorizar una elevada diversidad vegetal, reducir el uso de productos que incorporen metales al terreno y evitar instalar hábitats para polinizadores en suelos claramente contaminados sin una evaluación previa.
También puede resultar útil mantener zonas de suelo cubiertas con vegetación, reducir la generación de polvo y conservar franjas florales alejadas de carreteras con tráfico intenso o terrenos industriales degradados.
Pequeñas decisiones de diseño pueden reducir la exposición.
Qué impacto puede tener en el medio ambiente
El descenso de los abejorros no afecta únicamente a una especie concreta. Puede modificar el funcionamiento de ecosistemas enteros.
Estos insectos son importantes polinizadores de plantas silvestres y cultivos agrícolas. Algunas especies realizan la llamada polinización por vibración, un comportamiento especialmente eficaz para liberar el polen de determinadas flores.
Tomates, pimientos, arándanos y numerosas plantas silvestres se benefician de esta capacidad.
Si la contaminación reduce la supervivencia, orientación o capacidad reproductiva de los abejorros, también puede disminuir la calidad de la polinización.
Las consecuencias pueden extenderse a la producción de semillas, regeneración de la vegetación, alimentación de aves y otros animales y estabilidad de las cadenas tróficas.
En agricultura, una menor presencia de polinizadores silvestres puede aumentar la dependencia de colmenas comerciales y elevar la vulnerabilidad de los sistemas productivos.
Existe además otro riesgo: que los efectos de los metales se combinen con otras presiones.
Los polinizadores ya afrontan pérdida de hábitat, cambio climático, enfermedades, especies invasoras y exposición a pesticidas. La contaminación por metales añade una carga más a organismos que viven en entornos cada vez más transformados.
La suma importa más que cada problema por separado.
La restauración de suelos puede convertirse en una herramienta para proteger polinizadores
Los resultados también refuerzan la necesidad de conectar las políticas de conservación de insectos con la gestión del suelo.
Hasta ahora, muchas iniciativas destinadas a recuperar poblaciones de polinizadores se han concentrado en aumentar la cantidad de flores disponibles.
Es una medida necesaria, pero puede quedarse corta cuando el terreno está contaminado.
La fitorremediación, basada en el uso de determinadas plantas capaces de absorber, inmovilizar o estabilizar contaminantes, se investiga y utiliza para recuperar suelos degradados. También existen técnicas basadas en la retirada de tierras contaminadas, la incorporación de materiales que reducen la movilidad de los metales y el control de la erosión.
Cada terreno requiere una solución distinta. No hay recetas universales.
La clave está en incorporar la calidad química del suelo a los proyectos de creación de corredores ecológicos, márgenes florales y espacios urbanos para polinizadores.
Más información: Sarah B. Scott, Nynke Blömer, Lynn V. Dicks. Eusocial bee species are exposed to different toxic element profiles despite foraging within the same landscape. Ecological Entomology, 2026; DOI: 10.1111/een.70108



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