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Científicos japoneses descubren que los microplásticos siguen transportando químicos peligrosos incluso después de fragmentarse

11 agosto, 2026 Deja un comentario

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Microplásticos marinos transportan químicos preocupantes: detectan HBCD en concentraciones de hasta 590 µg/g.

  • 🌊 Microplásticos analizados en cinco zonas marinas de Japón.
  • 🧪 Antioxidantes, plastificantes, estabilizadores UV y retardantes de llama.
  • ⚠️ DEHP por encima de 1.000 µg/g en algunas muestras.
  • 🔥 HBCD: entre 110 y 590 µg/g en determinados microplásticos.
  • 🔬 Partículas inferiores a 5 mm, pero con una química nada despreciable.
  • 🔄 Liberación, transformación y captación de contaminantes durante su viaje.
  • 🧩 Fragmentarse no equivale a volverse inocuo.
  • 🌍 Una nueva razón para abordar conjuntamente contaminación plástica y química.

Los microplásticos marinos siguen transportando sustancias químicas preocupantes incluso después de fragmentarse

¿Por qué importa?

El problema de los microplásticos suele explicarse contando partículas: cuántas llegan al océano, dónde aparecen o qué tamaño tienen. Esta investigación añade una dimensión bastante más incómoda. Cada fragmento puede comportarse también como un pequeño vehículo de sustancias químicas, algunas incorporadas originalmente durante la fabricación del plástico y otras captadas posteriormente del medio.

Eso cambia la forma de entender la contaminación. Una botella, una bolsa o una red de pesca que termina desmenuzada por el sol y el oleaje no desaparece realmente. Se transforma en miles de partículas más pequeñas capaces de desplazarse, liberar determinados compuestos y acumular otros durante su recorrido.

El plástico no llega solo al océano

Los polímeros rara vez son materiales químicamente simples. Para conseguir flexibilidad, resistencia al calor, estabilidad frente a la radiación ultravioleta, durabilidad o protección contra el fuego, los fabricantes utilizan diferentes aditivos.

Entre ellos aparecen plastificantes, antioxidantes, retardantes de llama, estabilizadores ultravioleta y otros compuestos funcionales.

El problema comienza cuando el producto abandona el circuito para el que fue diseñado.

Una bolsa perdida, una cuerda, un fragmento de embalaje o una pieza de poliestireno puede permanecer expuesta durante años a radiación solar, cambios de temperatura, abrasión, salinidad y movimiento del agua. Poco a poco pierde sus propiedades mecánicas y se rompe.

Cuando los fragmentos alcanzan tamaños inferiores a 5 mm, entran dentro de la definición habitual de microplástico.

Pero hacerse pequeño no significa hacerse químicamente irrelevante.

Qué encontraron los investigadores en las costas y mares de Japón

El trabajo fue dirigido por Go Suzuki, del Instituto Nacional de Estudios Ambientales de Japón, en colaboración con la Universidad de Ciencias Marinas y Tecnología de Tokio y la Universidad de Nagasaki.

El estudio, publicado en julio de 2026 en Environmental Science & Technology, amplía el análisis más allá de una única playa o tipo de residuo.

Se estudiaron microplásticos flotantes procedentes de la bahía de Tokio, el mar de Genkai, aguas costeras del Pacífico, aguas frente a Hokkaido y zonas costeras del mar de Japón.

También se analizaron residuos plásticos de mayor tamaño recuperados en ambientes costeros, marinos, fluviales y del fondo oceánico. Entre ellos había bolsas, cuerdas, redes y fragmentos rígidos.

Los investigadores identificaron primero los polímeros y posteriormente estudiaron los compuestos químicos extraídos mediante cromatografía de gases y espectrometría de masas.

El resultado dibuja una contaminación bastante más compleja que la simple presencia de plástico.

Tres sustancias ayudan a entender qué ocurre realmente

Entre la diversidad de compuestos encontrados, el equipo prestó especial atención a tres grupos por su frecuencia de detección, concentración y relevancia desde el punto de vista regulatorio: Irgafos 168 y sus productos relacionados, DEHP y HBCD.

Lo interesante es que no se comportan igual.

Cada uno permite observar una ruta distinta mediante la cual un fragmento de plástico puede convertirse en parte activa del transporte ambiental de sustancias químicas.

Irgafos 168: el aditivo que puede salir del propio plástico

Irgafos 168 es un antioxidante utilizado para limitar la degradación oxidativa de polímeros como el polietileno (PE) y el polipropileno (PP).

Los investigadores encontraron diferencias en su distribución y en la de sus productos de oxidación dependiendo tanto del polímero como del tamaño de las partículas.

El patrón observado resulta compatible con un proceso de transformación química y liberación progresiva desde la matriz plástica.

Aquí el microplástico funciona básicamente como una fuente.

El residuo llega al medio ambiente con determinados compuestos incorporados durante su fabricación y, conforme envejece, parte de esa carga puede transformarse o pasar al entorno.

DEHP: cuando el microplástico también recoge contaminación del agua

El comportamiento del DEHP —ftalato de bis(2-etilhexilo)— resulta especialmente interesante.

Se trata de un plastificante utilizado históricamente, sobre todo, para aportar flexibilidad al PVC. El compuesto apareció ampliamente distribuido entre las muestras.

En algunos residuos analizados, las concentraciones superaron los 1.000 µg/g, equivalentes al 0,1 % de la masa.

Pero apareció una pista todavía más reveladora.

En muestras de polietileno y polipropileno, los microplásticos flotantes presentaron concentraciones de DEHP superiores a las observadas en residuos plásticos de mayor tamaño recuperados del fondo marino.

El DEHP no tiene por qué proceder exclusivamente del material original.

Los resultados son compatibles con que una parte presente en agua, materia orgánica o partículas suspendidas termine asociándose a la superficie del microplástico.

Dicho de otra forma: una partícula puede comenzar su viaje con una determinada composición y adquirir nuevos contaminantes por el camino.

HBCD: un contaminante persistente viajando dentro del plástico

El tercer caso resulta especialmente relevante desde el punto de vista ambiental.

El hexabromociclododecano (HBCD) es un retardante de llama bromado utilizado históricamente, entre otras aplicaciones, en materiales de poliestireno expandido.

Su persistencia, capacidad de bioacumulación y potencial de transporte a larga distancia llevaron a su inclusión dentro del marco internacional de control de contaminantes orgánicos persistentes.

Los investigadores encontraron HBCD en microplásticos recogidos en el mar de Genkai, aguas costeras del Pacífico y zonas costeras del mar de Japón, con concentraciones comprendidas entre 110 y 590 µg/g.

En este caso aparece un tercer mecanismo: el compuesto puede permanecer asociado al plástico incluso después de su fragmentación.

El trozo grande se rompe. El contaminante continúa dentro de algunos de sus descendientes microscópicos. Y esas partículas pueden seguir desplazándose con las corrientes.

Un microplástico puede cambiar químicamente durante su viaje

Esta es probablemente una de las conclusiones más útiles del trabajo.

No existe una única relación entre plástico y sustancias químicas.

Pueden producirse, al menos, tres procesos:

Liberación: determinados aditivos abandonan progresivamente la matriz del plástico.

Transformación: el envejecimiento y la oxidación modifican algunos compuestos originales.

Captación: sustancias presentes en el medio pueden asociarse posteriormente a las partículas.

Por tanto, analizar únicamente qué sustancias contenía un producto cuando salió de fábrica ofrece una fotografía incompleta.

Una partícula que ha permanecido años en el océano no tiene necesariamente la misma composición química que el objeto del que procedía.

Y cuanto más se fragmenta el plástico, mayor es su superficie en relación con su masa. Eso modifica las posibilidades de interacción entre el material, el agua, las partículas suspendidas y la materia orgánica.

El problema no termina cuando desaparece la botella de la vista

Hay una paradoja bastante evidente.

La degradación física puede hacer que una playa parezca más limpia porque desaparecen los grandes residuos visibles. Ambientalmente, el material sigue allí.

Una pieza de plástico grande puede terminar convertida en una población enorme de partículas mucho más difíciles de recuperar.

Además, la fragmentación favorece su dispersión.

Investigaciones recientes sobre modelización oceánica apuntan precisamente en esa dirección: incorporar la fragmentación a los modelos mejora la representación del transporte de microplásticos y muestra que las partículas pueden distribuirse tanto horizontalmente como hacia capas oceánicas más profundas.

Por eso retirar residuos antes de que se fragmenten tiene un valor ambiental mucho mayor que esperar a capturar microplásticos una vez dispersos.

Es una diferencia fundamental para diseñar políticas de limpieza marina.

Qué impacto puede tener en el medio ambiente

La primera consecuencia es el aumento potencial de las vías de exposición para los organismos marinos.

Zooplancton, moluscos, crustáceos, peces y otros animales pueden encontrarse con partículas de tamaños muy diferentes. Sin embargo, detectar una sustancia química en un microplástico no demuestra automáticamente que vaya a pasar al organismo ni permite cuantificar por sí solo el daño ecológico.

Esa distinción es importante.

El propio equipo investigador señala como una de las siguientes prioridades determinar qué proporción de estos compuestos puede ser realmente absorbida por los seres vivos y hasta qué punto contribuye a efectos ecológicos.

La preocupación ambiental, por tanto, no procede únicamente de la ingestión física de plástico. También interesa conocer qué compuestos acompañan a esas partículas, cuánto tiempo permanecen asociados a ellas y en qué condiciones pueden liberarse.

En zonas costeras, desembocaduras, puertos o áreas con elevada actividad industrial, esta interacción puede ser particularmente relevante porque convergen residuos plásticos, materia orgánica y diferentes fuentes de contaminación química.

Existe además otra dificultad: una vez fragmentado y disperso, localizar el origen del residuo resulta mucho más complicado. Una red de pesca, un aislamiento de poliestireno o un embalaje pueden dejar una señal química mucho después de haber perdido su forma original.

La regulación empieza a mirar más allá del residuo visible

La investigación llega en un momento en el que la política ambiental europea está ampliando progresivamente su atención sobre los microplásticos.

La restricción europea de microplásticos añadidos intencionadamente, establecida mediante el Reglamento (UE) 2023/2055 dentro de REACH, comenzó a aplicarse el 17 de octubre de 2023. Afecta a partículas sintéticas incorporadas deliberadamente a determinados productos y establece distintos periodos transitorios según su utilización.

Por ejemplo, algunas categorías de cosméticos disponen de plazos que llegan a 2027, 2029 o 2035.

Hay, sin embargo, una diferencia importante respecto al fenómeno observado en Japón.

Una parte enorme de los microplásticos ambientales no se fabrica deliberadamente con ese tamaño. Aparece después, cuando neumáticos, textiles, envases, redes, pinturas u otros productos sufren desgaste o fragmentación.

Ahí está uno de los grandes desafíos regulatorios: controlar el producto inicial no siempre permite anticipar la química del residuo después de años circulando por el medio ambiente.

El tratado mundial sobre plásticos tiene aquí una cuestión pendiente

La dimensión química del plástico también tiene implicaciones internacionales.

Las negociaciones impulsadas por Naciones Unidas para alcanzar un instrumento jurídicamente vinculante contra la contaminación por plásticos han discutido precisamente hasta dónde debe llegar la regulación: producción, diseño, sustancias químicas, productos problemáticos, gestión de residuos y contaminación a lo largo de todo el ciclo de vida.

Las negociaciones celebradas en Ginebra en agosto de 2025 terminaron sin un acuerdo definitivo. Entre los puntos de mayor desacuerdo figuraron el control de la producción y el tratamiento de las sustancias químicas asociadas a los plásticos.

El estudio japonés aporta un argumento científico importante a ese debate: plástico y contaminación química no siempre pueden gestionarse como problemas independientes.

Una sustancia incorporada durante la fabricación puede seguir circulando décadas después, dentro de partículas que ya no se parecen en nada al producto original.

Prevenir antes de fragmentar puede ser mucho más eficaz

Desde el punto de vista de la gestión ambiental, el trabajo también cambia las prioridades.

Capturar microplásticos dispersos por millones de kilómetros cuadrados de océano resulta técnica y económicamente muy difícil. Evitar que el residuo llegue hasta esa fase es bastante más razonable.

Eso implica actuar sobre puntos concretos: pérdidas de pellets industriales, residuos pesqueros, escorrentías urbanas, sistemas de drenaje, aguas residuales, vertidos y gestión deficiente de envases.

También cobra importancia conocer qué aditivos contiene cada material.

Una mejor trazabilidad química permitiría identificar residuos que requieren tratamientos específicos y evitar que plásticos con sustancias especialmente problemáticas entren indiscriminadamente en determinados circuitos de reciclaje.

Porque reciclar más no resuelve por sí mismo la cuestión química. Si materiales antiguos contienen aditivos actualmente restringidos, su reincorporación a nuevos productos exige controles capaces de evitar una circulación involuntaria de sustancias heredadas.

Del diseño del producto al comportamiento de su residuo

Durante décadas, gran parte de la regulación química se ha construido alrededor de una pregunta lógica: ¿qué contiene el producto?

La contaminación plástica obliga a añadir otra: ¿qué ocurre con esas sustancias cuando el producto se convierte en residuo y permanece años en el medio ambiente?

Ese cambio de perspectiva es relevante para el ecodiseño.

Seleccionar materiales únicamente por precio, resistencia o facilidad de procesado puede dejar fuera una variable importante: qué ocurre cuando inevitablemente parte de esos materiales escapa de los sistemas de recogida.

Los futuros plásticos deberían evaluarse considerando durabilidad, reciclabilidad, toxicidad de los aditivos, facilidad de identificación y comportamiento durante su envejecimiento ambiental.

Un material circular de verdad necesita algo más que poder reciclarse técnicamente.

Más información: Marine microplastics carry chemicals of concern from plastic additives even after fragmentation|Nagasaki University

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Publicado en: Contaminación

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