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Investigadores daneses descubren que volver a inundar turberas quemadas podría evitar grandes emisiones de carbono

19 agosto, 2026 Deja un comentario

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Imagen generada por IA

Investigadores daneses descubren que restaurar turberas gravemente afectadas por incendios reduce un 91% las emisiones de metano tras su rehidratación.

  • 🌍 Turberas, gigantes del almacenamiento de carbono.
  • 🔥 Incendios severos, efecto inesperado sobre el metano.
  • 💧 Rehidratación con menores emisiones de gases de efecto invernadero.
  • 🌱 Restauración ecológica con menos conflictos de uso del suelo.
  • 📉 Hasta un 91 % menos de emisiones de metano.
  • 🌏 Mayor potencial en Asia, aunque aplicable a otras regiones.
  • ♻️ Nueva visión sobre paisajes degradados por el fuego.

Restaurar turberas gravemente quemadas podría convertirse en una de las estrategias climáticas más eficaces tras los incendios

Las turberas ocupan una parte muy pequeña de la superficie terrestre, aunque almacenan cerca de una cuarta parte del carbono presente en los suelos del planeta. Durante décadas, el drenaje para agricultura, silvicultura y otros usos ha transformado muchos de estos ecosistemas en importantes emisores de dióxido de carbono. Cuando el nivel freático desciende, la materia orgánica acumulada durante miles de años comienza a descomponerse rápidamente y libera enormes cantidades de carbono a la atmósfera.

La solución más conocida consiste en volver a inundarlas, recuperando las condiciones naturales que frenan esa descomposición. El problema es que este proceso suele disparar las emisiones de metano, un gas de efecto invernadero mucho más potente que el CO₂ a corto plazo. Ese equilibrio entre reducir dióxido de carbono y aumentar metano ha sido uno de los grandes desafíos de la restauración de turberas.

Ahora, una investigación desarrollada por la Universidad de Aarhus (Dinamarca) aporta un giro inesperado. Los científicos comprobaron que las turberas gravemente afectadas por incendios forestales, una vez rehidratadas, apenas generan ese incremento de metano que normalmente acompaña a la restauración.

El fuego intenso cambia completamente la química del suelo

Para comprender el fenómeno, el equipo comparó durante 90 días distintos tipos de suelos de turbera: drenados, rehidratados sin incendios previos, con daños leves por fuego y con incendios de alta intensidad.

Los resultados fueron llamativos.

Las turberas rehidratadas que nunca habían sufrido incendios multiplicaron aproximadamente por 40 sus emisiones de metano respecto a los suelos drenados, un comportamiento bien conocido por la comunidad científica.

Las que habían sufrido incendios leves mostraron una respuesta todavía más intensa. En ellas, la producción de metano fue incluso superior, lo que confirma que un fuego poco intenso puede favorecer temporalmente la actividad de los microorganismos responsables de generar este gas.

Sin embargo, las zonas gravemente quemadas se comportaron de forma completamente distinta. Sus emisiones permanecieron prácticamente iguales que las de los terrenos drenados, con una reducción cercana al 91 % respecto a las turberas rehidratadas que no habían sufrido incendios.

Una transformación que afecta a los microorganismos

El motivo no está únicamente en el agua, sino en la propia estructura del suelo tras un incendio severo.

Las temperaturas extremadamente altas modifican la composición química de la turba, generando formas de carbono mucho más resistentes a la degradación biológica. En otras palabras, los microorganismos encargados de producir metano encuentran un alimento mucho menos accesible.

Además, el incendio altera propiedades como el pH y la conductividad eléctrica del suelo, factores que también reducen la actividad de las arqueas metanogénicas, responsables de fabricar metano en condiciones anaerobias.

Los análisis microbiológicos mostraron igualmente una fuerte disminución del gen mcrA, considerado uno de los principales indicadores de la capacidad de un suelo para producir metano. Esa reducción ayuda a explicar por qué estos ecosistemas restaurados mantienen emisiones tan bajas incluso después de recuperar el agua.

Una oportunidad donde antes solo había degradación

Durante años, las turberas gravemente incendiadas se han considerado espacios muy difíciles de recuperar. Sin embargo, el estudio plantea exactamente lo contrario.

Estas zonas suelen haber perdido gran parte de su valor agrícola, lo que reduce considerablemente los conflictos asociados a su restauración. En muchas regiones, volver a inundar terrenos productivos encuentra oposición porque implica abandonar cultivos o modificar explotaciones agrícolas. En cambio, los terrenos muy degradados generan menos resistencia social y económica.

Ese cambio de perspectiva puede facilitar la puesta en marcha de proyectos de restauración a gran escala, especialmente en países donde las turberas drenadas ocupan extensas superficies destinadas tradicionalmente a la agricultura.

Un problema global que va mucho más allá del norte de Europa

Aunque las turberas suelen asociarse a Escandinavia o Canadá, enormes extensiones se encuentran en Indonesia, Malasia, Rusia, Finlandia, Irlanda, Reino Unido y partes de América del Norte. Muchas de ellas han sufrido incendios cada vez más frecuentes debido al aumento de las sequías relacionadas con el cambio climático.

En Indonesia, por ejemplo, la restauración de turberas se ha convertido en una prioridad nacional tras los devastadores incendios de 2015. Desde entonces, diferentes programas públicos han impulsado el cierre de canales de drenaje y la recuperación del nivel natural del agua para reducir el riesgo de nuevos incendios y disminuir las emisiones de carbono.

En la Unión Europea, la restauración de ecosistemas degradados también ha ganado protagonismo. La entrada en vigor del Reglamento sobre la Restauración de la Naturaleza impulsa la recuperación progresiva de hábitats deteriorados, incluidas numerosas zonas húmedas. Paralelamente, distintos Estados miembros desarrollan proyectos financiados mediante programas LIFE destinados a restaurar turberas y recuperar su capacidad para almacenar carbono.

Restaurar antes de que vuelva a arder

Los investigadores estiman que cada año arden más de 6 millones de hectáreas de turberas en todo el mundo. De ellas, entre 500.000 y 900.000 hectáreas corresponden a terrenos degradados que podrían ser candidatos adecuados para una rehidratación prioritaria.

Si estas áreas se restauraran siguiendo los criterios del estudio, podrían evitarse entre 100.000 y 800.000 toneladas de CO₂ equivalente al año gracias a la reducción de emisiones de metano.

Aunque estas cifras representan una fracción pequeña de las emisiones mundiales, los autores subrayan que el verdadero valor reside en la viabilidad. Actuar sobre terrenos ya degradados resulta mucho más sencillo desde el punto de vista económico, administrativo y social que intervenir sobre explotaciones agrícolas todavía activas.

Además, una turbera restaurada recupera parte de sus funciones naturales: mantiene el agua en el paisaje, reduce el riesgo de incendios futuros, mejora la biodiversidad y contribuye a estabilizar el clima local.

Qué impacto puede tener en el medio ambiente

La recuperación de las turberas incendiadas ofrece beneficios que van mucho más allá de la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero.

Al elevar nuevamente el nivel del agua, disminuye la probabilidad de que la turba vuelva a secarse y se convierta en combustible durante futuras olas de calor. Esto reduce el riesgo de incendios de larga duración, responsables de liberar enormes cantidades de humo y carbono acumulado durante miles de años.

También mejora el funcionamiento hidrológico del territorio. Las turberas actúan como auténticas esponjas naturales capaces de almacenar agua durante los periodos húmedos y liberarla lentamente en épocas secas. Esa capacidad ayuda a amortiguar inundaciones, mantener caudales en ríos y conservar humedales asociados.

Desde el punto de vista de la biodiversidad, estos ecosistemas albergan musgos del género Sphagnum, plantas insectívoras, aves acuáticas y numerosos invertebrados especializados que apenas sobreviven fuera de estos ambientes. Restaurarlos supone recuperar un hábitat muy singular que ha desaparecido en muchas regiones por el drenaje y la transformación del suelo.

Además, cuanto menos se degrada la turba, menor es la necesidad de intervenir continuamente para controlar incendios, emisiones o erosión. En términos de gestión ambiental, prevenir suele resultar mucho más eficaz que reparar daños una y otra vez.

Más información: Severe wildfire legacies suppress methane emissions after peatland rewetting – ScienceDirect

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Publicado en: Medio Ambiente

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