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Investigadores de Stanford pintan techos de blanco para reducir hasta 2,8 °C el calor en viviendas vulnerables

24 agosto, 2026 Deja un comentario

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Stanford prueba una de las soluciones más sencillas contra el calor extremo: pintura blanca en los tejados.

  • 🏠 Techos metálicos pintados de blanco para combatir el calor extremo.
  • 🌡️ Hasta 2,8 °C menos en el interior de las viviendas.
  • 🇮🇩 Prueba piloto en asentamientos informales de Makassar, Indonesia.
  • 👥 Sensores portátiles para medir sueño, frecuencia cardíaca y actividad.
  • ☀️ Menos radiación solar absorbida, menos calor acumulado bajo el tejado.
  • ⚡ Potencial reducción de la necesidad de aire acondicionado.
  • 🌍 Una solución sencilla pensada para comunidades especialmente vulnerables al cambio climático.

Pintar un tejado de blanco para hacerlo menos parecido a una sartén

En Makassar, una importante ciudad industrial del sur de Indonesia, aproximadamente el 40 % de la población vive en asentamientos informales. Muchas de estas viviendas disponen de pocos servicios básicos, carecen de aire acondicionado y soportan habitualmente temperaturas superiores a 32 °C.

Durante los próximos meses, algunas cubiertas de chapa ondulada tendrán un aspecto diferente. Un equipo de la Stanford Doerr School of Sustainability está recubriendo varias decenas de tejados con una pintura blanca de elevada reflectancia solar.

La hipótesis es sencilla. Una cubierta oscura absorbe una parte importante de la radiación solar y posteriormente transmite ese calor hacia el edificio. Una superficie clara y altamente reflectante devuelve una proporción mayor de esa energía hacia el exterior.

En estas viviendas, Stanford estudia reducciones de temperatura interior que podrían alcanzar aproximadamente 2,8 °C. Puede parecer una diferencia pequeña. En una habitación que permanece durante horas cerca de los límites de tolerancia térmica, no lo es.

El proyecto quiere medir algo más importante que la temperatura

Aquí aparece uno de los aspectos más interesantes de la investigación.

Stanford no pretende quedarse en la típica comparación entre un tejado pintado y otro sin pintar. El equipo está proporcionando sensores portátiles a unos 30 voluntarios de Makassar para registrar variables como frecuencia cardíaca, patrones de sueño y movimiento durante el día. Después se compararán los resultados obtenidos entre viviendas tratadas y viviendas sin modificar.

El planteamiento cambia bastante el valor del experimento. Una reducción térmica tiene interés desde el punto de vista de la ingeniería; demostrar que esa reducción mejora el descanso o disminuye el estrés fisiológico puede convertir una simple pintura en una medida de salud pública.

Y eso podría facilitar algo fundamental: justificar inversiones de administraciones, organizaciones humanitarias y entidades sin ánimo de lucro.

El proyecto forma parte del Stanford Sustainability Accelerator y está específicamente orientado a desarrollar, evaluar y estudiar cómo escalar estas intervenciones en comunidades costeras vulnerables de Indonesia. Stanford calcula que el planteamiento podría ser relevante para los aproximadamente 1.100 millones de personas que viven actualmente en asentamientos informales en distintas partes del planeta.

Cuando unos pocos grados afectan al cuerpo humano

El organismo necesita disipar continuamente el calor generado por su propio metabolismo. Con temperaturas elevadas y mucha humedad, la evaporación del sudor pierde eficacia.

A partir de ahí, mantener estable la temperatura corporal exige un esfuerzo creciente.

El corazón, los riñones y otros órganos tienen que trabajar más. Las exposiciones prolongadas pueden agravar enfermedades cardiovasculares, diabetes o asma y, en situaciones extremas, resultar peligrosas incluso para personas jóvenes y aparentemente sanas.

El problema tampoco termina cuando cae el sol.

Una vivienda que ha absorbido radiación durante todo el día puede seguir liberando calor durante horas. Paredes, suelos y cubiertas funcionan entonces como una especie de batería térmica involuntaria.

En climas cálidos y húmedos, abrir las ventanas por la noche no siempre resuelve el problema. Tras varios días consecutivos de temperaturas elevadas, la estructura puede almacenar tanta energía que el interior permanece incómodo incluso cuando la temperatura exterior comienza a descender.

Por eso actuar directamente sobre la cubierta tiene sentido: se intenta impedir que una parte de la energía solar entre en el edificio desde el principio.

Un problema que también está llegando a ciudades poco acostumbradas al calor

La adaptación térmica ya no afecta únicamente a ciudades tropicales.

Stanford señala casos como San Francisco, Londres o París, lugares donde históricamente las temperaturas moderadas hicieron innecesaria la instalación generalizada de aire acondicionado. Buena parte de sus edificios fueron diseñados precisamente para conservar calor, una característica ventajosa durante el invierno que puede volverse problemática durante olas de calor intensas.

El cambio climático está modificando esas condiciones de diseño.

Según los investigadores citados por Stanford, algunas regiones soportan actualmente alrededor de 50 días adicionales de estrés térmico al año respecto a 1950. Además, la frecuencia de las olas de calor en las grandes ciudades estadounidenses ha pasado aproximadamente de dos a seis episodios anuales.

El verano de 2026 vuelve a demostrar que el problema atraviesa fronteras: episodios peligrosos de calor han afectado a zonas de India, América del Sur, América del Norte y Europa.

La arquitectura tendrá que adaptarse a una realidad climática diferente de aquella para la que fue construida buena parte del parque inmobiliario actual.

Menos aire acondicionado también significa menos presión sobre la red eléctrica

Los tejados reflectantes tienen una segunda lectura importante: energía.

Durante una ola de calor, millones de aparatos de aire acondicionado pueden conectarse simultáneamente. La demanda eléctrica alcanza máximos precisamente cuando la infraestructura está sometida a condiciones especialmente difíciles.

Cuando esa demanda adicional obliga a utilizar centrales térmicas de respaldo, aparecen además emisiones y contaminación atmosférica adicionales. Stanford está estudiando conjuntamente estrategias como las cubiertas reflectantes y la ventilación natural para disminuir esa dependencia de la refrigeración mecánica.

No significa que pintar los tejados vaya a sustituir al aire acondicionado en todos los climas. Ni mucho menos.

Su utilidad está en reducir la carga térmica antes de necesitar electricidad para combatirla.

Es la misma lógica que existe detrás del aislamiento, las protecciones solares exteriores, los árboles de sombra, la orientación adecuada de los edificios o la ventilación nocturna: primero evitar que el calor entre; después gastar energía para retirar el que no haya podido evitarse.

La ventilación nocturna puede completar la estrategia

Otro equipo de Stanford está investigando cómo aprovechar las diferencias de temperatura entre el día y la noche.

El principio consiste en introducir aire fresco durante las horas nocturnas y limitar la entrada de aire caliente durante el día. Al enfriarse también paredes, techos y suelos durante la noche, el edificio comienza la jornada siguiente con menor cantidad de calor almacenado.

Según los investigadores, dependiendo de las condiciones, retrasar el uso del aire acondicionado mediante este tipo de estrategias puede generar ahorros energéticos de entre el 10 % y el 30 %.

Incluso se estudian sistemas capaces de avisar al residente de cuál es el mejor momento para abrir o cerrar las ventanas, además de soluciones automatizadas.

La combinación resulta especialmente interesante: cubierta reflectante durante el día y refrigeración natural cuando las condiciones exteriores lo permiten por la noche.

Dos intervenciones relativamente sencillas actuando sobre fases diferentes del ciclo térmico diario.

Los tejados blancos forman parte de una estrategia urbana mucho mayor

Stanford también está estudiando la incorporación de infraestructura verde y azul: árboles, parques, vegetación, estanques y otros elementos capaces de proporcionar sombra y favorecer procesos naturales de refrigeración.

Un ejemplo interesante está en Medellín, Colombia.

Desde 2016, la ciudad ha desarrollado corredores verdes mediante la plantación de cerca de 900.000 árboles y 2,5 millones de plantas en calles, muros y cubiertas. Según los datos recogidos por Stanford, la ciudad comunicó una reducción media de temperatura de aproximadamente 2 °C después de tres años, aunque los efectos a largo plazo continúan estudiándose.

La lección es importante: las ciudades probablemente necesitarán capas de soluciones.

Tejados reflectantes donde resulte apropiado. Árboles para sombrear calles y fachadas. Pavimentos mejor diseñados. Ventilación natural. Aislamiento. Refugios climáticos. Edificios eficientes y sistemas de refrigeración de bajo consumo.

No existe una única tecnología capaz de resolver el calor urbano.

Europa empieza a preparar sus edificios para otro clima

La cuestión ya está entrando también en la regulación energética.

Aproximadamente el 75 % de los edificios de la Unión Europea presenta un rendimiento energético deficiente, mientras que la tasa anual de renovación continúa alrededor del 1 %. La revisión de la Directiva europea sobre eficiencia energética de los edificios busca acelerar esas rehabilitaciones y presta mayor atención a la eficiencia, la refrigeración y la resiliencia frente al cambio climático.

La normativa europea contempla además elementos de refrigeración pasiva, sombreado, automatización, calidad ambiental interior e isla de calor urbana dentro de la evaluación del comportamiento de los edificios.

La dirección parece clara. Preparar las ciudades para temperaturas más altas no dependerá exclusivamente de instalar más equipos de climatización.

También habrá que rediseñar la envolvente de los edificios.

Y ahí una cubierta aparentemente tan humilde como un tejado blanco vuelve a tener sentido.

De unas decenas de casas a una política pública

El experimento de Makassar todavía debe demostrar cuánto mejora realmente la salud de sus habitantes.

Ese detalle es esencial.

Aplicar pintura reflectante sobre millones de viviendas requiere conocer qué formulaciones funcionan, cuánto dura su capacidad reflectante, qué mantenimiento necesitan, en qué climas ofrecen mayores beneficios y qué viviendas deberían recibirlas primero.

Stanford pretende utilizar los resultados de las viviendas estudiadas para desarrollar modelos que permitan estimar los beneficios en grupos mayores. El objetivo final es generar evidencias suficientemente sólidas para orientar programas públicos y financiación.

Ese enfoque podría ser especialmente valioso en barrios donde una rehabilitación energética completa resulta económicamente inviable a corto plazo.

No sustituye al aislamiento ni a una vivienda digna. Puede actuar como una intervención rápida mientras llegan soluciones estructurales mucho más costosas.

Vía Stanford University

Más información: Catherine Gorlé, Urban Fluid Mechanics, Resilience, and Sustainability, Annual Review of Fluid Mechanics (2026). DOI: 10.1146/annurev-fluid-100224-111114

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Publicado en: Arquitectura sostenible, Eficiencia energética

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