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Investigadores españoles descubren el primer metamaterial programable natural en el ojo de una mosca, millones de años antes que la ingeniería

1 julio, 2026 1 comentario

5/5 - (7 votos)
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Un estudio revela que el ojo de Drosophila funciona como el primer metamaterial programable conocido en un ser vivo.

  • 🪰 Primer metamaterial programable en un ser vivo.
  • 🔬 Ojo de la mosca como modelo de ingeniería natural.
  • 🧩 Arquitectura celular con instrucciones en 2D.
  • 🌍 Aplicaciones en medicina, robótica y materiales inteligentes.
  • 🧠 Inspiración biológica para nuevas tecnologías.
  • ♻️ Diseños más eficientes, ligeros y sostenibles.

La naturaleza se adelanta a la ingeniería: descubren el primer metamaterial programable en un ser vivo

Durante décadas, los metamateriales han representado una de las áreas más prometedoras de la ciencia de materiales. Se trata de estructuras cuyas propiedades no dependen únicamente del material con el que están fabricadas, también de la forma en que sus componentes se organizan a escalas muy pequeñas. Gracias a esa arquitectura, pueden adquirir comportamientos que serían imposibles con materiales convencionales.

Entre ellos destacan los metamateriales programables, capaces de transformarse de manera controlada hasta adoptar una forma tridimensional concreta cuando reciben un determinado estímulo. Hasta ahora se pensaba que esta capacidad era fruto exclusivo del diseño humano.

Un estudio publicado en Nature Communications acaba de desmontar esa idea.

Una colaboración científica internacional, liderada por investigadores de la Universidad de Sevilla, el Instituto de Biomedicina de Sevilla (IBiS), el University College London (UCL) y el Centro Andaluz de Biología del Desarrollo (CABD), ha identificado el primer metamaterial natural programable conocido en un organismo vivo: el ojo de la mosca Drosophila melanogaster.

Una pequeña mosca que lleva décadas ayudando a la ciencia

La Drosophila melanogaster, conocida popularmente como mosca del vinagre, ha sido una pieza fundamental en la investigación biológica desde hace más de un siglo. Aunque pueda parecer un organismo muy simple, comparte una gran cantidad de genes relacionados con el desarrollo de tejidos y órganos con los seres humanos.

Por ese motivo se utiliza para comprender cómo las células se comunican, cómo se organizan durante el crecimiento y de qué forma aparecen alteraciones que pueden desembocar en enfermedades. Su ciclo de vida corto y la facilidad para estudiar su genética la convierten en uno de los modelos experimentales más importantes del mundo.

Un plano oculto dentro del ojo

El descubrimiento muestra que, durante el desarrollo del ojo de la mosca, las células forman una malla triangular perfectamente organizada.

Lo realmente sorprendente es que esos triángulos no tienen el mismo tamaño en toda la superficie. Esa variación contiene la información necesaria para que, cuando el tejido recibe una presión interna similar a la que experimenta un globo al inflarse, toda la estructura adopte automáticamente la curvatura tridimensional adecuada.

En otras palabras, la geometría bidimensional ya incorpora el «programa» que determina la forma definitiva del órgano.

Gracias a esa organización, distintas regiones del ojo adquieren características diferentes. Algunas zonas son más planas y proporcionan mayor resolución visual, mientras que otras presentan una curvatura más pronunciada que amplía el campo de visión y facilita la detección de posibles amenazas. Todo ello en un ojo de apenas 0,5 milímetros de diámetro.

Cuando la biología enseña a la ingeniería

La investigación refuerza una tendencia cada vez más presente en la ciencia moderna: la biomimética, una disciplina que busca resolver problemas tecnológicos observando cómo los ha solucionado la evolución durante millones de años.

La naturaleza ya ha inspirado materiales autolimpiables, adhesivos capaces de imitar las patas de los gecos, superficies que reducen la fricción en el agua copiando la piel de los tiburones o estructuras ultraligeras basadas en huesos y panales de abeja.

Este nuevo hallazgo abre una posibilidad todavía más ambiciosa: diseñar materiales que incorporen su propia programación geométrica, igual que ocurre en el ojo de esta diminuta mosca.

No parece ciencia ficción. De hecho, muchos laboratorios trabajan ya en materiales capaces de modificar su forma mediante calor, humedad, campos magnéticos o impulsos eléctricos. Comprender cómo la naturaleza consigue ese comportamiento utilizando únicamente células y fuerzas mecánicas podría acelerar enormemente estos desarrollos.

Aplicaciones que van mucho más allá de la biología

Las implicaciones de este descubrimiento alcanzan numerosos campos tecnológicos.

En medicina regenerativa, conocer cómo un tejido almacena información sobre su forma final puede ayudar a fabricar órganos artificiales o estructuras biológicas más complejas para trasplantes e investigación.

En el ámbito de la robótica blanda, los ingenieros buscan materiales flexibles que cambien de forma sin recurrir a mecanismos rígidos. Una arquitectura inspirada en este metamaterial natural permitiría desarrollar dispositivos más ligeros, resistentes y eficientes.

También resulta especialmente interesante para la fabricación mediante impresión 4D, una evolución de la impresión 3D en la que los objetos modifican su geometría con el tiempo al recibir un estímulo externo. La idea de programar una estructura desde su diseño inicial encaja perfectamente con esta tecnología emergente.

Incluso sectores como la óptica, la aeronáutica o la exploración espacial podrían beneficiarse de superficies que desplieguen automáticamente configuraciones complejas sin necesidad de motores ni sistemas mecánicos adicionales.

Qué impacto puede tener en el medio ambiente

Aunque se trata de una investigación básica, sus posibles aplicaciones encajan muy bien con los objetivos de una economía más sostenible.

Los materiales inspirados en la naturaleza suelen buscar soluciones que reduzcan el consumo de recursos, simplifiquen los procesos de fabricación y aumenten la durabilidad de los productos. Si un componente puede cambiar de forma gracias a su propia arquitectura interna, disminuye la necesidad de incorporar piezas móviles, motores o mecanismos adicionales.

Eso podría traducirse en productos más ligeros, menor consumo de materias primas y una reducción de residuos durante todo su ciclo de vida.

Además, comprender cómo la naturaleza consigue funciones complejas utilizando estructuras extremadamente eficientes puede impulsar diseños industriales que requieran menos energía tanto para fabricarse como para funcionar.

La ciencia sigue descubriendo tecnologías que la evolución ya había inventado

Uno de los aspectos más llamativos del trabajo es que demuestra que conceptos considerados de vanguardia en ingeniería llevan millones de años presentes en organismos vivos.

La evolución no diseña buscando sofisticación tecnológica. Lo hace optimizando recursos, adaptándose poco a poco a las condiciones del entorno. Y, en ocasiones, esas soluciones resultan extraordinariamente avanzadas desde el punto de vista de la ingeniería moderna.

Este descubrimiento recuerda que muchos de los grandes avances tecnológicos del futuro podrían encontrarse observando con más atención los mecanismos que ya funcionan en la naturaleza.

Vía Universidad de Sevilla

Más información: Un metamaterial programable natural controla la curvatura 3D de los ojos compuestos.

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Publicado en: Tecnología verde

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Comentarios

  1. Isidro Miguel dice

    9 julio, 2026 a las 14:03

    Hola..y resulta que ahora se enteran de que las respuestas están en la naturaleza? ..el ser humano inventa para destruir no podemos ‘crear ‘ algo que no exista ya

    Responder

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