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Investigadores surcoreanos convierten desechos de madera en «baterías térmicas» que podrían reducir hasta un 54% el consumo energético en edificios

4 febrero, 2026 1 comentario

4.7/5 - (3 votos)
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Nuevo material de biochar y arcilla desarrollado en Corea del Sur almacena un 223% más energía térmica que compuestos convencionales.

  • Residuos forestales → batería térmica sólida.
  • Calor capturado y liberado sin electricidad directa.
  • Parafina + biocarbón + arcilla natural.
  • Menos aire acondicionado, menos emisiones.
  • Materiales locales, bajo impacto, escalable.

Transformando residuos de madera en una batería térmica

La propuesta va más allá de un simple “material inteligente”. Este tipo de esponja térmica biomineral introduce una lógica circular en la gestión del calor en edificios: lo que antes era un residuo forestal sin valor estructural se convierte en un sistema pasivo de almacenamiento energético capaz de suavizar los picos de temperatura a lo largo del día.

En climas urbanos donde la demanda de refrigeración se dispara al mediodía y cae por la noche, estos compuestos funcionan como un amortiguador térmico. Absorben el exceso de calor cuando la temperatura ambiente supera el punto de fusión de la parafina y lo liberan lentamente cuando el entorno se enfría. El resultado es un interior más estable, menos dependiente del aire acondicionado y con un consumo eléctrico más predecible.

El uso de hexadecano no es casual. Este tipo de parafina tiene un rango de cambio de fase cercano a las temperaturas de confort en interiores, lo que lo hace especialmente útil para integrarse en paneles de fachada, falsos techos o muros interiores sin necesidad de sistemas mecánicos complejos.

Un andamio más ecológico para almacenar calor

La clave técnica está en la arquitectura del soporte. El biocarbón obtenido de residuos de abeto aporta una red de poros microscópicos que actúan como capilares térmicos, mientras que la montmorillonita modificada estabiliza la estructura y mejora la conductividad del conjunto. Esta combinación evita uno de los grandes problemas de los materiales de cambio de fase: las fugas de parafina tras múltiples ciclos de fusión y solidificación.

Frente a los andamios basados en grafeno o nanotubos de carbono, que requieren procesos industriales intensivos y una cadena de suministro compleja, este enfoque apuesta por materias primas abundantes y de bajo impacto ambiental. Madera residual, arcilla natural y tratamientos químicos moderados. Nada exótico, nada difícil de escalar.

Además, el biocarbón tiene una ventaja silenciosa pero potente: retiene carbono en forma sólida durante décadas. Cada metro cuadrado de material instalado en un edificio no solo ayuda a gestionar el calor, también actúa como un pequeño sumidero de carbono integrado en la propia infraestructura urbana.

De laboratorio a edificios reales

El salto del prototipo al uso cotidiano pasa por la integración en sistemas constructivos existentes. Algunas líneas de trabajo ya apuntan a su incorporación en paneles prefabricados de yeso, bloques de hormigón ligero y revestimientos modulares. En este formato, el material puede instalarse sin cambiar los métodos de obra tradicionales, algo clave para su adopción en rehabilitación energética de edificios antiguos.

En Asia oriental y Europa central, donde los programas de renovación térmica de viviendas sociales están en plena expansión, este tipo de soluciones encaja con las políticas de reducción de demanda energética en origen, no solo con la mejora de la eficiencia de los sistemas de climatización.

También hay interés en su aplicación en almacenes agrícolas y centros logísticos. Mantener temperaturas más estables en espacios grandes y mal aislados puede reducir pérdidas de alimentos y la necesidad de refrigeración activa, un punto crítico en la huella de carbono del sector agroalimentario.

Potencial

En un escenario realista, esta tecnología no sustituirá a los sistemas de climatización, pero puede convertirse en su mejor aliada. Integrada en viviendas, escuelas y oficinas, podría reducir de forma constante la demanda de energía en las horas punta, justo cuando las redes eléctricas están más tensionadas.

A medio plazo, su combinación con edificios solares pasivos abre una vía interesante: capturar el calor sobrante durante el día, almacenarlo en muros y techos, y liberarlo por la noche en climas fríos o entre estaciones. Una gestión térmica casi silenciosa, sin motores, sin compresores, sin ruido.

También encaja en modelos de economía local del material. Los residuos de poda, limpieza forestal o industria maderera pueden transformarse en biocarbón cerca del propio lugar de uso, reduciendo transporte, generando empleo local y cerrando ciclos productivos.

No es una solución milagro. Pero como pieza dentro del puzzle de la transición energética, esta “esponja térmica” apunta a algo cada vez más necesario: edificios que no solo consumen menos, sino que aprenden a convivir con el calor y el frío en lugar de combatirlos a golpe de kilovatio.

Más información: springer.com

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Publicado en: Arquitectura sostenible

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Comentarios

  1. Georgina Pérez López dice

    4 febrero, 2026 a las 16:57

    Está bien ahora podrían considerar el diamante como energía natural permanente en empresas. Son inteligentes en innovación de inventos, el ahorro sería muy significativo. Gracias.

    Responder

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