
Google e India apuestan por burbujas de CO₂ para almacenar energía renovable en ausencia de sol o viento.
- Excedentes renovables, sin desperdicio.
- Almacenamiento nocturno y multihora.
- CO₂ como vector energético, no como residuo.
- Infraestructura simple, escalable.
- Alternativa real al litio.
- Redes eléctricas más estables.
Las baterías de burbuja a escala de red estarán pronto en todas partes
Un gran domo blanco, alargado, más grande que un estadio deportivo, rodeado de tanques industriales y placas solares, rompe la horizontalidad del paisaje rural de Ottana, en Cerdeña. Allí comenzó a operar en julio de 2025 una instalación de almacenamiento energético de 20 megavatios desarrollada por Energy Dome. No es una central convencional ni una batería química. Es otra cosa.
En su interior, el sistema alberga 2.000 toneladas de dióxido de carbono. No proceden de chimeneas industriales ni de captura directa del aire. Es CO₂ de grado industrial, suministrado expresamente para permanecer de forma permanente dentro del circuito. Su función no es contaminar, sino almacenar energía renovable cuando sobra y liberarla cuando hace falta.
La empresa milanesa ha bautizado esta tecnología como “batería de CO₂”, un sistema cerrado donde el gas se comprime y se expande cada día, moviendo una turbina capaz de generar 200 megavatios hora, equivalentes a 20 MW durante 10 horas seguidas. A partir de 2026, este mismo diseño empezará a replicarse en distintos continentes.
Literalmente inflar la burbuja lleva apenas medio día. El resto de la instalación se construye en menos de dos años y puede levantarse casi en cualquier lugar con unas 5 hectáreas de terreno llano. Esa flexibilidad es parte de su atractivo.
El primer proyecto fuera de Italia lo impulsará NTPC Limited, uno de los mayores operadores eléctricos de India, en la central de Kudgi, en Karnataka. En Estados Unidos, la empresa pública Alliant Energy ha recibido autorización para iniciar en 2026 una instalación capaz de abastecer a 18.000 hogares.
Y hay otro actor clave que ha puesto el foco en esta tecnología: Google. La compañía planea desplegar estas baterías de CO₂ en ubicaciones estratégicas de Europa, Estados Unidos y Asia-Pacífico para alimentar centros de datos con electricidad limpia las 24 horas, incluso cuando no hay sol ni viento. Es su primera gran apuesta por el almacenamiento energético de larga duración.
Según explica Ainhoa Anda, responsable senior de estrategia energética de Google, el reto no es solo encontrar almacenamiento multihora, sino que funcione igual de bien en climas, redes y regulaciones muy distintas. La estandarización y el carácter modular del sistema inclinan la balanza. En esencia, se conecta y empieza a trabajar.

Explorando nuevas ideas para el almacenamiento de energía de larga duración
Todo este interés gira en torno a un problema bien conocido en la transición energética: cómo almacenar electricidad durante más de 8 horas a escala de red. El llamado almacenamiento de larga duración es clave para aprovechar de verdad la energía solar y eólica.
Cuando el sol y el viento sobran, las renovables producen más electricidad de la que la red puede absorber. Sin almacenamiento, se desperdicia. Con él, se guarda para la noche, para días nublados o para picos de demanda extrema. Además, refuerza la resiliencia del sistema eléctrico.
Las baterías de ion-litio dominan hoy el mercado, pero rara vez superan las 4 a 8 horas de autonomía. Ampliarlas encarece el sistema, acelera la degradación y multiplica la dependencia de minerales críticos. Otras alternativas —sodio, hierro-aire, baterías de flujo de vanadio— avanzan, pero aún lidian con costes, complejidad o financiación.
También se han explorado soluciones más físicas: aire comprimido, calor almacenado en arena, hidrógeno, metanol, agua presurizada bajo tierra o incluso masas suspendidas que se elevan y se dejan caer. Creatividad no falta. Lo difícil es escalar, abaratar y repetir.
La hidroeléctrica de bombeo sigue siendo la referencia: décadas de vida útil y miles de megavatios durante días. Pero exige una orografía muy concreta, grandes superficies y plazos de construcción largos. No es replicable en cualquier sitio.
Aquí es donde las baterías de CO₂ encajan. No requieren montañas ni embalses. No dependen de litio, cobalto o níquel. Utilizan componentes industriales ya existentes, con cadenas de suministro maduras. Su vida útil estimada triplica la de muchas baterías químicas. Y cuanto más grandes son, más baja resulta el coste por kilovatio hora. Según Energy Dome, alrededor de un 30 % más baratas que el ion-litio en aplicaciones equivalentes.
China también se ha movido. China Huadian Corp. y Dongfang Electric Corp. están desarrollando un sistema similar en Xinjiang, con potencias que oscilan, según fuentes, entre 100 y 1.000 MW. Los detalles son escasos, pero la dirección está clara.
¿Por qué Google está invirtiendo en baterías de CO₂?
Dentro del domo de Ottana, cuando el CO₂ está comprimido y almacenado, el espacio queda casi vacío. Una gran membrana blanquecina colapsa sobre el suelo. La cúpula exterior, translúcida, deja pasar la luz y crea una atmósfera suave, casi irreal. No hay vigas. Solo una ligera diferencia de presión mantiene todo en pie. Física básica, bien aplicada.
Fuera, el proceso es puramente industrial. El gas se comprime desde 1 bar hasta 55 bares, se enfría, se condensa en líquido y se almacena en depósitos a presión del tamaño de un autobús escolar. Para descargar, el ciclo se invierte: evaporación, calentamiento, expansión y paso por una turbina que genera electricidad síncrona para la red. Tras unas 10 horas, la energía vuelve a estar disponible.
No hay química compleja. No hay reacciones irreversibles. Pero sí hay optimización: sellados, gestión térmica, almacenamiento de calor. Ahí está el know-how que Energy Dome ha patentado y que permite reducir costes y mejorar la eficiencia.
El uso de CO₂ puro no es casual. El gas capturado de emisiones o del aire contiene humedad e impurezas que degradan el acero. Aquí, el objetivo no es capturar carbono, sino usarlo como fluido de trabajo de forma segura y duradera.
¿Qué ocurre si el domo se perfora?
No todo son ventajas. Estas instalaciones ocupan aproximadamente el doble de superficie que una batería de ion-litio equivalente. Y un domo de decenas de metros de altura no pasa desapercibido. Habrá resistencia local, seguro.
En cuanto a riesgos, el sistema está diseñado para soportar vientos de hasta 160 km/h. Con aviso previo, el CO₂ puede comprimirse y el domo desinflarse. En el peor escenario, una rotura liberaría las 2.000 toneladas de CO₂ a la atmósfera, una cantidad comparable a unas 15 rutas aéreas transatlánticas de largo recorrido. No es inocuo, pero queda muy lejos del impacto continuo de una central de carbón. La zona debería evacuarse temporalmente en un radio de 70 metros. Nada más.
¿Compensa? A juzgar por el interés de eléctricas, tecnológicas y gobiernos, muchos creen que sí.
Potencial
Las baterías de CO₂ pueden convertirse en una pieza clave para redes eléctricas más limpias y predecibles. Encajan especialmente bien en regiones con alta penetración solar y eólica, donde el problema ya no es generar, sino gestionar.
Pueden apoyar la descarbonización de centros de datos, industria pesada y redes aisladas. Facilitan una transición donde las renovables no dependan de soluciones de emergencia fósiles. Y lo hacen con tecnología comprensible, replicable y basada en física conocida.
No es una solución milagro. Pero sí una herramienta sólida. De esas que no hacen ruido, no brillan demasiado, y aun así sostienen el sistema cuando más falta hace. A veces, eso es justo lo que necesita la transición energética.
Más información: Energy Dome



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