
Sequías en Europa hacen que países quemen más combustibles fósiles para mantener la luz, con mayor impacto en salud y clima.
- 🌍 Sequías más frecuentes, menos energía hidroeléctrica.
- ⚡ Dependencia puntual de combustibles fósiles.
- 📈 +180 TWh fósiles en 7 años.
- 🌫️ Más contaminación del aire, impacto directo en salud.
- 💸 Coste social estimado: unos 24.000 millones de euros.
- 🔌 Redes eléctricas poco flexibles ante eventos extremos.
- 🔋 Almacenamiento y gestión de demanda, claves emergentes.
La red eléctrica europea tiene un gran problema con las sequías
Un análisis reciente que abarca 25 países europeos entre 2017 y 2023 pone sobre la mesa una realidad incómoda: cuando falta agua, el sistema eléctrico europeo pierde equilibrio. No es solo que baje la producción hidroeléctrica, es que otras renovables tampoco siempre compensan a tiempo. Y ahí aparece el viejo recurso: quemar más gas, más carbón… lo de siempre.
Durante esos siete años, la generación eléctrica a partir de combustibles fósiles aumentó en 180 TWh, una cifra que equivale aproximadamente al 7% de toda la electricidad generada en la UE en 2022. No es un pequeño ajuste. Es un síntoma.
Y aquí está el problema de fondo: el cambio climático intensifica las sequías, lo que reduce la capacidad renovable en ciertos momentos, lo que obliga a usar más fósiles… que a su vez agravan el cambio climático. Un círculo difícil de romper si no se actúa con decisión.
Grandes emisiones en poco tiempo
El impacto no es solo energético, es climático. Durante los años más secos analizados, el uso adicional de centrales fósiles generó unos 141 millones de toneladas de CO₂ equivalente. Para hacerse una idea, es más que las emisiones anuales de países enteros como Países Bajos en algunos sectores.
No es una tendencia constante, es más bien un pico concentrado en momentos críticos. Pero esos picos importan. Mucho.
Este tipo de episodios revela algo que a menudo se pasa por alto: la transición energética no solo depende de instalar renovables, también de cómo responde el sistema cuando fallan.
Contaminación del aire: el otro impacto invisible
Cuando se activan centrales fósiles, no solo suben las emisiones de CO₂. También lo hacen contaminantes mucho más inmediatos para la salud.
Tres destacan especialmente: dióxido de azufre (SO₂), óxidos de nitrógeno (NOx) y las temidas partículas finas PM2,5.
Estas últimas son especialmente preocupantes. Son tan pequeñas que entran en el torrente sanguíneo al respirar. El dato es claro: aunque representan solo el 4% de los contaminantes emitidos, generan cerca del 20% del impacto total en salud.
No es una cuestión lejana. Es aire que se respira cada día.
Zonas calientes de contaminación
El mapa energético europeo no es homogéneo. Hay regiones donde el impacto es claramente mayor.
Bulgaria, España e Italia aparecen entre los países más afectados por emisiones de partículas finas durante episodios de sequía. No por casualidad. Están en una especie de cruce energético donde confluyen emisiones de lignito del este y carbón del oeste.
El gas natural sigue siendo el combustible más utilizado en estos escenarios, pero no engaña: el carbón y el lignito, aunque menos usados, contaminan muchísimo más. Hasta 130 veces más dióxido de azufre que el gas.
Mientras tanto, países como Francia han mostrado comportamientos distintos, en parte gracias a su mix energético más diversificado.
El coste total de esta contaminación adicional se ha estimado en unos 24.000 millones de euros, considerando impactos sanitarios y ambientales. Una factura que no aparece directamente en la factura eléctrica, pero se paga igual.
Reducir la contaminación y reforzar la seguridad energética
Puede parecer contradictorio, pero la solución no pasa por frenar las renovables, justo lo contrario.
Más renovables, pero mejor integradas.
Europa ya está avanzando en varias líneas interesantes:
Por un lado, interconexiones eléctricas entre países. Proyectos como los cables submarinos entre Noruega, Alemania o Reino Unido permiten mover energía donde hace falta. Si sobra viento en el norte, puede compensar una sequía en el sur.
Por otro, gestión inteligente de la demanda. Algo tan simple como desplazar el consumo en el tiempo empieza a marcar la diferencia. En Noruega, por ejemplo, usuarios de coche eléctrico obtienen descuentos si cargan en momentos de baja demanda.
Y luego están las tecnologías que vienen pisando fuerte:
- Almacenamiento en baterías a gran escala, cada vez más competitivo.
- Hidrógeno verde, como vector para almacenar energía en periodos de exceso renovable.
- Redes eléctricas digitales, capaces de reaccionar en tiempo real.
Nada de esto es ciencia ficción. Está ocurriendo ya, aunque no al ritmo que haría falta.
La realidad de un mundo más cálido
El mensaje de fondo es claro: las sequías van a ser más frecuentes y más intensas. No es una hipótesis, es una tendencia ya observable.
Y eso cambia las reglas del juego.
La energía deja de ser solo una cuestión de producción y pasa a ser también una cuestión de resiliencia del sistema. De anticiparse, de adaptarse.
Además, este problema tiene algo distinto a otros impactos del cambio climático: se nota directamente en el bolsillo. Facturas más altas, precios volátiles, incertidumbre.
Más información: Xiangping Hu et al, Impacts of drought on electricity production, fossil carbon emissions, and air pollution in Europe, Energy Nexus (2026). DOI: 10.1016/j.nexus.2026.100652



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