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Nuevo estudio advierte que los científicos podrían estar sobreestimando los microplásticos por culpa de los guantes de laboratorio, pueden inflar hasta 1.000 veces su presencia

27 marzo, 2026 Deja un comentario

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Imagen: eplisterra – Depositphotos.

Científicos advierten: los guantes de laboratorio podrían estar inflando hasta 1.000 veces las mediciones de microplásticos.

  • Microplásticos en aire, agua, cuerpo humano.
  • Detección compleja — partículas diminutas.
  • Contaminación en laboratorio — problema invisible.
  • Guantes — fuente inesperada de error.
  • Hasta 7.000 partículas/mm² mal identificadas.
  • Datos inflados — riesgo para políticas ambientales.
  • Nuevos protocolos — revisión urgente.

Los microplásticos se han convertido en una de esas palabras que ya suenan familiares, casi cotidianas. Están en todas partes, o al menos eso parecía. Aire, agua, alimentos, incluso en el cuerpo humano. La narrativa ha sido clara: el problema es masivo y creciente.

Pero una investigación reciente introduce un matiz incómodo. No todo lo que se ha medido como microplástico podría serlo realmente.

El reto de medir lo casi invisible

Detectar microplásticos no es sencillo. Se habla de partículas que pueden ir desde unos pocos milímetros hasta tamaños microscópicos inferiores a 5 micras. Es decir, más pequeñas que muchas células humanas.

En ese rango, cualquier error cuenta. Y mucho.

Los laboratorios trabajan bajo protocolos estrictos: evitar plásticos, controlar el aire, usar ropa específica. Aun así, el entorno está tan saturado de materiales sintéticos que la contaminación cruzada es casi inevitable.

Y ahí entra el problema real: cuando lo que se mide no es exactamente lo que se cree que es.

El estudio

Un equipo de químicos de la Universidad de Michigan intentó cuantificar cuántos microplásticos respiraban las personas en exteriores, en función de su entorno.

Se aplicaron todas las precauciones habituales. Nada de plásticos en el laboratorio, cámaras controladas, procedimientos estandarizados. Todo bajo control, en teoría.

Sin embargo, los resultados fueron desconcertantes: niveles hasta 1.000 veces superiores a los reportados en estudios anteriores.

Demasiado altos para ser creíbles. Algo fallaba.

El culpable: los guantes de laboratorio

Tras analizar el proceso paso a paso, apareció un detalle que suele pasar desapercibido: los guantes de laboratorio.

Paradójico. Son un estándar de seguridad, recomendados en prácticamente cualquier protocolo científico.

El problema está en su fabricación. Muchos guantes contienen sales de estearato, compuestos que facilitan su desmolde industrial. Estas partículas se desprenden con el uso y se depositan en superficies y muestras.

A simple vista, nada grave. Pero a nivel químico, la cosa cambia.

Estas sales tienen una estructura muy similar al polietileno, uno de los plásticos más comunes en el entorno. Y aquí es donde se complica todo.

Cuando la ciencia se confunde

Para identificar microplásticos, los investigadores utilizan técnicas como la espectroscopía vibracional, que analiza cómo una partícula interactúa con la luz.

Cada material tiene una especie de “huella química”.

El problema es que el polietileno y las sales de estearato generan señales muy parecidas. En la práctica, el sistema no siempre distingue entre ambos.

Resultado: partículas procedentes de los guantes pueden clasificarse erróneamente como microplásticos.

Y no hablamos de casos puntuales.

¿Qué tan extendido está este error?

El equipo probó distintos tipos de guantes y simuló su uso en condiciones reales de laboratorio.

Los resultados son llamativos: más de 7.000 partículas por milímetro cuadrado podrían ser identificadas erróneamente como microplásticos.

Además, muchas de estas partículas estaban por debajo de 5 micras, el rango más preocupante desde el punto de vista sanitario. Son las que pueden penetrar más fácilmente en tejidos y células.

Esto introduce un sesgo importante. Se podrían estar sobredimensionando los riesgos en ciertos estudios, especialmente aquellos centrados en partículas ultrafinas.

Y esto, a su vez, afecta a cómo se diseñan normativas, evaluaciones de riesgo o estrategias de mitigación.

Avanzando con datos más fiables

La solución no pasa por abandonar la investigación, todo lo contrario. Pasa por afinarla.

El estudio propone varias medidas:

  • Evitar el uso de guantes en análisis de microplásticos cuando sea posible.
  • Utilizar guantes sin estearatos en contextos donde sean imprescindibles.
  • Desarrollar métodos más precisos para diferenciar señales químicas similares.
  • Revisar datos anteriores que podrían estar contaminados.

Es un recordatorio importante: la ciencia es un proceso iterativo. Se corrige, se ajusta, se vuelve más precisa con el tiempo.

Y en un campo relativamente nuevo como el de los microplásticos, estos ajustes son inevitables.

Qué impacto puede tener

A primera vista, podría parecer una buena noticia: menos microplásticos de los que se pensaba.

Pero no es tan simple.

Por un lado, una sobreestimación puede generar alarma social o políticas desproporcionadas. Por otro, una subestimación futura —si se corrige en exceso— podría relajar medidas necesarias.

El equilibrio es delicado.

Además, el hallazgo pone sobre la mesa un problema más amplio: la contaminación invisible en la investigación ambiental. Si no se detecta, se arrastra en cadenas de datos, informes y decisiones.

También obliga a replantear cómo se evalúa la exposición humana. Si las partículas más pequeñas están mal cuantificadas, los modelos de riesgo pueden estar desajustados.

Y hay otra derivada interesante. Este tipo de errores puede afectar a la percepción pública del problema. Si mañana se publican cifras más bajas, habrá quien piense que el problema desaparece. No es así.

Los microplásticos siguen ahí. En menor o mayor cantidad, pero presentes.

Vía umich.edu

Más información: Avoiding and reducing microplastic false positives from dry glove contact – Analytical Methods (RSC Publishing)

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Publicado en: Contaminación

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