
Investigadores de California integran daños al océano en el coste social del carbono y elevan su valor un 91%.
- 💸 El coste social del carbono casi se duplica al incluir los daños al océano: pasa de 51 /ton (+91%).
- 🐠 Los océanos estaban subestimados en los cálculos tradicionales, pese a daños evidentes en arrecifes, pesquerías y costas.
- 🌡️ El calentamiento oceánico altera ecosistemas, reduce oxígeno, cambia la distribución de especies y aumenta tormentas extremas.
- ⚓ Impactos económicos directos: pérdidas en pesca, comercio marítimo y daños a puertos e infraestructura costera.
- 🍽️ Impactos no comerciales: menor disponibilidad de nutrientes esenciales en pescados → efectos en salud pública.
- 🌿 Pérdida de valores intangibles: biodiversidad, recreación, bienestar cultural y existencia de ecosistemas.
- 🏝️ Daños desiguales: islas y economías pequeñas son las más afectadas por su dependencia del mar.
- 📉 Para 2100, se proyectan pérdidas anuales de 1,66 billones de dólares solo en daños de mercado.
- 🧮 El estudio propone el “blue social cost of carbon”, una herramienta para decisiones políticas más realistas.
- 🧑🔬 Investigación interdisciplinaria: expertos en pesquerías, manglares, arrecifes y economía ambiental colaboraron.
El impacto de los océanos casi duplica el coste económico del cambio climático, según un estudio
El impacto del cambio climático en los océanos ha dejado de ser un asunto colateral para convertirse en una pieza central del debate económico y político global. Un estudio liderado por el Scripps Institution of Oceanography, en la Universidad de California en San Diego, ha integrado por primera vez los daños al sistema oceánico dentro del llamado coste social del carbono, una métrica que traduce las emisiones de dióxido de carbono en pérdidas económicas para la sociedad.
La conclusión es incómoda y clara: cuando se contabilizan los efectos sobre los mares —lo que los autores denominan el “coste azul del carbono”—, el precio real de cada tonelada emitida casi se duplica. No se trata solo de números en una hoja de cálculo. Hablamos de arrecifes que pierden su función protectora, de pesquerías que dejan de sostener comunidades enteras y de infraestructuras costeras que se vuelven frágiles frente a mareas extremas y tormentas más energéticas.
Hasta ahora, el océano había quedado en un segundo plano en los modelos económicos del clima, pese a que su degradación afecta directamente a la alimentación, el comercio marítimo, el turismo y la estabilidad de millones de personas que viven cerca de la costa. Ponerle precio a ese daño no es una cuestión técnica. Es una forma de hacerlo visible en los espacios donde se toman decisiones.
El talón de Aquiles del cálculo climático tradicional
El economista ambiental Bernardo Bastien-Olvera, autor principal del estudio, resume el problema con una frase sencilla: lo que no tiene valor de mercado suele quedar fuera del radar político. Muchos de los beneficios que aporta el océano —desde la protección natural frente a temporales hasta el simple disfrute de un ecosistema vivo— no se compran ni se venden. Por eso, durante décadas, han estado ausentes de los grandes modelos de coste-beneficio.
El nuevo enfoque asigna valores monetarios equivalentes a pérdidas que antes solo se describían en términos ecológicos o sociales. No pretende reducir la biodiversidad a una cifra, sino ofrecer una herramienta que dialogue con los lenguajes de la economía pública, la planificación energética y la inversión privada. Un lenguaje que, para bien o para mal, sigue siendo el que abre o cierra presupuestos.
Cómo el CO₂ altera el corazón azul del planeta
Las emisiones humanas no se quedan flotando en la atmósfera. Una parte importante termina absorbida por los océanos, que se calientan y se vuelven más ácidos. Este cambio químico y térmico reduce la capacidad del agua para retener oxígeno, altera las cadenas tróficas y desplaza especies enteras hacia latitudes más frías.
Los efectos se sienten en sistemas clave como los arrecifes de coral, los manglares, las praderas marinas y los bosques de kelp. Estos ecosistemas no solo albergan vida. Funcionan como barreras naturales contra el oleaje, como viveros de peces y como sumideros de carbono. Cuando se degradan, la factura llega en forma de pérdidas pesqueras, erosión costera y mayor exposición de puertos y ciudades a inundaciones.
Calcular lo que el océano aporta a la sociedad
Para construir su modelo, el equipo de investigación combinó valores de mercado —como la caída de ingresos en la pesca o las interrupciones en el comercio marítimo— con aspectos que no suelen aparecer en los balances financieros. Entre ellos, los impactos en la salud derivados de una menor disponibilidad de alimentos marinos o la pérdida de oportunidades recreativas y culturales asociadas al mar.
También incorporaron lo que llaman valores de existencia: el beneficio que las personas obtienen simplemente por saber que un ecosistema sigue ahí, aunque nunca lo visiten. Esa dimensión intangible resulta difícil de medir, pero es central para entender por qué la desaparición de un manglar o de un arrecife genera un malestar social que va más allá de lo económico.
Al introducir estos factores en un modelo económico con distintos escenarios de emisiones, los resultados fueron contundentes. Sin daños oceánicos, el coste social del carbono se sitúa en torno a los 46,5 euros por tonelada de CO₂. Al sumar el componente azul, el valor asciende hasta casi 89 euros por tonelada, un incremento cercano al 90 %.
Llevado a la escala global, con emisiones anuales que superan los 41.600 millones de toneladas, esto implica que solo en un año se generan daños oceánicos valorados en cerca de 1,9 billones de euros. Un coste que, hasta ahora, quedaba fuera de muchas estimaciones oficiales.

Mercado, cultura y nutrición: daños que no se sustituyen
El estudio proyecta que, hacia finales de siglo, las pérdidas asociadas a actividades económicas directas —pesca, comercio, turismo costero— superarán el billón de euros anuales. A esto se suman cientos de miles de millones vinculados a valores culturales y a la merma en la calidad nutricional de los alimentos marinos.
Bastien-Olvera subraya un matiz importante: un euro perdido en ingresos no equivale a un euro perdido en identidad cultural o en salud pública. Estas categorías no se compensan entre sí. Cuando una comunidad costera pierde su relación con el mar, no hay infraestructura nueva que rellene ese vacío.
El “coste azul” como brújula para políticas públicas y empresas
Para la climatóloga Kate Ricke, coautora del trabajo, el coste social del carbono es una herramienta práctica para diseñar políticas ambientales y evaluar riesgos financieros. Gobiernos y empresas la utilizan para decidir si una inversión en energía limpia, adaptación costera o regulación de emisiones tiene sentido económico a largo plazo.
Incorporar el océano en este cálculo cambia las prioridades. Una planta industrial, un puerto o una flota pesquera pueden estimar no solo su huella de carbono directa, sino el daño ampliado que sus emisiones generan en sistemas marinos de los que dependen otras regiones del planeta. Es un giro que conecta la contabilidad climática con la justicia ambiental.
Una carga desigual sobre islas y economías pequeñas
El análisis revela que los impactos no se reparten de forma equitativa. Islas y países con economías costeras frágiles soportan una parte desproporcionada del daño. En muchos de estos lugares, el pescado es la principal fuente de proteínas y micronutrientes como hierro, calcio y ácidos grasos omega‑3.
El calentamiento del océano reduce la disponibilidad de estas especies y, con ello, la calidad nutricional de la dieta. El estudio vincula esta pérdida con un mayor riesgo de enfermedades y mortalidad en poblaciones vulnerables. No es solo una cuestión ambiental. Es un problema de salud pública global.
Qué impacto puede tener en el medio ambiente
Reconocer el coste azul del carbono puede empujar a una protección más decidida de los ecosistemas marinos. Si los manglares, las praderas submarinas y los arrecifes aparecen en los modelos económicos como activos valiosos, aumenta la probabilidad de que reciban financiación para su restauración y conservación.
También puede influir en la planificación costera. Ciudades y puertos que integren este enfoque tenderán a priorizar soluciones basadas en la naturaleza —como la recuperación de humedales o dunas— frente a infraestructuras duras que a menudo trasladan el problema a otros tramos de costa.
Vía ucsd.edu
Más información: Accounting for ocean impacts nearly doubles the social cost of carbon | Nature Climate Change



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