
Rocas volcánicas del Atlántico Sur actúan como esponjas geológicas, atrapando CO2 marino durante 60 millones de años.
- Carbono atrapado durante millones de años.
- Rocas oceánicas como sumideros naturales.
- Procesos lentos, decisivos, silenciosos.
- Brechas volcánicas: porosidad, química, estabilidad.
- Relevancia climática en escalas geológicas.
- Implicaciones para entender el CO₂ del pasado.
Cómo el océano retiene carbono durante millones de años
Las investigaciones recientes en el Atlántico Sur han puesto luz sobre un mecanismo climático tan silencioso como determinante. Muestras de roca de unos 60 millones de años, extraídas a varios kilómetros bajo el fondo marino, muestran cómo enormes acumulaciones de lava fragmentada pueden retener dióxido de carbono durante periodos que escapan a cualquier escala humana. No es un proceso visible ni inmediato; opera despacio, casi a escondidas, pero tiene un peso enorme en el equilibrio del planeta.
Un equipo internacional liderado por la Universidad de Southampton analizó antiguas lavas oceánicas para entender cómo la geología submarina participa en el ciclo profundo del carbono. Sus resultados revelan que los escombros volcánicos que se acumulan en los flancos de montes submarinos funcionan como un almacén natural de CO₂, gracias a su estructura extremadamente porosa.
Cómo los escombros de lava atrapan carbono
Estas acumulaciones, conocidas como brechas volcánicas, se comportan como auténticas esponjas minerales. A lo largo de millones de años, el agua del mar se filtra entre los huecos del material fracturado. En ese recorrido lento, la química hace su trabajo: ciertos iones del agua reaccionan con la roca y favorecen la formación de minerales carbonatados que sellan el CO₂ dentro de la piedra.
La investigadora Rosalind Coggon, responsable principal del estudio, explica que se sabía desde hace tiempo que los montes submarinos generan grandes volúmenes de material suelto, similar a los canchales que aparecen en las laderas de las montañas continentales. Lo novedoso es haber recuperado por primera vez núcleos completos de esta brecha tras haber pasado decenas de millones de años viajando con la placa oceánica. Una oportunidad única para observar cómo evoluciona este tipo de depósito a lo largo del tiempo.
Los núcleos revelaron algo llamativo: la porosidad extrema de estas brechas favorece la circulación de agua y, con ella, el sellado gradual del CO₂ en forma de carbonatos. Es una arquitectura perfecta para almacenar carbono sin colapsar.
El ciclo profundo del carbono
El ciclo profundo del carbono regula el clima terrestre a largo plazo. En las dorsales oceánicas, el movimiento de las placas genera nueva corteza volcánica y libera CO₂ desde el interior del planeta hacia el océano y la atmósfera. Sin embargo, esa misma corteza, cuando se aleja de la dorsal y se enfría, comienza a actuar como un filtro químico.
El agua marina penetra por las fracturas de la roca recién formada, reacciona con los minerales del basalto y precipita carbonatos que quedan atrapados en el interior. Con el paso del tiempo, ese dióxido de carbono deja de circular por la superficie y pasa a formar parte del registro geológico.
Al perforar el fondo oceánico del Atlántico Sur, el equipo encontró zonas donde ese filtro estaba funcionando a pleno rendimiento. Las brechas volcánicas contenían mucha más cantidad de carbono que los basaltos intactos. Su estructura abierta multiplica las oportunidades de reacción.
Los escombros de lava superan a la roca sólida
El basalto macizo también es capaz de retener CO₂, pero lo hace más despacio. Su superficie interna es limitada y los fluidos tardan más en acceder a zonas frescas donde puedan iniciarse las reacciones. Las brechas volcánicas, en cambio, nacen ya fragmentadas, con una multitud de huecos y recovecos donde el agua se mueve casi sin resistencia.
Los nuevos datos confirman lo que la intuición geológica sugería. En algunos casos, estas brechas almacenan entre dos y cuarenta veces más carbono que las lavas compactas analizadas en estudios previos. Un salto notable que obliga a revisar cuánto CO₂ puede quedar fijado en la corteza oceánica a lo largo de su vida.
El papel climático oculto de la corteza terrestre
La corteza oceánica siempre ha sido considerada un sumidero de carbono, pero hasta ahora no se había reconocido la importancia de estas capas fragmentadas. Como las brechas se forman cada vez que un volcán submarino crece y se desmorona, su presencia es mucho más común de lo que se pensaba. Y su capacidad de almacenamiento podría contribuir de forma significativa al presupuesto global de carbono a escala geológica.
Este descubrimiento no ofrece una solución rápida a la crisis climática actual. Los procesos implicados avanzan al ritmo de la tectónica y la mineralización, muy por debajo de las escalas humanas. Sin embargo, mejora nuestra comprensión de cómo el planeta ha logrado estabilizar el clima en épocas pasadas y cuál ha sido el papel silencioso de los océanos en ese equilibrio.
También aporta información crucial para reconstruir antiguos niveles de CO₂ atmosférico, fundamental para evaluar la sensibilidad climática de la Tierra y entender cómo responde el sistema terrestre a cambios sostenidos.
Una ventana bajo las olas
La obtención de estos núcleos no fue sencilla. El equipo perforó depósitos formados en una dorsal oceánica ya desaparecida y transportados lentamente a través del océano por la placa en movimiento. Esa travesía geológica convirtió a estas rocas en un archivo continuo, donde queda registrada la interacción entre los fluidos marinos y la corteza a lo largo de millones de años.
Al combinar geología del fondo marino, química de carbonatos y dinámica de fluidos, el estudio aporta una pieza clave para entender el rompecabezas climático del tiempo profundo. Un recordatorio de que, bajo el agua, existen procesos que trabajan sin descanso. Aunque nadie los vea.
Potencial
El hallazgo abre nuevas vías para diseñar estrategias de almacenamiento de carbono basadas en procesos naturales. Algunas ideas realistas:
- Inspirar tecnologías de mineralización rápida: aprovechar formaciones basálticas en tierra firme para fijar CO₂ en pocos años, no en millones, apoyándose en lo aprendido de las brechas oceánicas.
- Mejorar la planificación climática: integrar el papel de la corteza oceánica en modelos globales que permitan prever con mayor precisión la evolución del CO₂ atmosférico.
- Impulsar políticas de protección geológica marina: conservar montes submarinos y dorsales, no solo por su biodiversidad, sino por el papel que juegan en el ciclo profundo del carbono.
- Reforzar la investigación en geoquímica oceánica: entender mejor cómo evolucionan estos depósitos puede ayudar a optimizar estrategias de mitigación que no dependan exclusivamente de la ingeniería.
El océano no solo regula el clima mediante corrientes, hielo o absorción directa de CO₂. También lo hace desde abajo, desde la corteza. Y conocer ese papel oculto es esencial para imaginar un futuro más equilibrado.
Vía Ancient rocks reveal themselves as ‘carbon sponges’
Más información: A geological carbon cycle sink hosted by ocean crust talus breccias | Nature Geoscience



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