
Operation Blue Skies probará en 10.000 vuelos al año cómo la IA puede evitar estelas que calientan el clima.
- ✈️ Más de 1.000 vuelos diarios en la zona de pruebas.
- 🤖 Inteligencia artificial para anticipar dónde aparecerán estelas persistentes.
- ↕️ Pequeños cambios de altitud en vuelos comerciales.
- 🌍 Área responsable de alrededor del 5 % del calentamiento mundial asociado a las estelas.
- 📅 Ensayo de 30 meses, con inicio previsto en noviembre de 2026.
- 💷 Presupuesto de 5 millones de libras.
- 🔬 Resultados sometidos a verificación científica independiente.
Reino Unido y Google probarán IA para reducir las estelas de los aviones sobre el Atlántico
Esas líneas blancas no son tan inocuas como parecen
Las estelas de condensación, conocidas habitualmente como contrails, aparecen cuando los gases calientes y húmedos expulsados por los motores de un avión se encuentran con el aire extremadamente frío de las capas altas de la atmósfera.
El vapor de agua se condensa y congela alrededor de diminutas partículas, entre ellas las procedentes del hollín generado durante la combustión. El resultado son los conocidos trazos blancos que quedan detrás de muchos aviones.
El problema climático aparece especialmente cuando esas estelas no desaparecen rápidamente.
En determinadas condiciones de temperatura y humedad pueden mantenerse durante horas y extenderse hasta formar nubes artificiales de gran superficie. Estas formaciones reflejan una parte de la radiación solar entrante, pero también dificultan que la radiación infrarroja emitida por la Tierra escape hacia el espacio.
El balance medio puede producir un efecto neto de calentamiento.
No todas las estelas tienen el mismo impacto. Una que desaparece en pocos minutos no puede compararse con otra que permanece durante horas. Tampoco importa únicamente dónde vuela un avión: la hora, la humedad, la temperatura y las condiciones atmosféricas a la altitud de crucero cambian radicalmente el resultado.
Ahí aparece una oportunidad poco habitual dentro de la política climática: evitar el problema antes de que se forme.
La IA buscará las zonas de la atmósfera que conviene esquivar
Operation Blue Skies comenzará sus operaciones en noviembre de 2026 y tendrá una duración prevista de 30 meses.
El escenario elegido es el espacio aéreo oceánico de Shanwick, situado sobre la parte oriental del Atlántico Norte y gestionado por NATS. Es uno de los grandes corredores utilizados por los vuelos que conectan Europa con Norteamérica.
Por esta región pasan más de 1.000 vuelos diarios y se estima que concentra aproximadamente el 5 % del calentamiento global provocado por las estelas de condensación.
La escala importa. Hasta ahora se había demostrado que modificar determinados vuelos podía reducir la formación de estelas. La cuestión pendiente era comprobar qué ocurre cuando esa idea se integra en la gestión cotidiana de una región atravesada por cientos de aeronaves.

No se trata de dar grandes rodeos
El principio de funcionamiento es relativamente sencillo.
Los modelos meteorológicos y las herramientas basadas en inteligencia artificial identificarán con antelación las capas atmosféricas donde existe mayor probabilidad de producir estelas persistentes.
Con esa información, los controladores podrán recomendar pequeñas modificaciones de altitud para que determinados aviones atraviesen una capa diferente.
No todos los vuelos tendrán que cambiar su trayectoria. Tampoco se pretende eliminar cualquier estela visible.
La estrategia consiste en actuar de forma selectiva sobre los vuelos y regiones atmosféricas con mayor potencial de calentamiento. Esto resulta fundamental porque modificar innecesariamente una ruta puede incrementar el consumo de combustible y, por tanto, las emisiones de CO₂.
La clave está en conseguir que el beneficio climático de evitar la estela sea mucho mayor que el pequeño coste energético asociado a la maniobra.
Los experimentos anteriores ofrecen una pista importante
La estrategia ya cuenta con evidencia experimental.
Un ensayo controlado publicado en Communications Engineering estudió vuelos comerciales que modificaron su trayectoria vertical utilizando predicciones obtenidas mediante modelos físicos y aprendizaje automático.
Los vuelos intervenidos presentaron un 64 % menos de estelas observadas que los vuelos utilizados como control. La contrapartida fue un incremento medio del consumo de combustible de alrededor del 2 % en los vuelos que realizaron el ajuste.
Este matiz es importante. Evitar estelas no equivale automáticamente a reducir el impacto climático: hay que contabilizar también el CO₂ adicional generado por cualquier modificación de trayectoria.
Investigaciones posteriores han reforzado la idea de que la relación puede seguir siendo favorable. Un estudio publicado en 2026 en Nature Communications concluyó que, bajo una amplia variedad de escenarios, la reducción del calentamiento conseguida evitando estelas puede superar ampliamente el calentamiento adicional derivado del combustible consumido durante los desvíos.
No es una carta blanca para modificar rutas indiscriminadamente. Más bien lo contrario: muestra por qué hacen falta buenos pronósticos y una selección muy precisa de los vuelos.
Un laboratorio de más de 1.000 vuelos diarios
El salto que propone Operation Blue Skies está precisamente aquí.
La prueba ya no pretende responder únicamente a la pregunta de si un avión puede evitar una estela. Busca averiguar si todo el sistema de gestión del tráfico aéreo puede incorporar esta variable climática sin comprometer la seguridad ni deteriorar significativamente la eficiencia de las operaciones.
Se realizarán dos grandes ensayos operativos durante los meses de invierno, cuando las condiciones resultan especialmente apropiadas para estudiar el fenómeno. Las ventanas de experimentación tendrán una duración aproximada de 20 a 40 días.
Controladores, pilotos, meteorólogos, investigadores y sistemas informáticos tendrán que trabajar de manera coordinada. Un pronóstico perfecto que llegue demasiado tarde sirve de poco. También una recomendación climáticamente óptima que interfiera con las separaciones de seguridad, las reservas de combustible o la organización del tráfico.
Es justo esa complejidad lo que convierte el proyecto en algo más interesante que otro experimento de laboratorio.
Cinco millones de libras para comprobar si puede escalarse
El programa cuenta con un presupuesto aproximado de 5 millones de libras.
El Departamento de Transporte británico aporta 2,65 millones de libras, mientras que Google UK contribuye con alrededor de 1,4 millones de libras, además de capacidad relacionada con inteligencia artificial e infraestructura informática.
También participa la oficina meteorológica británica, Met Office, que aprovechará los datos obtenidos para desarrollar un nuevo sistema británico de predicción de estelas.
La evaluación científica tendrá otro componente importante: investigadores del Imperial College London y de la Universidad de Cambridge analizarán independientemente los resultados.
No bastará, por tanto, con demostrar que desaparecen líneas blancas del cielo. Tendrán que cuantificarse el combustible adicional, las estelas realmente evitadas, su duración potencial y el beneficio climático neto.
El reto está en predecir una atmósfera que cambia constantemente
Aquí está probablemente uno de los mayores obstáculos.
Las regiones favorables a las estelas pueden ser relativamente pequeñas y evolucionar con rapidez. Una ligera diferencia en humedad o temperatura a varios kilómetros de altura puede determinar que un avión genere una estela persistente o que esta desaparezca poco después.
Los modelos meteorológicos tampoco conocen con absoluta precisión la humedad de cada capa atmosférica en cada instante.
Por eso la inteligencia artificial puede resultar especialmente útil. Puede combinar grandes cantidades de información meteorológica, datos de vuelo, observaciones por satélite y resultados históricos para mejorar las predicciones.
Aun así, habrá falsos positivos. Algún avión podría cambiar de altitud para evitar una estela que finalmente no se habría formado. También ocurrirá lo contrario.
Operation Blue Skies tendrá que determinar si el sistema es suficientemente preciso para que el balance global siga mereciendo la pena.
Europa ya empieza a contabilizar lo que ocurre más allá del CO₂
El ensayo británico llega en un momento especialmente interesante para la regulación europea.
Desde enero de 2025, la Unión Europea ha introducido un sistema de seguimiento, notificación y verificación de los efectos climáticos de la aviación distintos del CO₂. Entre ellos aparecen los óxidos de nitrógeno, partículas, vapor de agua y estelas de condensación.
Durante 2025 y 2026 las obligaciones se aplican a un ámbito reducido de rutas, mientras que está previsto ampliar el sistema a todos los vuelos afectados a partir de 2027.
La Comisión Europea deberá evaluar los resultados antes de finalizar 2027 y estudiar posibles medidas regulatorias adicionales.
Esto cambia bastante el escenario. Durante décadas, buena parte de la política climática aplicada a los aviones se ha concentrado en las toneladas de CO₂ emitidas. Ahora empieza a considerarse también dónde, cuándo y bajo qué condiciones atmosféricas se producen esas emisiones.
Dos vuelos que consuman prácticamente la misma cantidad de queroseno pueden tener impactos climáticos diferentes.
Una nueva variable para decidir por dónde debe volar un avión
Hasta ahora, la planificación de rutas aéreas ha intentado equilibrar principalmente seguridad, duración, combustible, meteorología, congestión y costes.
La variable climática podría empezar a entrar en esa ecuación.
Un sistema futuro podría calcular simultáneamente el consumo previsto, las condiciones atmosféricas y la probabilidad de generar una estela persistente. En lugar de escoger simplemente la trayectoria que consume menos combustible, podría seleccionar la que produzca menor impacto climático total dentro de unos límites operativos y económicos razonables.
Investigaciones sobre planificación climáticamente optimizada de vuelos europeos ya apuntan en esa dirección. En determinados escenarios, pequeñas modificaciones aplicadas únicamente a una fracción de los vuelos pueden ofrecer reducciones climáticas relevantes con incrementos modestos de los costes operativos.
Ese enfoque también evita un error frecuente: pensar que todos los vuelos necesitan ser modificados.
La oportunidad está precisamente en localizar el pequeño porcentaje de operaciones que genera una parte desproporcionada del calentamiento asociado a las estelas y concentrar allí los cambios.

También habrá que decidir quién paga
Si evitar una región atmosférica implica consumir algo más de combustible, aparece una cuestión inevitable.
¿Debe asumirlo la aerolínea? ¿Debe incorporarse a la gestión obligatoria del tráfico aéreo? ¿Puede contabilizarse dentro de los objetivos climáticos del sector?
Todavía no existe una respuesta universal.
También habrá que desarrollar metodologías verificables para calcular cuánto calentamiento se ha evitado realmente. Sin ellas, sería difícil convertir estas actuaciones en políticas públicas, incentivos económicos o requisitos regulatorios.
La prueba del Atlántico puede resultar especialmente útil precisamente porque generará datos obtenidos dentro de operaciones comerciales reales, no únicamente simulaciones.
No sustituirá al combustible sostenible ni a los aviones más eficientes
La reducción de estelas funciona mejor entendida como una pieza adicional dentro de una estrategia más amplia.
La aviación seguirá necesitando aviones más eficientes, combustibles sostenibles, combustibles sintéticos producidos con electricidad renovable, mejoras operativas y, donde sea técnicamente posible, electrificación o hidrógeno.
También habrá rutas donde el ferrocarril pueda sustituir desplazamientos aéreos de corta distancia.
Evitar estelas aborda otro frente: el impacto climático no relacionado directamente con las toneladas de CO₂.
Y tiene una característica poco habitual. Gran parte de la infraestructura necesaria ya existe. Los aviones pueden cambiar de nivel de vuelo, los controladores gestionan continuamente esas modificaciones y las previsiones meteorológicas forman parte de las operaciones diarias.
Lo nuevo consiste en añadir información climática suficientemente precisa para tomar mejores decisiones.
Más información: Google and UK Government launch AI contrail avoidance trial

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