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Una granja totalmente automatizada en Noruega cultiva lechugas que duran hasta 12 semanas para reducir el desperdicio alimentario

12 octubre, 2026 Deja un comentario

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Desde la semilla hasta el envasado, un robot puede ahora cultivar alimentos durante todo el año.

  • 🥬 Hasta 12 semanas de conservación: frente a las 2-4 semanas habituales que señala el equipo investigador.
  • 🤖 Producción totalmente automatizada: los robots realizan la siembra, el cultivo, la cosecha y el envasado sin manipulación humana directa.
  • 🌱 Cultivo vertical sin tierra: las plantas crecen en estanterías de varios niveles, con sus raíces alimentadas mediante agua y nutrientes.
  • ⏱️ Cosechas en poco más de dos semanas: las variedades de crecimiento más rápido alcanzan el punto de recolección en ese plazo.
  • 🌍 Producción durante todo el año: la instalación funciona independientemente de las estaciones y busca reducir la dependencia de las importaciones.
  • ♻️ Menos alimentos desechados: la mayor vida útil proporciona más margen para distribuir, vender y consumir las hortalizas.

En Noruega, una instalación agrícola está demostrando que es posible producir lechugas durante todo el año sin que nadie tenga que tocarlas durante su cultivo y envasado. La granja utiliza robots, sistemas de cultivo vertical y condiciones ambientales controladas para automatizar todo el proceso, desde la siembra hasta el empaquetado. Una de sus principales ventajas es que las lechugas y hierbas aromáticas pueden conservarse hasta 12 semanas, lo que abre nuevas posibilidades para reducir el desperdicio alimentario en supermercados y hogares.

Una granja cerca de Oslo donde los robots hacen prácticamente todo

La instalación se encuentra en Gardermoen, cerca del aeropuerto de Oslo, y está gestionada por Himmelgrønt AS, una iniciativa conjunta de la cadena de supermercados Coop Norge y la empresa tecnológica Avisomo.

La planta comenzó a funcionar en otoño de 2025 y sus primeras lechugas llegaron a los supermercados durante la primavera de 2026.

Lo que diferencia a este proyecto de otros sistemas de agricultura vertical es su grado de automatización. Mientras que muchas explotaciones interiores todavía necesitan trabajadores para trasplantar, revisar, recolectar o empaquetar las hortalizas, en esta instalación todas esas operaciones forman parte de un proceso automatizado.

El centro noruego de investigación SINTEF ha estudiado el funcionamiento de esta tecnología y las posibilidades de extenderla a otras explotaciones agrícolas del país.

Según explica el investigador Ottar Bakås, las lechugas no necesitan entrar en contacto con las manos de una persona durante ninguna de las etapas que van desde la siembra hasta el envasado.

La ubicación también forma parte de la estrategia. Al estar cerca de un importante centro logístico, las hortalizas pueden distribuirse rápidamente a los establecimientos de Coop repartidos por Noruega.

Cómo funciona el sistema de cultivo vertical automatizado

El proceso combina hidroponía, robótica y control ambiental dentro de un espacio cerrado.

Las plantas no crecen sobre suelo agrícola convencional, sino en estructuras de varios niveles que permiten aprovechar la superficie disponible en altura.

De una semilla a una lechuga lista para vender

El ciclo comienza cuando el sistema coloca una semilla en una unidad de cultivo. Conforme germina, las raíces se desarrollan hacia abajo y reciben agua con los nutrientes necesarios, mientras la parte aérea crece por encima del soporte.

A partir de ese momento, los sistemas automáticos regulan las condiciones de crecimiento.

La iluminación, el aire y el suministro de agua se ajustan para mantener un entorno favorable para las plantas. De esta manera, la producción no depende de las horas de sol disponibles ni de las temperaturas exteriores.

Las variedades de lechuga más rápidas pueden estar listas para recolectarse en algo más de dos semanas.

Una vez alcanzado el desarrollo adecuado, los equipos automatizados realizan la cosecha y el envasado. Al tratarse de un entorno protegido, el sistema evita la exposición habitual a insectos y otras condiciones exteriores que pueden afectar a los cultivos.

El resultado es una cadena de producción que puede funcionar de forma continua, con condiciones mucho más estables que las de una explotación agrícola al aire libre.

Lechugas que pueden conservarse hasta 12 semanas

Uno de los resultados más interesantes del proyecto no está relacionado con la velocidad de crecimiento, sino con lo que sucede después de la cosecha.

Según los investigadores de SINTEF, este modelo de producción permite ampliar la vida útil de lechugas y hierbas aromáticas desde las 2-4 semanas habituales hasta un máximo de 12 semanas.

Esta mejora está relacionada con el entorno controlado y la ausencia de manipulación humana directa durante el proceso productivo, que contribuyen a reducir determinadas fuentes de contaminación y deterioro.

Para los supermercados, disponer de más tiempo antes de que las hortalizas pierdan calidad representa una ventaja importante.

Las verduras de hoja son productos especialmente perecederos. Su deterioro obliga a los establecimientos a ajustar continuamente las existencias y retirar aquellas unidades que ya no reúnen las condiciones adecuadas para su venta.

Si el producto mantiene sus características durante más tiempo, se amplía el margen para organizar la distribución, gestionar los inventarios y venderlo antes de que se estropee.

También puede beneficiar al consumidor, que dispone de más tiempo para utilizarlo después de comprarlo.

No obstante, las 12 semanas deben interpretarse como una vida útil máxima comunicada para este sistema, no como una garantía para cualquier lechuga. La conservación real dependerá del producto, su presentación y las condiciones de almacenamiento.

Además, SINTEF no publica en esta comunicación un porcentaje medido de reducción del desperdicio alimentario. La mayor duración es un resultado relevante, pero todavía no permite cuantificar cuántas toneladas de alimentos se evitará desechar.

Producir alimentos durante todo el año en un país con inviernos largos

Noruega presenta condiciones especialmente exigentes para determinados cultivos hortícolas.

Las bajas temperaturas, la limitada radiación solar invernal y la corta temporada de crecimiento dificultan mantener una producción constante de algunas verduras frescas al aire libre.

La agricultura vertical permite superar parte de estas limitaciones al trasladar el cultivo a instalaciones donde las condiciones ambientales se mantienen artificialmente.

La producción puede programarse durante los doce meses del año, sin depender directamente de las estaciones.

Esto ofrece dos ventajas importantes para el sistema alimentario noruego.

Por una parte, permite incrementar la producción nacional de determinadas hortalizas que, de otro modo, tendrían que importarse durante parte del año.

Por otra, facilita planificar las cosechas en función de la demanda de los supermercados, reduciendo los desajustes entre lo que se produce y lo que realmente se necesita.

Los investigadores también destacan su importancia para la seguridad alimentaria. Noruega depende de suministros internacionales para numerosos productos y las interrupciones del transporte o del comercio pueden afectar a su disponibilidad.

Disponer de instalaciones capaces de producir alimentos localmente durante todo el año contribuiría a diversificar las fuentes de abastecimiento.

El gran desafío: cuánta electricidad necesita producir cada lechuga

Aunque la agricultura vertical presenta ventajas importantes, su sostenibilidad no puede evaluarse únicamente por la cantidad de agua, suelo o alimentos que permite ahorrar.

El consumo energético es uno de sus principales desafíos.

A diferencia de la agricultura tradicional, las plantas cultivadas en interiores necesitan iluminación artificial. También es necesario mantener las condiciones de temperatura, humedad y circulación del aire dentro de unos intervalos adecuados.

Todo ello requiere electricidad.

En países como Noruega, donde existe una elevada participación de la energía hidroeléctrica en el sistema eléctrico, estas instalaciones pueden beneficiarse de un suministro con una intensidad de carbono relativamente baja.

Sin embargo, eso no significa que cualquier granja vertical tenga automáticamente una menor huella ambiental que un cultivo convencional.

Para comprobarlo sería necesario conocer, entre otros parámetros:

  • El consumo eléctrico por kilogramo de lechuga comercializable.
  • La cantidad de agua y nutrientes utilizados.
  • Las emisiones asociadas a la fabricación y funcionamiento de los equipos.
  • El transporte y la refrigeración necesarios hasta el consumidor.
  • La reducción efectiva de las pérdidas alimentarias.

La publicación de SINTEF no proporciona datos suficientes para realizar esa comparación ambiental completa.

Por tanto, el principal resultado demostrado en esta experiencia es la viabilidad de automatizar la producción y prolongar la conservación de las hortalizas, mientras que su balance energético y económico deberá evaluarse con información adicional.

La automatización también puede transformar el trabajo agrícola

La falta de trabajadores disponibles para determinadas tareas agrícolas es otro de los problemas que los investigadores consideran relevantes.

La recolección, el movimiento de plantas y otras operaciones repetitivas requieren mano de obra y pueden implicar esfuerzos físicos importantes.

Automatizar estos trabajos permite reducir la necesidad de intervención humana directa y desplazar parte de las funciones hacia la supervisión, el mantenimiento y la gestión de los sistemas productivos.

SINTEF considera que esto podría mejorar las condiciones laborales y hacer más atractivo el trabajo en las explotaciones hortícolas.

No obstante, la automatización completa no será necesariamente la solución más adecuada para todos los productores.

El equipo investigador visitó otras cuatro explotaciones noruegas que combinan equipos automáticos con trabajo manual.

Sus conclusiones apuntan a que cada instalación necesita un grado de automatización adaptado a su tamaño, sus cultivos y su capacidad de inversión.

Una de las líneas que consideran prometedoras consiste en desarrollar máquinas capaces de realizar varias tareas diferentes, evitando que cada fase del cultivo requiera un equipo especializado.

También destacan la importancia de alcanzar un volumen de producción suficiente para amortizar las inversiones.

¿Podría utilizarse para cultivar tomates, fresas o pepinos?

Aunque la instalación de Gardermoen está centrada en lechugas, la tecnología de cultivo en ambiente controlado también puede aplicarse a otras hortalizas y frutas.

Los investigadores mencionan cultivos como tomates, pepinos y frutos rojos.

Sin embargo, trasladar el mismo nivel de automatización a estas especies supone nuevos desafíos.

Una lechuga presenta un ciclo relativamente corto y puede cosecharse de una sola vez. En cambio, los tomates y las fresas necesitan cuidados específicos y pueden producir frutos durante periodos prolongados.

La identificación del punto de maduración, la manipulación de frutos delicados y determinadas labores de mantenimiento de las plantas requieren sistemas robóticos más complejos.

Por eso, la automatización de las lechugas constituye un paso importante, pero no demuestra que todos los cultivos puedan producirse con la misma facilidad ni con los mismos costes.

¿Por qué importa esta innovación?

El interés de esta granja noruega va más allá de sustituir trabajadores por robots.

Su principal aportación consiste en conectar varias fases de la cadena alimentaria que normalmente se analizan por separado: producción, manipulación, conservación y distribución.

Una hortaliza que puede cultivarse rápidamente, durante todo el año y con una vida útil más prolongada ofrece oportunidades para reducir las pérdidas desde su origen hasta el momento del consumo.

La posibilidad de conservar las lechugas hasta 12 semanas es especialmente relevante porque el desperdicio alimentario no depende únicamente de cuánto se produce, sino también de cuánto tiempo permanece aprovechable lo que ya se ha cultivado.

El siguiente paso será comprobar si este modelo puede ampliarse a otras instalaciones manteniendo unos costes competitivos y un consumo energético razonable.

Si consigue superar esas barreras, la agricultura vertical automatizada podría convertirse en un complemento de la producción agrícola convencional, especialmente en regiones con condiciones climáticas difíciles o una elevada dependencia de las importaciones.

Vía From seed to packaging, a robot can now grow food year-round

Más información: avisomo.com

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Publicado en: Agricultura ecológica, Tecnología verde

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