
Estudio de la Universidad de Alaska Fairbanks revela que los incendios en el Ártico superan cualquier registro de los últimos 3.000 años.
- Incendios árticos, récord milenario.
- Suelos más secos, permafrost en retroceso.
- Matorral leñoso, nuevo combustible.
- Fuegos más calientes, señales alteradas.
- Carbono del suelo, liberación masiva.
- Riesgo global, más allá de Alaska.
Alaska arde como no lo había hecho en al menos 3.000 años. No es una metáfora ni una exageración periodística: es la lectura que emerge al combinar registros satelitales recientes con archivos naturales mucho más antiguos, ocultos bajo los pies, en forma de turba y suelos orgánicos. Lo inquietante no es solo la frecuencia de los incendios, sino el cambio profundo del sistema que los hace posibles.
Alaska arde como nunca antes
Los incendios forestales en el Ártico de Alaska han superado cualquier referencia conocida de los últimos tres milenios. Durante siglos, el frío persistente y los suelos saturados de agua actuaron como un freno natural al fuego. Ese equilibrio se ha roto.
El aumento de temperaturas, unido a veranos más largos y secos, ha inaugurado una nueva era de inflamabilidad en la tundra. Ya no se trata de episodios puntuales, sino de un patrón emergente, coherente con un Ártico que se calienta varias veces más rápido que la media global.
Historia del fuego en Alaska
Bajo la tundra del norte de Alaska se acumulan capas de turba formadas por restos vegetales parcialmente descompuestos. En ellas quedan atrapadas diminutas partículas de carbón vegetal, una especie de archivo natural de los incendios pasados.
El análisis de núcleos de suelo extraídos a lo largo de la Dalton Highway muestra algo claro: durante casi dos mil años, los incendios fueron raros y espaciados, incluso en periodos ligeramente más secos alrededor del año 1000. Tras un breve repunte, el fuego volvió a desaparecer durante siglos.
Ese silencio se rompe de forma abrupta a partir de mediados del siglo XX. A partir de 1950, las señales de incendio aumentan de manera sostenida, alineándose con el calentamiento acelerado del Ártico. No es una oscilación natural más; es un cambio de régimen.
Por qué se están secando los suelos
El calentamiento no solo eleva la temperatura del aire. También altera la estructura del suelo. El permafrost, que mantiene el terreno congelado al menos dos años consecutivos, empieza a descongelarse. Cuando eso ocurre, el agua que antes quedaba retenida en las capas superficiales se filtra a mayor profundidad.
El resultado es una paradoja peligrosa: regiones frías, pero con superficies cada vez más secas. A mediados del siglo XX, muchas zonas de turba alcanzaron niveles de sequedad extrema. Poco después, la actividad de incendios se disparó. Una chispa, un rayo, una brasa transportada por el viento… ahora basta.
El papel clave de los arbustos
La tundra ya no es tan abierta como antes. El aumento de temperaturas favorece la expansión de arbustos leñosos, especialmente especies de la familia del brezo, adaptadas a condiciones más templadas.
Este proceso, conocido como “arbustización”, transforma paisajes dominados por musgos y hierbas en mosaicos más densos y combustibles. Más biomasa aérea significa más material seco disponible para arder. Los registros del suelo muestran que la expansión de estos arbustos coincide en el tiempo con el aumento de incendios.
En veranos cálidos y secos, el fuego encuentra ahora caminos continuos por donde avanzar, algo impensable hace solo unas décadas.
Los satélites confirman el cambio
Los datos modernos respaldan lo que cuentan los suelos. Desde finales de los años sesenta, los satélites registran incendios frecuentes en la vertiente norte de Alaska, con picos claros en los años noventa y en las décadas posteriores.
Aunque estas observaciones cubren solo unas pocas décadas, permiten validar el registro milenario de la turba y poner en contexto lo excepcional del momento actual. Sin esa referencia larga, el presente podría parecer “normal”. No lo es.
Cuando los incendios arden con más intensidad
Curiosamente, algunos de los incendios más extensos dejan menos rastro de carbón en el suelo. No porque sean menos importantes, sino porque arden con mayor intensidad. El calor extremo puede consumir casi por completo la vegetación, transformándola en cenizas finas en lugar de fragmentos de carbón reconocibles.
Esto apunta a un segundo cambio preocupante: no solo hay más incendios, sino incendios más calientes, capaces incluso de borrar parte de su propia huella histórica. A largo plazo, esto podría hacer que el problema real quede subestimado en los registros futuros.
El carbono oculto bajo tierra
El Ártico almacena enormes cantidades de carbono en sus suelos. Durante siglos, la baja temperatura ha mantenido ese carbono fuera de la atmósfera. Cuando la turba arde, ese almacén se abre de golpe.
Un solo incendio en 2007, en la región del río Anaktuvuk, liberó miles de millones de kilos de carbono. Y no fue un incendio forestal clásico: gran parte del fuego avanzó lentamente bajo tierra, en forma de combustión latente, durante días.
Cada nuevo incendio convierte al Ártico de sumidero en fuente de emisiones, alimentando un bucle de retroalimentación climática difícil de frenar.
Riesgos más allá de la tundra
El impacto no se queda en el norte. El humo de estos incendios puede viajar cientos de kilómetros, degradando la calidad del aire en regiones muy alejadas. Las partículas finas afectan a la salud humana, incluso en zonas sin fuego directo.
Además, tras el incendio, el suelo ennegrecido absorbe más radiación solar. Se calienta más. Se descongela antes. El verano siguiente empieza con desventaja. El terreno queda preparado para volver a arder.
En zonas remotas, las estrategias de extinción son limitadas. A menudo se prioriza la protección de infraestructuras críticas y se deja que el fuego siga su curso. Una decisión pragmática, pero con consecuencias acumulativas.
El futuro de los incendios en Alaska
Los registros largos permiten abandonar la idea de que los incendios árticos son rarezas excepcionales. La planificación territorial empieza a asumir que habrá temporadas de incendios regulares en regiones donde antes no se contemplaban.
El cruce de datos históricos del suelo con mapas actuales de humedad y vegetación permite identificar áreas especialmente vulnerables. Monitorizar la sequedad del suelo y la expansión de arbustos puede ayudar a anticipar riesgos, reforzar la vigilancia en periodos de tormentas eléctricas y proteger enclaves clave.
Aun así, ninguna estrategia local puede sustituir a la medida de fondo: reducir las emisiones globales de gases de efecto invernadero. Sin eso, el secado progresivo del Ártico continuará.
Más información: BG – Fire activity in the northern Arctic tundra now exceeds late Holocene levels, driven by increasing dryness and shrub expansion



Monica Gejer dice
Que estamos haciendo para que aumente la temperatura global?
Consumo, industria sin control, tala, mega ciudades, parques de energia fotovoltaica?
Seguimos, antes de girar unos grados en el aire estaremos extinguido exitosamente