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Científicos descubren que la recuperación tras un colapso repentino del permafrost oscila entre 10 años y un siglo

6 abril, 2026 Deja un comentario

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Permafrost derritiéndose. Imagen: R. Vickers Shutterstock

Investigadores explican por qué la vegetación tarda décadas en volver tras el colapso del suelo helado en el Ártico.

  • Colapso súbito del permafrost.
  • Pérdida de vegetación y carbono del suelo.
  • Recuperación variable: 10 años – 100 años.
  • Influencia clave: productividad fotosintética.
  • Regiones frías → recuperación lenta.
  • Arbustos leñosos → colonización rápida.
  • Impacto directo en el ciclo del carbono.
  • Incertidumbre climática creciente.

Recuperación tras el colapso del permafrost: de una década a un siglo

En algunas regiones del Ártico, el paisaje puede volver a reverdecer en apenas diez años tras un colapso del permafrost. En otras, el proceso se alarga durante décadas, incluso más de un siglo. Esa diferencia no es aleatoria: responde a la capacidad de las plantas para captar energía solar y transformarla en biomasa, lo que los científicos llaman productividad primaria bruta.

El estudio pone cifras y contexto a un fenómeno que hasta ahora se intuía, pero no se podía cuantificar con precisión. Y eso cambia bastante el tablero. Porque entender cuánto tarda en recuperarse un ecosistema no es solo una cuestión ecológica, también es una pieza clave para anticipar cómo evolucionará el clima en las próximas décadas.

Foto de Fred Zwicky

Qué ocurre cuando el permafrost colapsa

El permafrost —ese suelo permanentemente congelado que almacena enormes cantidades de carbono— no se derrite de forma uniforme. A veces colapsa de golpe, generando lo que se conoce como deslizamientos de descongelación retrogresiva.

El resultado es bastante agresivo: el terreno pierde estabilidad, se hunde, se desplaza… y con él desaparece gran parte de la vegetación. No queda mucho en pie. Se liberan además reservas de carbono almacenadas durante miles de años, lo que puede intensificar el calentamiento global.

Este tipo de eventos ya afecta aproximadamente al 5% del permafrost mundial, una superficie cercana a los 905.000 km². Y lo preocupante es que su frecuencia está aumentando a medida que suben las temperaturas en el Ártico, una de las regiones que más rápido se calienta del planeta.

Imagen: Anna Derkacheva Shutterstock

Cómo vuelve la vida: el papel de la vegetación

La recuperación no consiste simplemente en que vuelvan a crecer plantas. Es un proceso más complejo. Primero llegan especies oportunistas, rápidas, resistentes. Después, con el tiempo, el ecosistema puede ir ganando diversidad… o quedarse estancado en una versión simplificada.

Aquí entra en juego un detalle importante: no todos los ecosistemas recuperan su estado original. En muchos casos, las nuevas comunidades vegetales son diferentes a las anteriores. Más homogéneas, menos diversas.

Los arbustos leñosos, como los sauces, juegan un papel destacado. Son capaces de colonizar rápidamente suelos alterados y, en cierta forma, “sellar” el terreno. Esto ayuda a reducir nuevas pérdidas de carbono del suelo y, además, incrementa la captura de CO₂ atmosférico.

No es una solución milagrosa, claro. Pero sí una pieza más dentro del equilibrio.

Foto de Fred Zwicky

Por qué unas zonas se recuperan antes que otras

El factor determinante es la energía disponible para la fotosíntesis. En regiones del bajo Ártico, donde las temperaturas son algo más suaves y la temporada de crecimiento es más larga, la vegetación responde rápido. En apenas una década puede observarse una recuperación notable.

En cambio, en el alto Ártico o en zonas de gran altitud, las condiciones son mucho más duras. Menos luz útil, temperaturas más bajas, suelos más pobres. Todo ralentiza el proceso. Ahí la recuperación puede extenderse hasta los 100 años.

Este patrón permite algo muy valioso: predecir el tiempo de recuperación de un ecosistema tras un colapso del permafrost. Y eso tiene implicaciones directas en los modelos climáticos, que dependen en gran medida de cómo se comporta el carbono en la biosfera.

Tecnología y observación: cómo se ha estudiado este fenómeno

El trabajo combina décadas de datos satelitales con observaciones de campo y vuelos con drones. A través de señales en el espectro rojo e infrarrojo cercano, los investigadores han podido estimar la actividad fotosintética de la vegetación a lo largo del tiempo.

Este tipo de análisis encaja con una tendencia creciente: el uso de teledetección avanzada y ciencia de datos para monitorizar ecosistemas en tiempo casi real. Programas europeos como Copernicus o iniciativas globales de observación terrestre están ampliando estas capacidades, lo que permitirá seguir la evolución del permafrost con mayor precisión en los próximos años.

Qué impacto puede tener en el medio ambiente

El colapso del permafrost representa uno de los puntos críticos del sistema climático. No solo por la pérdida de suelo o vegetación, que ya es significativa, sino por lo que libera.

El carbono atrapado en estos suelos —en forma de materia orgánica congelada— puede transformarse en CO₂ o metano, dos gases de efecto invernadero con gran capacidad de calentamiento. Cuando se liberan, alimentan un bucle difícil de frenar: más calor → más deshielo → más emisiones.

La recuperación de la vegetación introduce un matiz interesante. En ciertos casos, especialmente donde dominan especies leñosas, se produce una mayor captación de carbono. Esto puede compensar parcialmente las emisiones generadas por el deshielo.

Pero el balance sigue siendo delicado. La velocidad a la que se libera carbono suele superar la capacidad de las plantas para absorberlo. Y ahí está el problema de fondo.

Además, los cambios en la vegetación afectan al albedo del suelo (la cantidad de luz solar que refleja), a la humedad del terreno y a la biodiversidad local. Es decir, no se trata solo de carbono. Es todo un sistema reconfigurándose.

Vía University of Illinois at Urbana-Champaign

Más información: Vegetation recovery following retrogressive thaw slumps across northern tundra regions, Nature Climate Change (2026). DOI: 10.1038/s41558-026-02603-2

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Publicado en: Medio Ambiente

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