
En este experimento, los calzoncillos funcionan como una especie de “sensor biológico” barato y visual para comparar cómo distintos usos y manejos del terreno afectan al suelo.
- 🩲 Más de 2.000 prendas de algodón enterradas.
- 👥 1.000 participantes por toda Suiza.
- 🍵 12.000 bolsas de té como referencia adicional.
- 🗺️ Cerca de 1.000 puntos de muestreo.
- ⏱️ Dos meses bajo tierra.
- 🌱 Uso del suelo, factor decisivo.
- 🦠 Jardines particulares, mayor actividad biológica.
- 🌾 Praderas y cultivos, valores intermedios.
- 🏡 Céspedes, menor descomposición.
- 🔬 Un experimento sencillo convertido en ciencia ciudadana.
2.000 calzoncillos enterrados durante dos meses revelan qué ocurre realmente bajo nuestros pies
¿Por qué importa?
El suelo parece inerte cuando se observa desde arriba. En realidad, constituye un ecosistema donde hongos, bacterias, lombrices y multitud de pequeños organismos procesan materia orgánica, reciclan nutrientes y modifican la estructura del terreno.
El experimento suizo consigue hacer visible una parte de esa actividad sin recurrir a instrumentos sofisticados. Y deja una conclusión bastante incómoda: la forma en que se utiliza y gestiona un terreno puede cambiar considerablemente la vida que alberga bajo la superficie.
Enterrar ropa interior para estudiar un ecosistema invisible
La idea parece una broma, aunque detrás existe un experimento científico de una escala poco habitual.
En 2021, investigadores de la Universidad de Zúrich y Agroscope, el centro federal suizo de investigación agraria, pusieron en marcha el proyecto de ciencia ciudadana Proof by Underpants.
Unos 1.000 voluntarios distribuidos por Suiza enterraron 2.000 prendas de ropa interior de algodón orgánico y 12.000 bolsas de té en jardines, campos agrícolas, praderas y céspedes.
La elección del algodón tenía sentido. Su principal componente es la celulosa, una sustancia orgánica que numerosos microorganismos del suelo pueden degradar.
Todas las prendas utilizadas estaban estandarizadas: eran del mismo producto y estaban fabricadas en algodón orgánico, salvo costuras y cinturilla, compuestas por materiales sintéticos. De esta forma se reducía una fuente importante de variabilidad.
Tras permanecer enterradas, las prendas se recuperaron, fotografiaron, secaron y analizaron. Los participantes también enviaron muestras de tierra e información sobre el manejo de cada parcela.

Cuanto menos calzoncillo quedaba, más actividad había bajo tierra
El principio es fácil de visualizar.
Un suelo con una comunidad activa de organismos descomponedores puede procesar la celulosa con mayor rapidez. Por eso, el porcentaje de algodón desaparecido funciona como indicador indirecto de actividad biológica.
Los resultados fueron bastante claros.
Considerando el conjunto del experimento, la descomposición media pasó de aproximadamente el 10,1 % después de un mes al 50,45 % después de dos meses.
Pero las diferencias entre terrenos fueron considerables.
Los jardines privados presentaron la mayor actividad biológica. En ellos desapareció alrededor del 58 % del algodón en dos meses. También eran los terrenos con mayores concentraciones de carbono orgánico y nutrientes.
En el extremo contrario aparecieron los céspedes, donde la degradación se situó alrededor del 40 %. Cultivos y praderas quedaron en posiciones intermedias.
No fue una simple cuestión geográfica. El análisis estadístico identificó el uso del suelo como el predictor más importante de la descomposición, por delante de numerosos parámetros químicos y ambientales.

El jardín doméstico escondía una sorpresa
A primera vista podría parecer extraño que un jardín particular supere en actividad biológica a determinados terrenos agrícolas o praderas.
Hay una explicación razonable.
Muchos jardines reciben compost, restos vegetales y otros aportes orgánicos, además de riego y una diversidad considerable de plantas. Todo ello proporciona alimento y condiciones favorables para bacterias, hongos y fauna del suelo.
Los resultados anteriores del proyecto ya habían apuntado hacia un protagonista fundamental: el humus. Los terrenos con más materia orgánica mostraban una descomposición más intensa y, además, una mayor capacidad para soportar periodos secos.
Aquí aparece una conexión directa con prácticas como el compostaje doméstico o determinados enfoques de agricultura regenerativa. Incorporar materia orgánica no consiste únicamente en “abonar” una planta. Puede modificar la estructura física del suelo, su capacidad para almacenar agua y el hábitat disponible para sus microorganismos.

Pero una prenda muy degradada no significa automáticamente un suelo perfecto
Este matiz resulta especialmente importante.
El denominado “índice de la ropa interior” mide fundamentalmente descomposición y, por extensión, ofrece información sobre la actividad biológica. No sustituye un análisis completo de salud del suelo.
Un terreno puede mostrar una elevada descomposición y presentar, al mismo tiempo, problemas de contaminación, erosión, salinidad, compactación o desequilibrios de nutrientes.
Incluso una actividad descomponedora extremadamente elevada no tiene por qué ser deseable en todos los ecosistemas. Cuando la materia orgánica se mineraliza demasiado deprisa, parte del carbono almacenado puede terminar regresando a la atmósfera en forma de CO₂.
El propio estudio muestra otra limitación: las variables analizadas explicaron aproximadamente el 16,5 % de la variación observada en el índice después de dos meses. Queda, por tanto, una parte importante condicionada por factores que este tipo de prueba sencilla no captura completamente.
Ahí está precisamente su valor y también su frontera. Sirve como termómetro aproximado de la actividad biológica, no como diagnóstico médico completo del suelo.
Qué impacto puede tener en el medio ambiente
El experimento no propone llenar los campos de ropa interior. Su aportación ambiental está en demostrar de manera comprensible algo que suele permanecer oculto: la biodiversidad subterránea responde a cómo se maneja la superficie.
Esto tiene consecuencias que van bastante más allá de la jardinería.
Un suelo con buena estructura y suficiente materia orgánica puede infiltrar y almacenar mejor el agua, algo especialmente relevante ante sequías prolongadas y episodios de lluvia intensa. También sostiene el ciclo de nutrientes y proporciona hábitat para comunidades de organismos que intervienen en la fertilidad.
La pérdida de estas funciones obliga a compensarlas cada vez más mediante riego, fertilización y otras intervenciones.
También existe una dimensión climática. Los suelos constituyen un importante almacén terrestre de carbono. Las prácticas que conservan materia orgánica, limitan la erosión y mantienen cubiertas vegetales pueden ayudar a conservar ese carbono, aunque no existe una relación automática entre mayor actividad microbiana y mayor secuestro neto de CO₂.
Precisamente por eso interesa medir varias propiedades simultáneamente y no quedarse con un único indicador.
Europa empieza a tratar el suelo como un recurso que hay que medir
La publicación llega en un momento especialmente interesante.
La Directiva europea de vigilancia y resiliencia del suelo (UE 2025/2360) entró en vigor en diciembre de 2025. Establece por primera vez un marco común para vigilar los suelos de la Unión Europea y contempla problemas como erosión, pérdida de carbono orgánico, compactación, salinización, contaminación, sellado y pérdida de biodiversidad.
Los Estados miembros deberán trasladarla a sus legislaciones nacionales antes de finales de 2028. El objetivo de largo plazo es avanzar hacia unos suelos saludables y resilientes en 2050.
La ropa interior enterrada evidentemente no sustituirá estas redes oficiales de vigilancia. Sí demuestra algo útil: la ciencia ciudadana puede complementar los sistemas profesionales y, sobre todo, conseguir que la población comprenda qué se está intentando proteger.
Un informe lleno de parámetros químicos puede pasar desapercibido. Una prenda de algodón de la que apenas quedan las costuras cuenta la historia en segundos.

De experimento curioso a herramienta educativa
Una de las aportaciones más interesantes del trabajo es precisamente su sencillez.
Los investigadores proponen el Underpants Index, o índice de la ropa interior, como método accesible para observar procesos de descomposición y acercar la ciencia del suelo a la ciudadanía.
Puede resultar especialmente útil en colegios, huertos urbanos, jardines comunitarios o proyectos de ciencia ciudadana, siempre que se mantenga un procedimiento comparable.
También permite plantear pequeños experimentos: comparar una zona enriquecida con compost con otra sin tratar, un bancal cultivado con un césped o dos parcelas gestionadas de manera diferente.
Para obtener resultados mínimamente comparables habría que utilizar tejidos equivalentes, enterrarlos de manera similar, mantener el mismo periodo y registrar las condiciones del terreno. Y retirar después todos los restos, especialmente costuras y componentes sintéticos.
Vía UZH
Más información: S.F. Bender, D. Bürge, L. Bragazza,, E. Knop, S. Masson, N. Peter, R. Dmarmels, D. Müller, A. Imhof, P. Viviani, A. Bieri, … T.D. Bucheli & M.G.A. van der Heijden. Soil Health Assessment Using Buried Cotton Underpants with the Help of 1000 Citizen Scientists. Plants, People, Planet. 24 August 2026. DOI: 10.1002/ppp3.70259

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