
Estudio de UTS revela que un techo biosolar retiene el 73% del agua y elimina más del 90% de metales contaminantes.
- 🌿 14.000 plantas autóctonas integradas entre paneles solares.
- ☀️ Hasta 23,25 % más generación fotovoltaica durante episodios de calor extremo.
- 🌡️ Diferencias de hasta 28 °C frente a una cubierta convencional.
- 💧 Retención media del 73 % del agua de lluvia.
- 🐝 39 especies de fauna detectadas, incluidos 13 tipos de polinizadores.
- 🧪 Eliminación de más del 90 % de varios metales presentes en la escorrentía.
- 🌬️ Cerca de 24 kg de contaminantes atmosféricos capturados al año.
- 🏙️ Una solución pensada para convertir tejados desaprovechados en infraestructura energética, hídrica y ecológica.
Un laboratorio de 1.300 m² sobre el primer edificio de una nueva ciudad
La cubierta biosolar ocupa aproximadamente 1.300 m² del First Building de Bradfield City y combina 319 paneles fotovoltaicos orientados al norte con más de 14.000 plantas autóctonas de Cumberland Plain.
El edificio, de unos 3.000 m², abrió en marzo de 2025 y constituye la primera gran pieza construida de Bradfield City, una nueva ciudad proyectada junto al Aeropuerto Internacional de Western Sydney.
Su arquitectura ya anticipa la filosofía del proyecto urbano: madera de bajas emisiones, muros de tierra apisonada, recuperación de agua y una cubierta concebida como parte activa del funcionamiento ambiental del edificio.
Durante cuatro meses del verano austral de 2025, investigadores de la University of Technology Sydney (UTS) analizaron cinco aspectos: rendimiento fotovoltaico, temperatura, biodiversidad, calidad del aire y comportamiento del agua de lluvia.
El lugar ofrecía además una circunstancia poco habitual para este tipo de investigación. Al encontrarse Bradfield todavía en una fase inicial de construcción, alrededor del edificio había muchas menos interferencias que en el centro de una gran ciudad: menos tráfico, menos edificios acumulando calor y menos fuentes cercanas de contaminación.
En la práctica, el tejado funcionó como una especie de laboratorio urbano a escala real.
Plantas que ayudan a los paneles solares cuando más calor hace
Existe una pequeña paradoja alrededor de la energía fotovoltaica. Mucho sol resulta favorable. Demasiado calor, no.
La potencia de un módulo fotovoltaico disminuye conforme aumenta la temperatura de sus células. Por eso, una instalación situada bajo un sol intenso puede disponer de abundante radiación y, al mismo tiempo, perder parte de su potencial debido al calentamiento del propio panel.

La vegetación introduce una variable interesante.
Las plantas liberan agua mediante evapotranspiración, un proceso que extrae calor del entorno. El sustrato húmedo y la propia cubierta vegetal también se comportan térmicamente de forma muy diferente al metal, el hormigón o las membranas convencionales expuestas directamente al sol.
En Bradfield, el resultado fue especialmente visible durante las jornadas más duras.
La cubierta biosolar llegó a mantenerse hasta 28 °C más fría que una cubierta convencional de aluminio durante episodios de calor extremo.
Y esa diferencia acabó apareciendo también en el contador eléctrico.
Un 11,1 % más de electricidad durante el verano
Durante el periodo analizado, los módulos instalados sobre la cubierta vegetal produjeron de media un 11,1 % más de energía durante el verano que los utilizados como referencia en una cubierta convencional.
En las condiciones de mayor calor, la mejora alcanzó el 23,25 %.
El comportamiento observado resulta particularmente relevante porque el efecto refrigerante aumentaba precisamente cuando subía la temperatura ambiental.
Es decir, cuanto más exigente era el día para los paneles solares, mayor era la utilidad térmica de la vegetación.
No es la primera vez que UTS observa este fenómeno. Investigaciones anteriores realizadas en edificios de Barangaroo, también en Sídney, compararon una instalación fotovoltaica convencional con otra integrada sobre una cubierta vegetal. Aquel trabajo encontró una producción horaria media aproximadamente un 4,5 % superior en la instalación biosolar.
Bradfield refuerza aquella evidencia, ahora bajo unas condiciones diferentes y con una infraestructura diseñada desde el principio para integrar ambos sistemas.
El tejado también se convierte en un pequeño ecosistema
La producción eléctrica cuenta solo una parte de la historia.
La cubierta incorpora 15 especies vegetales autóctonas, seis de ellas comestibles, adaptadas a las condiciones ecológicas de Cumberland Plain. No es una selección ornamental aleatoria.
Ese detalle cambia bastante el resultado.
Los estudios de campo y los análisis de ADN ambiental (eDNA) permitieron detectar 39 especies diferentes de aves, insectos, mamíferos y gasterópodos.
Entre ellas aparecieron 13 especies de polinizadores, incluida la característica abeja australiana de bandas azules.
También se observaron arañas, mariposas, avispas, mantis y aves como las cucaburras. En poco más de un año comenzó a formarse una red trófica urbana, algo difícil de conseguir con cubiertas decorativas basadas en unas pocas especies resistentes.
Aquí aparece una lección trasladable a otras ciudades: un tejado verde no aporta automáticamente mucha biodiversidad. Importan la variedad vegetal, el origen de las especies, las épocas de floración, la disponibilidad de alimento y refugio, la profundidad del sustrato y la conexión con otros espacios verdes.
Bien diseñado, un tejado puede convertirse en una pequeña pieza de un corredor ecológico urbano.
Una esponja de 1.300 m² cuando empieza a llover
La cubierta tiene otra función menos visible hasta que llega una tormenta.
En los episodios de lluvia estudiados retuvo, de media, el 73 % de la escorrentía. En cinco de seis eventos analizados llegó a registrarse una retención completa.
El sistema cuenta además con capacidad para almacenar aproximadamente 20.000 litros de agua y una red de riego de alrededor de 6,5 km.
Esto importa especialmente en ciudades cada vez más impermeabilizadas.
Cuando una tormenta descarga sobre tejados, carreteras y aparcamientos, buena parte del agua llega rápidamente al alcantarillado. Si miles de metros cuadrados de cubiertas fueran capaces de retener temporalmente una parte de esa precipitación, el pico de agua que recibe la infraestructura de drenaje podría reducirse.
Es la lógica de las llamadas ciudades esponja: conseguir que el agua permanezca durante más tiempo allí donde cae, en vez de expulsarla inmediatamente.
El agua sale además mucho más limpia
La vegetación, el sustrato y las diferentes capas de la cubierta actúan también como filtro.
Los análisis realizados en Bradfield encontraron reducciones del 99,9 % del manganeso, 98,7 % del arsénico, 99,8 % del níquel y 91,75 % del zinc presentes en la escorrentía estudiada.
El dato merece atención porque la contaminación difusa procedente de superficies urbanas termina llegando a desagües, cursos de agua y ecosistemas situados aguas abajo.
En este caso, el tejado deja de comportarse como una superficie que simplemente evacúa agua y pasa a funcionar como infraestructura de tratamiento pasivo.
Eso sí, la capacidad de filtración no debería interpretarse como ilimitada. El comportamiento a largo plazo depende de factores como la composición del sustrato, mantenimiento, acumulación de contaminantes y régimen de precipitaciones. El seguimiento durante años será fundamental para saber cómo envejece el sistema.
También filtra parte de lo que hay en el aire
Los investigadores calcularon que la vegetación capturaba aproximadamente 65 g diarios de contaminantes atmosféricos, equivalentes a cerca de 24 kg al año.
Una cubierta de estas dimensiones no va a solucionar por sí sola la contaminación atmosférica de una ciudad. Esa no es la lectura útil.
La cuestión cambia cuando la superficie se multiplica.
Miles de tejados vegetados, árboles urbanos, jardines de lluvia, fachadas verdes y parques forman una red de infraestructura verde distribuida. Cada elemento aporta poco de manera aislada, pero el conjunto puede modificar el comportamiento térmico, hídrico y ecológico de barrios completos.
Bradfield quiere trasladar el experimento a toda la ciudad
Lo que convierte el proyecto australiano en algo más interesante que una cubierta experimental es su conexión con el urbanismo.
El Master Plan de Bradfield City, aprobado en septiembre de 2024, establece un objetivo de 80 % de cobertura mediante tejados verdes o sistemas biosolares en las superficies de cubierta disponibles.
La estrategia de sostenibilidad de la ciudad va incluso más allá en determinados objetivos y plantea aprovechar el 100 % del espacio disponible en cubiertas mediante sistemas biosolares o fotovoltaicos, junto con principios de diseño urbano sensible al agua, mayor cobertura vegetal y reutilización hídrica.
Bradfield está proyectada sobre unas 114 hectáreas, con capacidad para alrededor de 10.000 viviendas, más de 20.000 empleos y más de 36 hectáreas de espacio público y zonas verdes.
La escala cambia por completo la conversación.
Una cubierta biosolar puede considerarse un edificio sostenible. Una ciudad donde este tipo de infraestructura forma parte de las reglas de planificación permite estudiar algo mucho más ambicioso: qué ocurre cuando la naturaleza y la producción energética dejan de añadirse al final del proyecto y pasan a formar parte del diseño urbano desde el principio.

No todos los tejados pueden transformarse sin más
También existen limitaciones.
Una cubierta vegetal añade peso debido al sustrato, las plantas y, especialmente, al agua acumulada después de una lluvia. La estructura del edificio debe estar preparada para soportarlo.
En Bradfield, por ejemplo, el sustrato tiene aproximadamente 11 cm de profundidad, una solución relativamente contenida que obliga a seleccionar cuidadosamente la vegetación.
También aparecen costes de impermeabilización, drenaje, riego, inspección, mantenimiento vegetal y acceso a los módulos fotovoltaicos.
Y el agua importa. Mucho.
En regiones sometidas a sequías prolongadas, un tejado verde mal diseñado podría terminar necesitando un riego incompatible con sus propios objetivos ambientales. De ahí la importancia de emplear especies locales adaptadas al clima, almacenamiento de lluvia y agua reciclada siempre que sea viable.
La cubierta biosolar funciona mejor cuando se diseña como un único sistema desde el proyecto arquitectónico. Añadirla posteriormente puede ser posible, pero requiere estudiar cargas estructurales, impermeabilización, seguridad contra incendios, sombras, viento y mantenimiento.
De superficie residual a infraestructura urbana
Durante décadas, los tejados han sido uno de los grandes espacios desaprovechados de las ciudades.
La expansión fotovoltaica empezó a cambiar esa situación. Los tejados verdes añadieron otra posibilidad. Bradfield muestra que elegir entre ambas opciones puede ser una falsa disyuntiva.
La combinación puede incluso generar sinergias que no aparecen cuando cada tecnología trabaja por separado.
Y ese principio puede extenderse más allá de las cubiertas. Las ciudades del futuro tendrán que conseguir que una misma infraestructura resuelva varios problemas simultáneamente: producir energía, almacenar agua, reducir calor, recuperar biodiversidad y mejorar la habitabilidad.
El suelo urbano es demasiado valioso para continuar asignando una única función a cada superficie.
Vía Bradfield City biosolar roof sets new standard for climate-resilient cities

Alfredo Morales Romandia. dice
gracias a Dios. UN INVENTO REVOLUCIONARIO QIE NO ES PARA LA GUERRA ! !
APRISA… DIVULGUENLO…ES EL UNICO INVENTO PARA SATISFACER
NECESIDADES MAS QUE URGENTES PARA GENTE EN TODO EL MUNDO.