
Nutricionistas y científicos reclaman impuestos, etiquetas de advertencia y límites de venta para combatir el impacto de los alimentos ultraprocesados.
- Alimentos ultraprocesados.
- Diseño para comer más.
- Responsabilidad desplazada al individuo.
- Salud pública en riesgo.
- Regulación, no solo recomendaciones.
- Paralelismos con el tabaco.
Ultra-procesados: alguien tendrá que atreverse a hacer lo que se hizo con el tabaco
La industria alimentaria opera con libertad casi total para diseñar productos poco saludables, altamente palatables y difíciles de dejar de consumir. El esfuerzo por poner límites recae, una y otra vez, en la fuerza de voluntad individual. Así funciona hoy el sistema. La pregunta es incómoda, pero necesaria: ¿puede sostenerse mucho más tiempo?
La forma en que comemos no es fruto del azar. El actual sistema alimentario responde, en gran medida, a incentivos económicos que premian vender más cantidad, más rápido y con mayor frecuencia. No importa si el cuerpo lo necesita o no. Importa que vuelva a comprar.
Para lograrlo, la industria ha perfeccionado una categoría de productos fáciles de masticar, rápidos de ingerir y diseñados para estimular el apetito más allá del hambre real. Alimentos ultraprocesados pensados para no saciar del todo. Para repetir.
Cómo se supone que debemos elegir mejor
Las autoridades sanitarias suelen limitarse a emitir guías dietéticas: comer menos azúcar, menos grasas, menos calorías. Recomendaciones bienintencionadas, pero débiles frente a un entorno saturado de estímulos, ofertas y marketing agresivo.
Los datos de consumo y el aumento sostenido del sobrepeso muestran que algo falla. No porque la población ignore qué es saludable, sino porque el contexto empuja en la dirección contraria.
La nutricionista clínica Tine Sundfør lo plantea sin rodeos: la concienciación no basta. Es hora de pasar de las recomendaciones a la regulación. No como castigo, sino como corrección de un sistema desequilibrado.
Un problema estructural, no individual
El profesor Simon Dankel coincide en el diagnóstico. Habla abiertamente de crisis de salud pública. Obesidad, diabetes tipo 2, enfermedades cardiovasculares. Patologías ligadas al estilo de vida, sí, pero también al entorno alimentario.
Para Dankel, el paralelismo con el tabaco no es exagerado. Durante décadas se apeló a la responsabilidad personal del fumador. Hasta que se aceptó que la industria había creado un problema colectivo y que la política debía intervenir. Prohibiciones, impuestos, límites a la publicidad. Funcionó.
Reintroducir el impuesto al azúcar
Noruega eliminó en 2021 el impuesto sobre bebidas azucaradas y productos de confitería. Sundfør lo considera un error. La evidencia muestra que los impuestos al azúcar reducen el consumo, especialmente entre jóvenes y hogares con menor renta.
La clave está en el destino de la recaudación. No solo desincentivar lo perjudicial, sino abaratar lo saludable. Fruta y verdura gratuitas en escuelas, programas de educación alimentaria, formación básica en cocina. Medidas sencillas, pero con impacto real.
Porque el problema no es solo qué comemos, sino qué sabemos cocinar. En algunos países europeos, una parte significativa de la población apenas dispone de más utensilios que un microondas. El resultado es previsible.
Etiquetas claras, sin maquillaje saludable
Otra cuestión crítica es el llamado health-washing. Productos ultraprocesados vendidos como sanos por llevar avena, fibra añadida o vitaminas sintéticas. Barritas “energéticas” que, en la práctica, no se diferencian tanto de un dulce.
Los sistemas de etiquetado positivo llevan años funcionando, pero quizá no sea suficiente. Sundfør plantea algo más directo: etiquetas de advertencia claras en los productos más problemáticos. Sin ambigüedades. Sin mensajes confusos.
Tamaños de ración y marketing bajo control
La normalización de raciones gigantes no es inocente. Bolsas familiares, packs de refrescos de varios litros, promociones pensadas para consumir más de lo razonable. Regular los tamaños no es paternalismo. Es poner límites a una escalada absurda.
También lo es cuestionar dónde y cómo se venden estos productos. Refrescos en centros educativos. Kioscos de comida ultraprocesada en hospitales. Eventos deportivos infantiles patrocinados por bebidas energéticas. Todo eso construye hábitos.
La reciente prohibición de publicidad dirigida a menores va en la buena dirección. Para Dankel, debería ampliarse. Los adultos tampoco somos inmunes a las estrategias de marketing.
Las reticencias institucionales
Desde el Ministerio de Salud noruego se reconoce que las políticas actuales no han dado los resultados esperados. Se habla de medidas estructurales: disponibilidad, precios, etiquetado. Pero regular directamente la venta genera resistencias.
El argumento es conocido: la comida no es tabaco. Algunos productos ultraprocesados pueden encajar en una dieta ocasional. El problema es que el sistema no fomenta la ocasionalidad, sino el consumo constante.
Riesgo de estigmatización
La investigadora Paula Varela-Tomasco introduce un matiz imprescindible. Los ultraprocesados también han garantizado alimentos baratos, seguros y estables, especialmente en contextos de bajos ingresos o acceso limitado a productos frescos.
Demonizarlos sin tener en cuenta el precio, el tiempo disponible o las desigualdades sociales puede generar estigma. Y eso no ayuda. Las soluciones deben ser integrales, sensibles al contexto social y de género. Incentivos económicos, alternativas reales, no solo prohibiciones.
Puntos de acuerdo, pese al debate
Existe controversia sobre qué entra exactamente en la categoría de ultraprocesado. Algunos alimentos básicos quedan atrapados en definiciones poco finas. Pero hay consenso en lo esencial.
Reducir el consumo de dulces, snacks, refrescos azucarados, bollería industrial, platos preparados ricos en harinas refinadas y carnes procesadas. Eso ya está en las guías dietéticas. Si se actuara de forma coherente desde todos los frentes, el ruido sería menor.
Reconocer su papel en el exceso de ingesta
Dankel va un paso más allá. Cree que las recomendaciones deberían abordar explícitamente los aditivos y procesos diseñados para intensificar el sabor y acelerar la ingesta. No es solo qué comemos, sino cómo está diseñado para que comamos más.
Elegir alimentos menos procesados no es una moda. Es una forma eficaz de recuperar señales de saciedad. Y, sobre todo, de cuestionar un sistema que prioriza el beneficio económico sobre la salud colectiva.
Vía Sciencenorway



Jose Maria Gutiérrez Silva dice
Hola.
En 2025 no he dejado de leer vuestra inestimable hoja de inventos, me produce una gran satisfacción, gracias.
Es magnífico recibir buenas noticias.
Como es tanta y de tanta calidad, no necesito ni archivarla, me quedo con la sensación, agradable, del conocimiento.
Gracias, espero en este 2026 seguir recibiendola como hasta ahora.
Buen trabajo.
Chema
ARANZUEQUE (Guadalajara) España.