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Investigadores usan luz y hierro para transformar nitratos contaminantes del agua en amoníaco que puede volver a utilizarse como fertilizante

23 septiembre, 2026 Deja un comentario

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Imagen: draskovic – Depositphotos

Un complejo de hierro inspirado en la naturaleza logra transformar nitratos contaminantes en amoníaco reutilizable.

  • 💧 Nitratos contaminantes como materia prima.
  • 🌱 Conversión en amoníaco reutilizable como fertilizante.
  • ☀️ Reacción activada mediante luz.
  • ⚛️ Complejo basado en hierro e inspirado en procesos biológicos.
  • 🔬 Hasta 10 millones de veces mayor afinidad por el nitrato.
  • 🧪 Investigación todavía en fase de laboratorio.

¿Por qué importa?

El nitrato resulta imprescindible para la agricultura moderna, pero cuando escapa de los cultivos termina convertido en un problema ambiental difícil de gestionar. Llega a acuíferos, ríos, lagos y zonas costeras, alimenta proliferaciones de algas y contribuye a procesos de eutrofización que terminan reduciendo el oxígeno disponible para la vida acuática.

Investigadores de la Universidad de Michigan, en Estados Unidos, han encontrado una forma de atacar una de las características que hacen al nitrato tan persistente: su enorme estabilidad química. El equipo ha diseñado un complejo molecular basado en hierro que imita parte de la estrategia utilizada por la naturaleza para capturar estas moléculas y facilita su transformación en productos aprovechables, entre ellos amoníaco.

La idea resulta especialmente interesante por una razón: en lugar de limitarse a separar el contaminante del agua y trasladarlo a otro residuo, plantea la posibilidad futura de recuperar el nitrógeno y devolverlo al ciclo productivo.

El problema escondido detrás de los fertilizantes

El nitrógeno ha permitido aumentar enormemente la productividad agrícola. Las plantas lo necesitan para fabricar proteínas, clorofila y otras moléculas esenciales, y buena parte de la agricultura intensiva depende de fertilizantes nitrogenados.

El problema aparece cuando se aporta más nitrógeno del que los cultivos pueden absorber.

Parte del nitrato permanece en el suelo y puede desplazarse con el agua hacia capas profundas, alcanzando los acuíferos. Otra parte sale de las parcelas con la escorrentía y acaba en ríos, lagos o zonas costeras.

Allí funciona como fertilizante otra vez, aunque en el lugar equivocado.

El exceso de nutrientes favorece el crecimiento masivo de algas y cianobacterias. Cuando esa biomasa muere y comienza a descomponerse, los microorganismos consumen oxígeno. El resultado puede ser hipoxia, mortandad de peces y aparición de zonas con muy poca vida acuática.

Reducir las pérdidas de fertilizante en origen sigue siendo la primera medida lógica. Pero existe otra pregunta cada vez más importante: ¿qué hacer con el nitrógeno que ya ha terminado en el agua?

Un contaminante químicamente difícil de desmontar

Eliminar nitratos no es tan sencillo como atraparlos con un filtro.

Tecnologías como el intercambio iónico o la ósmosis inversa permiten separarlos del agua, pero aparece después otro problema: se genera una corriente residual donde el nitrato continúa presente y que necesita tratamiento adicional.

La alternativa es transformar químicamente la molécula.

Ahí está una de las grandes dificultades. El ion nitrato (NO₃⁻) presenta enlaces nitrógeno-oxígeno muy resistentes y una baja afinidad por muchos metales de transición. Dar el primer paso para romper esa estabilidad requiere condiciones químicas adecuadas.

El grupo dirigido por Nathaniel K. Szymczak, profesor de química de la Universidad de Michigan, decidió fijarse en cómo resuelve la naturaleza ese mismo problema.

Copiar una pequeña estrategia de las proteínas

Las proteínas encargadas de transportar y procesar nitratos en organismos vivos no dependen exclusivamente del punto donde ocurre la reacción.

Alrededor de ese centro existe una arquitectura molecular que ayuda a colocar el nitrato en la posición adecuada mediante enlaces de hidrógeno.

El equipo intentó reproducir ese entorno.

Para comprobar el efecto aislado de esos enlaces, los investigadores comenzaron utilizando complejos de zinc. Compararon estructuras capaces de establecer enlaces de hidrógeno con otras que carecían de ellos.

El resultado fue llamativo: la presencia de estas interacciones aumentó la afinidad por el nitrato hasta siete órdenes de magnitud, es decir, hasta unos 10 millones de veces.

No se limitaban a sujetar mejor la molécula.

Los enlaces de hidrógeno modificaban la distribución de carga dentro del nitrato y alargaban determinados enlaces N–O. En términos sencillos: conseguían colocar una molécula muy estable en una situación más favorable para reaccionar.

Del zinc al hierro: llega la transformación

Una vez entendido el mecanismo de captura y activación, los investigadores sustituyeron el zinc por hierro, un metal capaz de participar activamente en las reacciones de reducción.

Entonces apareció la parte realmente interesante.

El complejo de hierro consiguió retirar oxígeno del nitrato y conducir la reacción hacia productos diferentes dependiendo de las condiciones utilizadas.

Con calor, el proceso produjo óxido nítrico (NO).

Con luz, la reducción pudo avanzar hasta producir amoníaco (NH₃).

Ese segundo resultado resulta especialmente atractivo desde una perspectiva de economía circular. El nitrógeno que entra en el medio ambiente principalmente a través de los fertilizantes podría, al menos conceptualmente, recuperarse y regresar a la agricultura en forma de una sustancia utilizada nuevamente para producir fertilizantes.

La luz como herramienta química

La ruta fotocatalítica tiene otro detalle interesante.

Los experimentos para obtener amoníaco se realizaron a aproximadamente 25 °C utilizando iluminación LED con una longitud de onda de 427 nanómetros.

No significa que pueda colocarse un reactor al sol y convertir directamente el nitrato de un acuífero en fertilizante. La reacción experimental requiere un sistema químico cuidadosamente controlado, catalizador, reactivos auxiliares y condiciones de laboratorio.

Aun así, demostrar que la transformación puede impulsarse fotoquímicamente resulta relevante porque abre una línea de investigación para estudiar en el futuro sistemas capaces de aprovechar energía eléctrica renovable o directamente fotones para recuperar nitrógeno.

De eliminar nitrógeno a recuperarlo

Aquí aparece el aspecto ambiental más interesante del trabajo.

Durante décadas, el tratamiento de aguas se ha planteado principalmente alrededor de una idea: retirar contaminantes hasta conseguir un agua suficientemente limpia.

La economía circular está introduciendo otra pregunta: ¿puede recuperarse algo útil antes de desecharlo?

Con el nitrógeno tiene bastante sentido.

La industria utiliza grandes cantidades de energía y materias primas para producir amoníaco destinado principalmente a fertilizantes. Después, una parte de ese nitrógeno termina dispersándose y las depuradoras deben invertir nuevamente recursos para evitar que llegue a los ecosistemas.

Cerrar parcialmente ese ciclo permitiría tratar el nitrógeno como recurso recuperable, no únicamente como contaminante.

Ya existen otras líneas de investigación que intentan recuperar nitrógeno, fósforo y otros nutrientes de aguas residuales, orina y corrientes industriales. La propuesta de Michigan se incorpora a ese movimiento desde otro ángulo: aprender a controlar con mucha mayor precisión la química del nitrato.

Qué impacto puede tener en el medio ambiente

El beneficio más evidente sería reducir la cantidad de nitrato que alcanza los ecosistemas acuáticos.

Menos nitrógeno disponible puede significar menor presión sobre lagos, ríos y costas afectados por eutrofización, especialmente en regiones agrícolas intensivas.

También existe un segundo efecto potencial.

Si una parte del nitrógeno recuperado pudiera convertirse realmente en amoníaco reutilizable, se reduciría parcialmente la necesidad de fabricar fertilizante nuevo. Eso tendría implicaciones climáticas interesantes porque la producción convencional de amoníaco continúa estrechamente vinculada al consumo de combustibles fósiles.

Pero conviene mantener las proporciones.

Este estudio no demuestra todavía ahorro de energía, reducción de emisiones de CO₂ ni funcionamiento con aguas residuales reales. Tampoco demuestra que el amoníaco producido pueda recuperarse económicamente a escala industrial.

Eso tendrá que estudiarse más adelante.

Una ventaja frente a simplemente separar el nitrato

La diferencia conceptual respecto a tecnologías como la ósmosis inversa o el intercambio iónico es importante.

Estas últimas pueden retirar nitratos de una corriente de agua, pero esencialmente los concentran en otro flujo que posteriormente hay que gestionar.

Una reducción catalítica bien diseñada podría destruir químicamente el nitrato y dirigir su nitrógeno hacia una molécula determinada.

Si esa molécula tiene valor comercial, como ocurre con el amoníaco, el tratamiento deja de parecerse tanto a una operación de eliminación y empieza a acercarse a una instalación de recuperación de recursos.

Ese cambio podría ser especialmente interesante para corrientes relativamente concentradas procedentes de agricultura, ganadería, determinadas industrias o tratamiento de aguas residuales.

Todavía queda bastante ingeniería por delante

El artículo publicado en Nature Chemistry demuestra un principio molecular, no una tecnología lista para instalar.

Los experimentos se realizaron utilizando disolventes y reactivos propios de un laboratorio de química. Para la reducción fotocatalítica a amoníaco, por ejemplo, se emplearon además una fuente donadora de hidrógeno y otros compuestos auxiliares.

Un sistema comercial tendría requisitos mucho más duros.

Tendría que funcionar durante miles de horas, mantener su actividad frente a otras sales y contaminantes presentes en aguas reales, permitir recuperar el catalizador, consumir poca energía y competir económicamente con tecnologías ya disponibles.

También habría que comprobar la selectividad del proceso. Las transformaciones del nitrógeno pueden generar diferentes compuestos intermedios y finales, y una instalación ambiental necesita controlar cuidadosamente qué sale del reactor.

Vía The University of Michigan

Más información: Secondary-sphere hydrogen bonding promotes catalytic nitrate reduction at iron, Nature Chemistry (2026). DOI: 10.1038/s41557-026-02235-1

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Publicado en: Agricultura ecológica, Tecnología verde

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