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La nueva sequía europea no se debe solo a la falta de lluvia: el calor está ‘exprimiendo’ los suelos

27 julio, 2026 1 comentario

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Imagen representativa generada por IA

Un nuevo estudio de World Weather Attribution concluye que la sequía que afecta a gran parte de Europa está siendo impulsada principalmente por las temperaturas extremas, que aumentan la evaporación del agua en suelos, ríos y vegetación. Incluso tras un invierno relativamente húmedo en algunas regiones, el calor ha acelerado el secado del terreno y agravado la situación.

  • 🌍 Sequías más intensas.
  • 🔥 Olas de calor más frecuentes.
  • 💧 Suelos cada vez más secos.
  • 🌾 Menor producción agrícola.
  • ⚡ Impacto sobre la energía hidroeléctrica.
  • 🚢 Ríos con niveles mínimos.
  • 🚒 Mayor riesgo de incendios forestales.
  • 🌱 Reducción urgente de emisiones.

El calor extremo ya seca Europa aunque llueva: la nueva cara de las sequías

Durante décadas, las sequías se asociaban casi exclusivamente a la falta de lluvias. Sin embargo, la realidad climática europea está cambiando a gran velocidad. Un nuevo análisis científico concluye que el calor extremo provocado por el cambio climático está secando el continente incluso después de inviernos relativamente húmedos, modificando por completo la forma en la que se entiende la escasez de agua.

Los investigadores advierten de que la atmósfera, al calentarse, incrementa su capacidad para absorber humedad. Ese exceso de «sed» atmosférica acelera la evaporación del agua presente en ríos, embalses, lagos, vegetación y suelos, provocando un estrés hídrico que afecta a prácticamente todos los sectores de la economía.

Una atmósfera cada vez más «sedienta»

El estudio, elaborado por el consorcio científico World Weather Attribution (WWA), muestra que las olas de calor registradas durante 2026 multiplicaron enormemente la probabilidad de que se produjeran estas condiciones de evaporación extrema.

En Europa occidental, este tipo de situaciones fueron aproximadamente 80 veces más probables debido al calentamiento global provocado por la actividad humana. En Europa oriental, la probabilidad aumentó unas 40 veces.

El efecto sobre el suelo resulta especialmente preocupante. La humedad desaparece antes de que llegue el verano, dejando a los cultivos sin reservas hídricas precisamente cuando más las necesitan.

Esta situación marca un cambio importante: ya no basta con analizar cuánta lluvia cae, también resulta imprescindible observar cuánto agua pierde el terreno por efecto de las temperaturas extraordinariamente altas.

Cuando un invierno lluvioso ya no garantiza agua en verano

Uno de los aspectos más llamativos del análisis es que Europa occidental venía de un invierno relativamente húmedo. Aun así, la rápida llegada de temperaturas extremas hizo desaparecer gran parte del agua almacenada.

Este fenómeno demuestra que las precipitaciones dejan de ser el único indicador útil para evaluar el riesgo de sequía. Si el calor es suficientemente intenso, la humedad acumulada durante meses puede desaparecer en pocas semanas.

Los científicos hablan ya de una transformación del ciclo hidrológico europeo, donde la evaporación adquiere un peso cada vez mayor frente a la lluvia.

Agricultura bajo presión

Las consecuencias sobre la producción de alimentos ya son visibles.

Los agricultores europeos afrontan algunos de los suelos más secos registrados en numerosas regiones. Las previsiones apuntan a la pérdida de alrededor de 9 millones de toneladas de cereales en el conjunto del continente.

En Francia se espera una de las peores cosechas de maíz de las últimas cinco décadas, mientras que en Rumanía más de 1 millón de hectáreas de cultivos han sufrido daños importantes por la falta de humedad.

No se trata únicamente de una reducción en la cantidad de alimentos producidos. Las plantas sometidas a estrés hídrico también presentan una menor calidad, necesitan más recursos para sobrevivir y se vuelven más vulnerables frente a plagas y enfermedades.

Además, algunos cultivos tradicionales del sur de Europa empiezan a desplazarse hacia zonas más septentrionales o a mayores altitudes, una tendencia que diversos estudios agrícolas europeos vienen observando desde hace años.

Ríos que afectan mucho más que al paisaje

Las imágenes de cauces prácticamente secos se han convertido en habituales durante los veranos europeos.

Sin embargo, el descenso del nivel de los ríos va mucho más allá del impacto visual.

La reducción del caudal limita la producción de energía hidroeléctrica, una de las principales fuentes renovables del continente. Cuando los embalses almacenan menos agua, disminuye la capacidad de generar electricidad precisamente en momentos de elevada demanda por el uso masivo de sistemas de refrigeración.

El transporte fluvial también se resiente. Grandes arterias comerciales como el Rin experimentan restricciones a la navegación cuando el nivel del agua desciende demasiado, obligando a reducir la carga de los barcos o incluso paralizando temporalmente algunas rutas logísticas.

Todo ello termina repercutiendo sobre el precio de numerosos productos y aumenta los costes energéticos para hogares y empresas.

El círculo perfecto para los grandes incendios

Los investigadores destacan otro mecanismo especialmente peligroso.

Las primaveras relativamente húmedas favorecen un crecimiento abundante de la vegetación. Después, la llegada de un verano extremadamente cálido seca rápidamente toda esa biomasa, creando enormes cantidades de combustible vegetal.

Es decir, más vegetación al principio de la temporada puede traducirse en incendios mucho más intensos meses después.

España, Portugal, Francia, Grecia o Italia ya conocen bien este patrón, que se repite cada vez con mayor frecuencia y prolonga la duración de las campañas de incendios forestales.

A ello se suma otro problema: los incendios liberan grandes cantidades de carbono almacenado durante décadas en bosques y suelos, alimentando nuevamente el calentamiento global en un ciclo difícil de romper.

Un problema que también afecta a la salud

Las olas de calor no solo secan los ecosistemas.

También representan uno de los fenómenos meteorológicos más mortales del continente. Las temperaturas extremas incrementan el riesgo de golpes de calor, agravan enfermedades cardiovasculares y respiratorias y afectan especialmente a personas mayores, niños y pacientes con patologías crónicas.

Además, la pérdida de humedad del suelo favorece la suspensión de partículas de polvo en el aire, empeorando la calidad atmosférica y aumentando los problemas respiratorios en muchas ciudades.

En las áreas urbanas, donde predomina el asfalto y el hormigón, el conocido efecto isla de calor intensifica todavía más estas temperaturas, dificultando el descanso nocturno y elevando el consumo eléctrico destinado a climatización.

Adaptarse ya no es una opción secundaria

Aunque reducir las emisiones sigue siendo la medida más importante, numerosos países europeos comienzan a impulsar estrategias específicas de adaptación.

Entre ellas destacan:

  • Modernización de los sistemas de riego, priorizando tecnologías de alta eficiencia.
  • Recuperación de humedales, capaces de almacenar agua y amortiguar las sequías.
  • Renaturalización urbana, incorporando más árboles, cubiertas vegetales y zonas permeables.
  • Gestión forestal preventiva, reduciendo la acumulación de combustible vegetal.
  • Reutilización de aguas depuradas para usos agrícolas e industriales.

La Ley Europea de Restauración de la Naturaleza, aprobada por la Unión Europea, también pretende recuperar ecosistemas degradados que desempeñan un papel fundamental en la regulación del agua y del clima. Paralelamente, el Pacto Verde Europeo continúa impulsando medidas para acelerar la descarbonización y reforzar la resiliencia frente a fenómenos climáticos extremos.

La ciencia confirma un cambio profundo

Los modelos climáticos utilizados por los investigadores comparan el mundo actual, aproximadamente 1,4 °C más cálido que antes de la Revolución Industrial, con un escenario sin calentamiento provocado por las emisiones humanas.

La diferencia resulta contundente.

Los científicos concluyen que el cambio climático ha intensificado claramente la severidad de la sequía europea de 2026 y advierten de que, si el calentamiento global continúa aumentando durante las próximas décadas, este tipo de veranos extremadamente secos podrían convertirse en una situación habitual.

No es una previsión lejana. Está ocurriendo ya.

Qué impacto puede tener en el medio ambiente

Las consecuencias ambientales de estas nuevas sequías van mucho más allá de la escasez de agua.

La pérdida continuada de humedad reduce la capacidad de los bosques para capturar carbono, debilita los ecosistemas acuáticos y acelera la degradación del suelo. Cuando la tierra permanece seca durante largos periodos, disminuye su contenido en materia orgánica y aumenta el riesgo de erosión, especialmente tras lluvias torrenciales, cada vez más frecuentes en un clima más cálido.

La biodiversidad también se resiente. Muchas especies de anfibios, peces e insectos dependen de humedales temporales y pequeños cursos de agua que desaparecen antes de completar sus ciclos biológicos. Al mismo tiempo, algunas plantas adaptadas a climas más húmedos pierden terreno frente a especies resistentes a la sequía, alterando el equilibrio natural de numerosos ecosistemas.

Otro efecto menos visible afecta a la calidad del agua. Con menos caudal en los ríos, los contaminantes se concentran con mayor facilidad y aumenta la temperatura del agua, reduciendo el oxígeno disponible para la fauna acuática.

Más información: World Weather Attribution

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Publicado en: Medio Ambiente

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Comentarios

  1. Beto dice

    27 julio, 2026 a las 23:48

    Sigamos como los gringos imbeciles negando el daño causado por humanos a la Naturaleza

    Responder

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