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Las poblaciones de animales en peligro de extinción se recuperan en la Isla Canguro gracias a una valla a prueba de depredadores

13 enero, 2026 Deja un comentario

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Foto: Australian Wildlife Conservancy

Australia: una cerca de 380 hectáreas impulsa la recuperación del dunnart y el whipbird en Kangaroo Island.

  • Isla-refugio sin depredadores.
  • Fauna nativa en recuperación.
  • Gatos asilvestrados, fuera.
  • Bosques quemados, vida volviendo.
  • Ciencia y saber indígena.
  • Biodiversidad como infraestructura.

Kangaroo Island, frente a la costa de Australia Meridional, se ha convertido en uno de los ejemplos más claros de cómo una infraestructura bien diseñada puede devolver la vida a un ecosistema al borde del colapso. La valla antipredadores que rodea el Western River Refuge no es un simple cerramiento: es una barrera ecológica que bloquea a los gatos asilvestrados, hoy uno de los mayores factores de extinción de pequeños mamíferos y aves en Australia.

Tras los incendios de 2019-2020, que arrasaron más del 90 % del hábitat de especies vulnerables en la isla, el paisaje quedó como una trampa abierta. Zonas sin vegetación, animales sin refugio y una presión de depredación brutal. En ese contexto, la valla dejó de ser un experimento científico para convertirse, en palabras de los propios ecólogos, en una misión de rescate.

La recuperación ha sido rápida, casi contra todo pronóstico. En apenas cinco años, poblaciones de especies en peligro como el dunnart de Kangaroo Island, un pequeño marsupial nocturno, se han duplicado, algo extraordinario para animales tan frágiles y difíciles de censar. No porque ahora tengan más comida o mejor clima, sino por algo más básico: ya no son cazados sistemáticamente por depredadores introducidos.

Las especies vulnerables de Kangaroo Island se están recuperando gracias a un recinto de 380 hectáreas libre de depredadores

El recinto protegido cubre 380 hectáreas de matorral, bosque y suelo arenoso. Puede parecer poco, pero para animales de pequeño tamaño es un mundo entero. Dentro, los procesos ecológicos vuelven a funcionar con una lógica que había desaparecido durante décadas: insectos, semillas, aves y pequeños mamíferos interactuando sin una presión artificial constante.

El dunnart no es una especie carismática, no sale en documentales de grandes mamíferos. Pero es un engranaje clave en el control de insectos y en la dispersión de semillas. Cuando sus números caen, todo lo demás empieza a fallar. Por eso que su población haya crecido entre un 90 y un 100 % es mucho más que una anécdota. Es una señal de que el sistema vuelve a equilibrarse.

Lo mismo ocurre con aves como el western whipbird o el Bassian thrush, que habían desaparecido del área tras los incendios. Su regreso dentro de la valla confirma algo que muchos proyectos de conservación ya saben: si se elimina al depredador invasor, la naturaleza no tarda tanto en responder.

Imagen: jovannig – Depositphotos.

Buen momento

La sincronía entre la construcción del cercado y la catástrofe climática de los incendios ha sido decisiva. Cuando más de nueve décimas partes del hábitat ardieron, los animales supervivientes se vieron forzados a concentrarse en pequeños parches de vegetación no quemada. Eso los hizo extremadamente visibles para los gatos asilvestrados, que se desplazaron en masa hacia esas islas verdes y las vaciaron de vida.

La valla actuó como un cortafuegos biológico. Dentro, los pocos supervivientes pudieron reproducirse sin esa presión. Fuera, muchas poblaciones siguieron cayendo. Es una lección incómoda: la restauración pasiva ya no basta en un mundo de incendios extremos y especies invasoras. A veces hay que intervenir de forma directa, incluso con estructuras físicas.

Este enfoque empieza a extenderse a otros lugares de Australia y Nueva Zelanda, donde proyectos similares combinan vallados selectivos, erradicación de depredadores y restauración vegetal. No es una solución global, pero sí una herramienta potente allí donde el ecosistema está al límite.

Impacto cultural y conocimiento

Para la comunidad Ngarrindjeri, custodios tradicionales de estas tierras, la recuperación de la fauna no es solo un éxito ambiental. Es un acto de reconexión cultural. Las especies que vuelven no son números en una hoja de cálculo: son parte de una red de historias, prácticas y relaciones con el territorio que se rompieron con la colonización y la degradación ecológica.

La colaboración entre conservacionistas y comunidades indígenas abre una vía distinta. No se trata solo de proteger animales, sino de gestionar el paisaje de forma viva, incorporando quemas culturales, manejo de vegetación y lectura del territorio a largo plazo. Un enfoque que hoy empieza a verse también en proyectos de restauración en Canadá, Estados Unidos o el norte de Europa.

La experiencia de Kangaroo Island muestra que la biodiversidad puede recuperarse incluso tras desastres climáticos severos si se reducen las presiones humanas más destructivas. En este caso, los gatos asilvestrados actuaban como un multiplicador de daño. Al eliminarlos de un área concreta, el ecosistema ha podido reorganizarse solo, sin fertilizantes, sin reintroducciones masivas, sin ingeniería pesada.

Vía www.abc.net.au

Más información: Australian Wildlife Conservancy

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Publicado en: Medio Ambiente

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