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Nuevo estudio descubre que el humo de incendios forestales anula décadas de avances en la calidad del aire en el oeste de EE. UU.

20 diciembre, 2025 Deja un comentario

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Investigadores vinculan casi la mitad del humo tóxico por incendios forestales en EE. UU. al calentamiento global entre 1997 y 2020

  • Humo de incendios como nueva fuente dominante de contaminación.
  • Décadas de aire más limpio, erosionadas.
  • Cambio climático como amplificador silencioso.
  • PM2,5 en aumento, riesgos reales para la salud.
  • Gestión forestal y adaptación, claves olvidadas.

El humo de los incendios forestales ya neutraliza décadas de avances en aire más limpio

Durante décadas, las políticas ambientales lograron algo impensable a finales del siglo XX: reducir de forma sostenida la contaminación del aire en amplias zonas de Estados Unidos. Motores más limpios, centrales eléctricas mejor reguladas, estándares más estrictos. Sin embargo, ese progreso está siendo neutralizado por un factor que hasta hace poco se consideraba secundario: el humo de los incendios forestales, cada vez más frecuente, más intenso y más persistente.

Un análisis reciente de la Universidad de Harvard muestra hasta qué punto el calentamiento global de origen humano ha cambiado las reglas del juego. Entre 1997 y 2020, alrededor del 65 % de las emisiones de los grandes incendios del oeste estadounidense estuvo directamente ligado al aumento de temperaturas provocado por la actividad humana. No es una tendencia puntual. Es estructural.

La investigación, liderada por Loretta Mickley desde la Escuela de Ingeniería y Ciencias Aplicadas de Harvard, sigue el recorrido del humo desde los bosques californianos hasta valles agrícolas, zonas urbanas y regiones desérticas interiores. El aire no entiende de fronteras administrativas. El problema tampoco.

El calentamiento intensifica los incendios

El calentamiento no solo seca los paisajes; los vuelve más inflamables. En los bosques del oeste, los investigadores estiman que entre el 60 % y el 82 % del área quemada desde principios de los años noventa puede explicarse por el aumento de temperaturas asociado al cambio climático. En California central y meridional, aproximadamente un tercio del terreno arrasado responde a ese factor, aunque la mayoría de los incendios sigan teniendo un origen humano.

Los incendios provocados por rayos muestran una relación aún más clara con el calentamiento. No porque haya más rayos, sino porque el clima determina cuánto pueden expandirse. El aire más caliente incrementa el déficit de presión de vapor, una medida de cuánta humedad “extrae” la atmósfera de plantas y suelos. Agujas de pino, matorral, pastos: todo arde mejor cuando está seco. Demasiado seco.

Para capturar ese proceso, el equipo combinó registros meteorológicos de varias décadas con datos satelitales sobre verdor y estrés hídrico de la vegetación. Ya en 2016, un estudio previo mostró que el secado inducido por la actividad humana había duplicado el área total quemada desde 1984 en los bosques occidentales. Lo actual no es una sorpresa. Es una confirmación.

Cómo se mide el calentamiento de origen humano

El estudio se centra de forma explícita en el cambio climático antropogénico, separándolo de las oscilaciones naturales año a año. Para ello, se recurrió a grandes modelos climáticos capaces de estimar cómo serían la temperatura y la humedad locales en un mundo sin ese exceso de gases de efecto invernadero.

Comparando ese escenario “sin calentamiento humano” con las condiciones reales observadas, los investigadores calcularon qué parte de los incendios puede atribuirse al clima alterado. La relación entre calor, sequedad y fuego se modeló con técnicas de aprendizaje automático, dividiendo el oeste en cinco ecorregiones distintas: bosques de montaña, California mediterránea, praderas y zonas de matorral desértico frío. Cada paisaje responde de forma distinta. El patrón, sin embargo, se repite.

Cómo el humo perjudica a la salud

El humo de los incendios no es solo una molestia visual. Contiene PM2,5, partículas tan pequeñas que atraviesan los pulmones y pueden llegar al torrente sanguíneo. Su exposición se asocia a problemas respiratorios, cardiovasculares y a un aumento claro de hospitalizaciones.

El objetivo del estudio era cuantificar hasta qué punto el cambio climático ha amplificado esa exposición. El resultado es incómodo: durante el mismo periodo en el que la contaminación industrial y del tráfico cayó alrededor de un 44 %, el aporte del humo fue en sentido contrario. En la última década analizada, el 58 % del aumento de PM2,5 procedente del humo estuvo ligado al calentamiento global.

Aquí aparece una paradoja política difícil de ignorar. Las emisiones de coches y fábricas pueden regularse. El calor extremo, las sequías prolongadas o una tormenta eléctrica, no.

Exposición al humo de los incendios forestales

En el norte de California, Oregón, Washington e Idaho, el humo impulsado por el clima llegó a representar entre el 44 % y el 66 % del PM2,5 total inhalado por la población. En algunas zonas, más de la mitad de las partículas finas respiradas procedían directamente de incendios forestales.

Los grandes años de fuego empujan el humo hacia ciudades y suburbios alejados de los focos de ignición: valles interiores de California, el Front Range de Colorado, áreas agrícolas densamente pobladas. Para estimar esa dispersión, el equipo utilizó modelos químicos de transporte atmosférico, comparando la situación actual con la de un mundo sin calentamiento adicional. La diferencia es clara. Y preocupante.

La variabilidad natural sigue presente

El mensaje no es que todo incendio sea culpa exclusiva del cambio climático. La variabilidad natural sigue jugando un papel clave, especialmente en los peores años. Los propios autores reconocen que sus modelos subestiman el área quemada en temporadas extremas en torno a un 19 %, una limitación habitual en herramientas basadas en patrones históricos.

Además, hay factores que aún no se integran del todo: la expansión urbana en la interfaz urbano-forestal, el aumento de infraestructuras, cambios en los usos del suelo. Todo eso influye tanto en las igniciones como en la exposición humana al humo.

La supresión de incendios agrava el problema del humo

Existe otra herencia incómoda. Durante más de un siglo, la política dominante fue suprimir cualquier incendio. El resultado: bosques más densos, con un sotobosque cargado de combustible que antes se eliminaba mediante fuegos frecuentes y de baja intensidad.

Cuando esas masas forestales arden hoy, lo hacen con más energía, lanzan más pavesas y superan con mayor facilidad cortafuegos y barreras. El equipo de Mickley está analizando cómo esta acumulación histórica de combustible se suma a los efectos del clima cuando coinciden sequía, calor y viento. Mala combinación.

Gestión del riesgo de incendios para reducir el humo

La gestión forestal ofrece herramientas conocidas pero difíciles de aplicar. Las quemas prescritas, realizadas en condiciones controladas, reducen el combustible acumulado y pueden moderar el comportamiento de futuros incendios. No los eliminan. Los hacen menos destructivos.

El problema es el tiempo. Las ventanas seguras para quemar son cortas y exigen planes de gestión del humo, comunicación clara con comunidades locales y coordinación con pueblos indígenas, que llevan siglos utilizando el fuego como herramienta de cuidado del territorio.

Peligros para la salud derivados del humo de los incendios forestales

Los picos breves pero intensos de PM2,5 pueden desencadenar ataques de asma, sobrecargar el sistema cardiovascular y afectar de forma desproporcionada a personas mayores, niños y mujeres embarazadas. Los grandes episodios de humo se traducen en más visitas a urgencias, sobre todo entre quienes ya padecen enfermedades crónicas.

Tratar el humo como un evento excepcional ya no funciona. Cada vez se parece más a un riesgo recurrente, previsible, que debería integrarse en la planificación sanitaria.

Qué pueden hacer las comunidades

A nivel local existen márgenes de actuación. Ampliar sistemas de predicción de humo, habilitar refugios de aire limpio, preparar escuelas y centros de salud para semanas de mala calidad del aire. Medidas simples, pero eficaces.

Mejorar la filtración en edificios y el uso de purificadores portátiles reduce de forma notable la exposición interior. Ajustar horarios laborales, especialmente para trabajos al aire libre, y facilitar mascarillas adecuadas cuando el humo es intenso, marca la diferencia. No es alarmismo. Es adaptación básica.

Más información: Large role of anthropogenic climate change in driving smoke concentrations across the western United States from 1992 to 2020 | PNAS

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Publicado en: Cambio Climático

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