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Nuevo estudio descubre que el «motor de la naturaleza se está parando» mientras el cambio climático acelera

11 febrero, 2026 1 comentario

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Imagen: MyGoodImages – Depositphotos.

Investigadores británicos descubren que los ecosistemas cambian cada vez más lento desde los años 70, pese al calentamiento global.

  • Motor ecológico perdiendo ritmo.
  • Biodiversidad sin relevo.
  • Cambio climático acelerado, naturaleza no.
  • Menos especies disponibles.
  • Señal silenciosa de degradación.

La naturaleza se desacelera mientras el clima pisa el acelerador, advierte un nuevo estudio. La idea de que el calentamiento global iba a provocar una reorganización cada vez más rápida de los ecosistemas parecía lógica. Más calor, más presión, más cambios. Sin embargo, los datos cuentan otra historia, mucho menos intuitiva y bastante más inquietante.

Los ecosistemas naturales —desde praderas alpinas hasta fondos marinos— están formados por comunidades de especies interconectadas que comparten recursos, funciones y espacios. Esa combinación concreta de especies, conocida como composición de la comunidad, nunca es fija. Cambia con el tiempo. Lo ha hecho siempre. La pregunta era si ahora, con un clima cada vez más alterado, ese cambio se estaba acelerando. La respuesta es no.

Un amplio análisis liderado por investigadores de Queen Mary University of London y publicado en Nature Communications examinó bases de datos de biodiversidad que abarcan ecosistemas marinos, de agua dulce y terrestres a lo largo de más de un siglo. El resultado rompe con muchas suposiciones previas: el reemplazo de especies a escala local no solo no se ha acelerado, sino que se ha ralentizado de forma clara.

El ecólogo Emmanuel Nwankwo, autor principal del trabajo, lo explica con una imagen potente. La naturaleza funciona como un motor autorreparable, en el que unas especies van sustituyendo a otras de manera continua. Ese motor, hoy, está perdiendo fuerza. No se gripa de golpe, pero ya no gira como antes.

El peso de las dinámicas internas

El estudio se centra especialmente en el periodo posterior a la década de 1970, cuando el aumento de la temperatura media global y las alteraciones ambientales están bien documentados. Comparando los ritmos de cambio antes y después de ese punto, los investigadores observaron algo constante: en intervalos de entre 1 y 5 años, el recambio de especies se volvió más lento, tanto en comunidades de aves terrestres como en ecosistemas marinos del fondo oceánico.

Axel Rossberg, coautor del estudio, subraya la magnitud del fenómeno. En muchos casos, las tasas de reemplazo descendieron alrededor de un tercio. No es una fluctuación menor. Es un cambio estructural.

Para entenderlo, el equipo recurrió a una teoría ecológica menos conocida fuera del ámbito académico: la fase de múltiples atractores, formulada por el físico teórico Guy Bunin en 2017. En este estado, las comunidades ecológicas no dependen tanto de cambios externos como del clima, sino de interacciones internas complejas entre especies. Competencias, equilibrios inestables, relaciones tipo “piedra-papel-tijera” que mantienen el sistema en movimiento incluso sin grandes perturbaciones ambientales.

La novedad es que este trabajo aporta evidencia empírica sólida de que esa fase no solo existe, sino que domina gran parte de la naturaleza actual. Los ecosistemas no están simplemente reaccionando al clima; están regulándose desde dentro. O intentándolo.

Una señal clara de degradación

Entonces, ¿por qué se frena ese movimiento interno? La respuesta apunta directamente a la degradación ambiental. En un ecosistema sano, existe un amplio reservorio regional de especies capaces de colonizar nuevos espacios cuando otras desaparecen localmente. Ese “almacén biológico” mantiene activo el recambio.

Cuando la actividad humana reduce hábitats, fragmenta paisajes, contamina aguas o simplifica ecosistemas, ese reservorio se vacía. Hay menos especies disponibles para entrar en el sistema. El resultado es un enlentecimiento del relevo ecológico. No porque todo esté bien, sino porque ya no queda quién sustituya a las que se pierden.

El propio Nwankwo lo resume sin rodeos: en otros estudios ya se observan impactos humanos directos asociados a esta desaceleración, y eso es motivo de preocupación real. La estabilidad aparente puede ser, en realidad, un síntoma de agotamiento.

Este hallazgo desmonta una idea peligrosa: que si un ecosistema no cambia mucho, está sano. A veces ocurre justo lo contrario. La falta de movimiento puede indicar que el motor interno de la biodiversidad se está quedando sin piezas.

Qué impacto puede tener en el medio ambiente

La ralentización del recambio de especies tiene implicaciones profundas. Ecosistemas menos dinámicos suelen ser menos resilientes, responden peor a perturbaciones extremas y se adaptan con mayor dificultad a cambios rápidos, como olas de calor, sequías prolongadas o nuevas especies invasoras. Además, la pérdida de diversidad funcional puede afectar servicios clave: polinización, regulación del clima local, fertilidad del suelo o calidad del agua.

A largo plazo, este freno silencioso puede traducirse en ecosistemas más frágiles y menos capaces de amortiguar los efectos del cambio climático, justo cuando más se necesitan esas funciones naturales.

Más información: Widespread slowdown in short-term species turnover despite accelerating climate change | Nature Communications

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Publicado en: Cambio Climático

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Comentarios

  1. Ricardo Monges Fonseca dice

    12 febrero, 2026 a las 19:18

    Estamos dormidos y no hay forma de despertar. ¿Será que ya aceptamos nuestro destino? En realidad no quiero ser pesimista, pero a este paso que vamos, sin hacer nada para evitarlo, no hay vuelta de hoja, nos espera una inminente destrucción. Lo siento por los que vienen atrás, les vamos a dejar un mundo en descomposición o lo queda de él.

    Responder

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