
Los bosques tropicales australianos, antes sumideros de carbono, ahora emiten más CO₂ del que absorben. Es el primer caso documentado de este tipo en un sistema tropical, lo que pone en duda políticas climáticas que dependen de la absorción forestal.
- Australia: selvas tropicales ya no absorben CO₂.
- Más calor, menos humedad, más árboles muertos.
- Ciclos más intensos rompen el equilibrio del bosque.
- El carbono vuelve al aire, no queda almacenado.
- Impacto global: modelos climáticos quedan cortos.
- Urge proteger, restaurar y cambiar planes de carbono.
Por qué las selvas tropicales de Australia dejaron de absorber carbono
Durante décadas, las selvas tropicales del noreste australiano —particularmente en la región de los trópicos húmedos de Queensland— fueron consideradas sumideros de carbono fiables. Ecosistemas donde el crecimiento vegetal superaba a la descomposición, manteniendo grandes cantidades de carbono atrapadas en troncos y ramas durante décadas. Hoy, esa dinámica se ha invertido. Por primera vez, un bosque tropical maduro y protegido se ha convertido en emisor neto de dióxido de carbono, una señal de alarma que pone en entredicho parte de la estrategia climática global.
Calor y sequía: enemigos silenciosos del bosque
Las selvas tropicales, por su naturaleza exuberante y biodiversa, han mantenido hasta ahora un frágil equilibrio: más carbono capturado del que liberan. Ese equilibrio se ha roto. A medida que las temperaturas aumentan y el aire se vuelve más seco, los árboles enfrentan un estrés hídrico crónico. En lugar de crecer más rápido gracias al aumento de CO₂ atmosférico —como se creía—, muchos árboles simplemente mueren antes de tiempo. Y al morir, liberan el carbono acumulado durante décadas.
Aunque los árboles no “evaporan” el CO₂, ese carbono no queda encerrado para siempre. Al morir, la madera y las raíces comienzan a descomponerse por acción de hongos, insectos y microorganismos, que liberan lentamente el carbono a la atmósfera en forma de dióxido de carbono o, en ambientes más húmedos, incluso metano. Si el bosque pierde más árboles de los que nacen, ese proceso supera la capacidad de absorción del sistema y el balance se vuelve negativo: más carbono liberado que capturado.
El caso de Australia no es aislado. Se alinea con tendencias vistas en partes del Amazonas y el Congo, donde eventos de calor extremo y sequías prolongadas también están afectando negativamente la función de los bosques como sumideros de carbono. Pero lo que hace único al estudio australiano es la calidad del monitoreo: datos constantes durante más de 40 años que muestran un cambio real, no una anomalía puntual.
Tormentas más fuertes, selvas más débiles
Los ciclones han sido parte del ciclo natural de estas selvas. Sin embargo, ahora llegan más intensos, más frecuentes y más al sur, impulsados por el calentamiento del océano. Cuando una tormenta arrasa con el dosel del bosque, no solo derriba árboles. Expone el suelo al sol, reseca el entorno y deja heridas abiertas que tardan años en sanar. Los árboles supervivientes quedan debilitados, y la regeneración es lenta e incompleta.
En regiones como la selva de Daintree, uno de los ecosistemas más antiguos del planeta, se ha visto cómo una sola temporada de ciclones puede anular décadas de captura de carbono. Esta vulnerabilidad estructural complica cualquier plan basado en la absorción forestal como solución climática.
El colapso de un sumidero cambia el juego global
El hecho de que un sistema tan resiliente haya cruzado el umbral —de sumidero a fuente de emisiones— tiene implicaciones más allá de Australia. Muchos países incluyen el crecimiento de los bosques tropicales en sus cálculos para alcanzar la neutralidad climática. Pero si los bosques empiezan a fallar, los márgenes de error se estrechan y las metas de reducción de emisiones se vuelven aún más urgentes.
Y hay más: un bosque degradado transpira menos. Eso significa menos humedad en el aire, más calor en la región y mayor riesgo de incendios. El círculo vicioso se cierra: árboles estresados, menor captación de carbono, mayor temperatura, más incendios… y así, el bosque pierde su capacidad reguladora.
La trampa de los modelos demasiado optimistas
Muchos modelos climáticos han confiado en la llamada fertilización por CO₂: la idea de que más dióxido de carbono favorece el crecimiento vegetal. Pero la evidencia en Australia muestra que ese efecto no compensa el daño de la sequía y las tormentas. Es más, puede haber generado una falsa sensación de seguridad en las estrategias de mitigación.
Actualizar estos modelos no es opcional. Es urgente. Sin datos realistas sobre la vulnerabilidad de los bosques, los inventarios nacionales y los compromisos internacionales pierden credibilidad. No se puede seguir asumiendo que los árboles harán el trabajo pesado si no se les garantiza un entorno viable.
Cuidar, conectar y restaurar: aún hay margen de acción
La pérdida parcial de la función de sumidero no significa que los bosques tropicales hayan perdido su valor climático. Pero sí que su eficacia depende cada vez más de las condiciones que les damos para sobrevivir. Preservar los bosques intactos, evitar la fragmentación del paisaje y reducir la carga de combustible forestal en zonas críticas son medidas que pueden amortiguar los impactos del cambio climático.
En paralelo, la restauración debe ser más estratégica. No basta con plantar árboles al azar. Es clave apostar por especies nativas resistentes a la sequía, estructuras de bosque con varias capas, y una planificación que anticipe el clima futuro, no el pasado.
El ejemplo de la selva australiana nos recuerda que, si bien la naturaleza es resiliente, no es invulnerable. Y que la solución más efectiva sigue siendo la misma: reducir las emisiones de gases de efecto invernadero desde su origen.
Más información: Aboveground biomass in Australian tropical forests now a net carbon source | Nature



Anónimo dice
Este artículo es sospechoso, si un árbol muere no se evapora para liberar el co2
Anónimo dice
Dejar de inventar y engañar a la gente. Los arboles absorben co2 como siempre. el problema es que la sequia es provocada con productos quimicos tirados desde aviones. si llamame conspiranoico. pero si fueras un poco inteligente podría ver que en nuestro propio boe estatal se destinan partidas de dinero para la modificacion del clima. Aparte de los cientos de articulos que hay. No se mueren por el co2, se mueren asfixiados por metales pesados, como el aluminio entre otros. Y si no me crees investiga borrego. Que os gusta creer en la ciencia aunque la ciencia se contradiga constantemente para confundir al borrego de turno.
Anónimo dice
Entonces el problema es que la selva cada vez es más pequeña, por lo tanto el modelo no sólo no se pone en duda sino que se reafirma
Oscar Martinez Perez dice
vaya asustaviejas sois, en contra de la ciencia para cuadrar con la narrativa oficial y poder justificar la deforestación para placa solares
pablo andres lencinas dice
simplemente el reservorio gigante de CO2 se achica por estrés, pero existe! su utilidad innegable! tener cuidado al informar!
A. Ibáñez dice
El artículo da que pensar, pero tiene bastante lógica. Los árboles cuando crecen absorben mucho más CO2 del que producen en la respiración (como nosotros, los árboles respian todo el tiempo), y ese CO2 lo acumulan en forma de madera, entre otras cosas. Cuando el árbol muere libera ese carbono acumulado a través de lentos procesos de descomposición, que en bosques húmedos o pantanosos suelen generar también metano (la liberación de CO2 es inmediata en caso de incendio, obviamente). No es fácil estudiar este equilibrio de emisión-absorción, pero algunas simulaciones demuestran que mientras que los bosques jóvenes son sumideros netos y muy eficaces de CO2, los bosques maduros no lo son tanto, sobre todo si se libera metano. Incluso pueden ser productores netos de GEI, como dice el artículo, por lo que no son buenos sumideros de carbono, aunque sí son tesoros para la biodiversidad, y por esto deben ser conservados y protegidos. Es un asunto complejo que no se puede comunicar con titulares a golpe de tweet.