
Estudio en China revela que los bosques naturales resisten mejor las olas de calor, mientras los plantados se recuperan más rápido.
- 🌳 Más del 70 % de las zonas analizadas, mayor resistencia del bosque natural.
- 🌡️ Calor extremo y falta de agua al mismo tiempo, la combinación más dañina.
- 🛰️ Observaciones por satélite, seguimiento de vegetación, fotosíntesis y crecimiento.
- 🌲 Plantaciones forestales, mayor pérdida de vegetación durante el episodio extremo.
- 🌱 Recuperación más rápida posterior, ventaja observada en muchos bosques plantados
- 🦋 Diversidad de especies y edades, una protección natural frente a perturbaciones.
- 💧 Suelos, raíces y carbono, daños ocultos durante meses o incluso años.
- 🌍 Restaurar ecosistemas diversos, más eficaz a largo plazo que limitarse a plantar árboles.
Los bosques naturales resisten mejor las olas de calor que las plantaciones, aunque hay un matiz importante
El gran experimento forestal que nadie había planificado
Durante el verano de 2022, la cuenca del río Yangtsé sufrió uno de los episodios de sequía y calor más intensos registrados en la región desde mediados del siglo XX.
Las temperaturas alcanzaron niveles excepcionales mientras disminuían las precipitaciones y la humedad disponible en el suelo. Más del 90 % del territorio estudiado quedó sometido simultáneamente a condiciones anormalmente cálidas y secas.
Para los investigadores, aquel episodio ofreció una oportunidad poco habitual.
En una misma región coexistían extensas superficies de bosques desarrollados de forma natural y grandes plantaciones creadas durante décadas mediante programas de reforestación.
Era posible comparar cómo respondían ambos modelos forestales ante prácticamente las mismas condiciones meteorológicas.
El resultado aporta una conclusión importante para las políticas de restauración ecológica: plantar árboles y recuperar un ecosistema forestal complejo no son procesos equivalentes.

Por qué una sequía acompañada de calor resulta especialmente peligrosa
Los árboles están adaptados a soportar periodos secos. También pueden resistir temperaturas elevadas durante determinados intervalos.
El problema aparece cuando ambas situaciones ocurren al mismo tiempo.
Con poca humedad disponible, las raíces tienen dificultades para obtener agua. Mientras tanto, las altas temperaturas aumentan la evaporación y la pérdida de agua a través de las hojas.
El árbol responde cerrando parcialmente sus estomas, pequeñas estructuras que regulan el intercambio de gases.
Esta estrategia reduce la pérdida de agua, pero tiene un coste: disminuye la entrada de dióxido de carbono y cae la fotosíntesis.
Si la situación continúa, el crecimiento se frena, disminuye la capacidad de almacenar carbono y pueden aparecer daños en los tejidos encargados de transportar agua desde las raíces hasta las hojas.
El bosque sigue en pie. A simple vista puede parecer saludable. Por dentro, no siempre ocurre lo mismo.
Los satélites permitieron medir algo más que el color de los árboles
El equipo científico comparó la respuesta de los bosques naturales y plantados utilizando observaciones obtenidas mediante satélite.
El análisis no se limitó a comprobar si las copas mantenían su color verde.
Los investigadores estudiaron tres indicadores relacionados con el funcionamiento de los ecosistemas: estado de la vegetación, actividad fotosintética y producción de biomasa mediante el crecimiento vegetal.
Esta diferencia es importante.
Un bosque puede recuperar rápidamente sus hojas después de una sequía y ofrecer desde el espacio una apariencia saludable. Sin embargo, procesos como la absorción de carbono, el crecimiento de las raíces o la actividad biológica del suelo pueden necesitar mucho más tiempo para volver a los niveles anteriores.
La apariencia exterior cuenta solo una parte de la historia.
Más del 70 % de las zonas estudiadas mostraron una ventaja del bosque natural
Durante la sequía y la ola de calor, los bosques naturales sufrieron menos daños.
En más del 70 % de las áreas analizadas, estos ecosistemas mostraron una mayor capacidad para mantener su funcionamiento frente a las condiciones extremas.
La explicación estaría relacionada con su complejidad.
Un bosque natural puede contener árboles jóvenes, ejemplares adultos y árboles centenarios. También arbustos, vegetación de sotobosque, madera muerta, hongos, microorganismos y sistemas radiculares que ocupan diferentes profundidades.
Además, las especies no responden igual ante una sequía.
Algunas reducen rápidamente su actividad. Otras disponen de raíces capaces de acceder a reservas de agua más profundas. Determinadas especies toleran mejor las temperaturas elevadas.
Esa diversidad crea una especie de seguro ecológico colectivo.
Cuando una parte del ecosistema pierde productividad, otras especies pueden mantener determinadas funciones.
El problema de construir bosques demasiado simples
Muchas reforestaciones realizadas durante las últimas décadas se diseñaron para alcanzar objetivos concretos: producir madera, estabilizar suelos, frenar la erosión o recuperar rápidamente superficies degradadas.
Eso llevó en numerosos casos a utilizar pocas especies y árboles de edades similares.
Desde el punto de vista operativo resulta sencillo. También facilita la plantación, el mantenimiento y el aprovechamiento forestal.
Desde el punto de vista ecológico presenta riesgos.
Miles de árboles con características similares pueden compartir vulnerabilidades frente a sequías, incendios, plagas o enfermedades.
Cuando llega una perturbación extrema, gran parte de la masa forestal puede responder de forma parecida.
Y ahí está el problema.
La homogeneidad puede transformar una vulnerabilidad individual en un problema para todo el ecosistema.

Los bosques plantados mostraron una ventaja inesperada
La investigación también encontró un comportamiento interesante.
Cuando los científicos analizaron la vegetación durante 2023, muchas plantaciones forestales habían recuperado su actividad con mayor rapidez.
Una posible explicación está relacionada con la edad y las características de los árboles.
Las plantaciones suelen estar formadas por ejemplares relativamente jóvenes y especies seleccionadas por su capacidad de crecimiento.
Cuando regresan las precipitaciones y aumenta la disponibilidad de agua, estos árboles pueden reactivar rápidamente su crecimiento.
Los bosques naturales funcionan de otra manera.
Contienen árboles de mayor tamaño, acumulan más biomasa y mantienen estructuras ecológicas mucho más complejas. Esa arquitectura proporciona estabilidad durante las perturbaciones, aunque también puede ralentizar determinados procesos de recuperación.
El estudio muestra así dos estrategias diferentes.
Los bosques naturales reciben mejor el golpe. Las plantaciones pueden levantarse antes después de sufrirlo.
Recuperar el color verde no significa recuperar el bosque
Uno de los aspectos más interesantes de la investigación aparece después de la sequía.
Los científicos hablan del llamado legado de la sequía, los efectos que permanecen en un ecosistema meses o años después de finalizar un episodio extremo.
Un árbol puede volver a producir hojas mientras mantiene daños internos.
Las raíces finas pueden haber disminuido. La actividad de los microorganismos del suelo puede haberse alterado. El crecimiento anual puede permanecer reducido y la capacidad de absorber carbono tardar en recuperarse.
También pueden aparecer daños acumulativos.
Un bosque que supera una sequía intensa puede quedar debilitado frente al siguiente episodio extremo, especialmente cuando apenas transcurren unos años entre una perturbación y otra.
Este fenómeno obliga a revisar cómo se mide el éxito de una restauración forestal.
Contar árboles supervivientes resulta insuficiente. También importa comprobar cómo funcionan esos árboles, cuánto carbono almacenan, qué biodiversidad mantienen y qué capacidad tienen para soportar la siguiente sequía.
Qué impacto puede tener en el medio ambiente
La diferencia entre bosques naturales y plantaciones tiene consecuencias que van mucho más allá de la supervivencia de los árboles.
Los bosques regulan el ciclo del agua, reducen la erosión, almacenan carbono, proporcionan hábitat para miles de especies y ayudan a moderar las temperaturas locales.
Cuando una masa forestal pierde rápidamente vegetación durante una sequía, disminuye la protección del suelo frente a la radiación solar y las lluvias intensas posteriores.
También puede aumentar la erosión y modificarse la cantidad de agua que llega a ríos y acuíferos.
La pérdida de actividad fotosintética reduce temporalmente la capacidad del ecosistema para retirar dióxido de carbono de la atmósfera.
Otro factor relevante es el riesgo de incendios.
Los árboles debilitados, la mortalidad forestal y la acumulación de vegetación seca pueden incrementar la cantidad de combustible disponible. En plantaciones densas y homogéneas, la continuidad de las copas puede facilitar además la propagación del fuego.
Los bosques naturales tampoco están protegidos frente a los grandes incendios. Ningún ecosistema forestal lo está. Pero una mayor diversidad estructural puede crear discontinuidades y respuestas diferentes ante las perturbaciones.
La cuestión de fondo es sencilla: cuanto más estable resulta un ecosistema frente a sequías, incendios y plagas, mayor es la probabilidad de que continúe prestando servicios ambientales durante décadas.
China lleva décadas intentando recuperar sus bosques
La cuenca del Yangtsé constituye un enorme laboratorio de restauración ecológica.
Después de décadas de deforestación y de las graves inundaciones ocurridas en 1998, China puso en marcha programas de protección forestal y recuperación de terrenos degradados a gran escala.
Uno de los objetivos era reducir la erosión del suelo y mejorar la regulación del agua en las cuencas hidrográficas.
Estos programas contribuyeron a ampliar la superficie forestal del país, aunque también generaron un debate científico sobre la calidad ecológica de las nuevas masas forestales.
Una plantación puede aumentar rápidamente la cobertura arbórea.
Crear un ecosistema capaz de mantenerse durante siglos requiere bastante más tiempo.
La experiencia acumulada en China está favoreciendo una evolución de las estrategias de restauración. Cada vez recibe mayor atención la regeneración natural, la utilización de especies autóctonas y la creación de masas forestales mixtas.
Europa también está cambiando la forma de entender la restauración forestal
La misma discusión ha llegado a Europa.
La aprobación del Reglamento europeo sobre la restauración de la naturaleza obliga a los Estados miembros a desarrollar planes para recuperar ecosistemas degradados.
El planteamiento resulta relevante porque desplaza parte de la atención desde el número de árboles plantados hacia la recuperación del funcionamiento ecológico de los territorios.
En el caso de los bosques, aspectos como la presencia de madera muerta, la diversidad de especies, la conectividad ecológica, la estructura de edades y la cantidad de carbono almacenado resultan fundamentales para evaluar su estado.
La política forestal empieza así a enfrentarse a una realidad incómoda: millones de árboles plantados pueden producir estadísticas espectaculares y, aun así, generar ecosistemas vulnerables.
Plantar menos árboles y diseñar mejores bosques
Las conclusiones del estudio no cuestionan la utilidad de las plantaciones forestales.
En terrenos erosionados, antiguas explotaciones mineras, zonas agrícolas abandonadas o paisajes muy degradados, plantar árboles puede acelerar la recuperación de la cubierta vegetal.
También existen plantaciones necesarias para producir madera, papel y otros materiales renovables.
La clave está en evitar que todas las superficies forestales se gestionen con el mismo modelo.
Introducir varias especies, mantener árboles de diferentes edades, conservar zonas de regeneración natural y reducir densidades excesivas puede aumentar la capacidad de adaptación frente a episodios extremos.
Otra estrategia consiste en favorecer la regeneración natural asistida.
En lugar de plantar miles de árboles, se eliminan las presiones que impiden la recuperación del bosque: pastoreo excesivo, incendios recurrentes, degradación del suelo o competencia de especies invasoras.
Cuando existen semillas, raíces y fragmentos de vegetación próximos, la naturaleza puede realizar buena parte del trabajo.
Y muchas veces lo hace con una diversidad difícil de reproducir mediante una plantación convencional.
El futuro de la reforestación se juega bajo tierra
Durante décadas, buena parte de la gestión forestal se ha centrado en aquello que resulta visible: árboles, copas y superficie cubierta por vegetación.
La resistencia frente a las sequías dependerá cada vez más de lo que ocurre bajo el suelo.
Los sistemas radiculares profundos permiten acceder a reservas de agua durante los periodos secos. La materia orgánica mejora la capacidad del terreno para retener humedad. Los hongos micorrícicos amplían la superficie disponible para absorber agua y nutrientes.
También importa evitar la compactación del suelo causada por maquinaria pesada o determinadas prácticas forestales.
Un suelo degradado puede limitar la resistencia del bosque aunque la superficie esté cubierta por árboles.
Por eso, los proyectos modernos de restauración empiezan a incorporar indicadores relacionados con la salud del suelo, la disponibilidad de agua y la diversidad biológica, además del número de árboles plantados.
Más información: Yong Su et al, Higher Vulnerability But Faster Recovery in Planted Than Natural Forests During the 2022 Compound Drought–Heatwave in China’s Yangtze River Basin, Water Resources Research (2026). DOI: 10.1029/2026wr044482



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