
Investigadores de UC Riverside demuestran que la sequía reduce la actividad microbiana y frena la pérdida de nitrógeno en bosques templados.
- Suelos forestales más secos, menos emisiones de nitrógeno.
- Microbios frenados por la falta de agua.
- Calor + sequía = menos gases, pero árboles estancados.
- Modelos climáticos que necesitan ajustar la humedad del suelo.
- Impacto directo en la capacidad de los bosques para absorber CO₂
Los suelos forestales liberan menos nitrógeno a medida que desaparece la humedad
Durante años, los científicos asumieron algo sobre los bosques que se calientan: si la temperatura del suelo aumenta, los microbios se aceleran y emiten más gases de nitrógeno a la atmósfera.
Ese exceso de óxido nítrico y óxido nitroso implicaría una peor calidad del aire, un mayor efecto invernadero y menos nutrientes disponibles para los árboles.
Un equipo de investigación dirigido por la Universidad de California en Riverside ha puesto a prueba esas ideas donde realmente importa: al aire libre, en condiciones reales, durante seis años consecutivos. Y lo que encontraron no siguió el guion esperado.
Suelos secos y actividad microbiana
Cuando los investigadores calentaron un bosque templado en el noreste de China aproximadamente 2ºC, las emisiones de óxido nítrico se redujeron en un 19 % y las de óxido nitroso en un 16 %.
La explicación no tiene misterio: los microbios no aceleraron. Se frenaron. El calor secó los primeros centímetros del suelo, y con menos agua, la actividad microbiana se desplomó.
“Estas mediciones le dan la vuelta a lo que creíamos,” comentó Pete Homyak, profesor asociado de ciencias ambientales en UC Riverside. “En el laboratorio, el calor puede aumentar las pérdidas de nitrógeno, pero en el campo —sobre todo cuando falta agua— los microbios pisan el freno”.
Poniendo a prueba la teoría del calentamiento del suelo
El experimento se desarrolló en el condado de Qingyuan, cerca de Shenyang, un bosque sensible a las oscilaciones de temperatura y humedad. Infraestructuras poco habituales en estudios ecológicos —calentadores infrarrojos montados sobre seis parcelas de 108 m2— elevaron la temperatura del suelo desde arriba, imitando veranos más cálidos.
Cada parcela incorporaba cámaras automáticas capaces de sellarse periódicamente, capturar los gases que emergían y analizarlos en tiempo real.
Durante seis años, estudiantes y técnicos tomaron más de 200.000 mediciones, suficientes para observar cómo los flujos de nitrógeno respondían a cada lluvia, cada ola de calor, cada semana especialmente seca. Un retrato de alta resolución del metabolismo oculto del suelo.
Los suelos forestales secos lo cambian todo
Los resultados señalan un factor que suele subestimarse: el agua. En bosques que reciben menos de 1.000 mm de lluvia al año, cualquier incremento de temperatura seca la capa superficial del suelo. Menos humedad significa microbios menos activos, y eso reduce las rutas bioquímicas que liberan óxidos de nitrógeno.
Lo curioso es que en bosques más húmedos ocurre lo contrario. Allí, el calor no llega a desecar tanto el suelo; los microbios siguen funcionando con fuerza y las emisiones suben. Dos mundos distintos dependiendo de un umbral aparentemente simple: la lluvia anual.
Impacto en los modelos climáticos
Los bosques actúan como uno de los mayores sumideros de carbono del planeta. Pero absorber CO₂ depende de que los árboles crezcan, y para crecer necesitan nitrógeno.
Si el calor eliminara sistemáticamente nitrógeno del suelo, el bosque perdería capacidad de fijar carbono. Pero si el nitrógeno permanece, el riesgo se suaviza… en apariencia.
El nuevo trabajo introduce matices: en regiones con veranos secos, el nitrógeno no se pierde, pero los árboles tampoco pueden aprovecharlo porque la sequía los limita. La humedad vuelve a ser la variable que todo lo condiciona.
El nitrógeno disminuye, los árboles se estancan
Aquí aparece un hallazgo inquietante. Aunque la pérdida de nitrógeno se reduce, los árboles expuestos al calentamiento no crecen más. Algunas observaciones preliminares apuntan incluso a un crecimiento más lento.
La explicación encaja con otros estudios recientes en Europa, Estados Unidos y Chile: el estrés hídrico supera cualquier beneficio potencial del nitrógeno disponible. Hay nutrientes, pero no agua para moverlos dentro de la planta. Un bloqueo fisiológico.
Una mirada clara a las respuestas del suelo forestal
El punto fuerte del estudio es su nivel de detalle. No son mediciones esporádicas ni extrapolaciones desde laboratorio: es una observación continua que captura pequeños cambios —una lluvia fina, un par de días de calor extremo, una semana sin nubes— y cómo esos eventos redefinen el trabajo de los microbios.
Este tipo de experimentos de largo plazo son escasos, pero están marcando tendencia: en Canadá, Suecia o Australia ya se están replicando diseños similares para incluir estos nuevos datos en los modelos de sistema terrestre que utilizan los organismos internacionales para proyectar escenarios climáticos.
Revelando qué impulsa el cambio
El equipo sigue analizando qué microbios aumentan o disminuyen su actividad con los cambios de humedad. También qué rutas del nitrógeno dominan cuando el suelo está más seco o más húmedo, y cómo los episodios de lluvia intensa pueden reiniciar el sistema.
Esa información será clave para mejorar las simulaciones climáticas. Ajustar cómo el calor y la humedad interactúan en el suelo permitirá estimar mejor tanto las emisiones de gases como la productividad real de los bosques.
Conclusiones para un mundo más cálido y más seco
La conclusión es contundente: el contexto lo cambia todo. En bosques relativamente secos, el calentamiento reduce las emisiones de óxidos de nitrógeno. En bosques húmedos, las aumenta. Pero en ambos casos, la disponibilidad de agua dictará la salud de los árboles y, en última instancia, su capacidad para absorber carbono.
El futuro climático exige modelar temperatura y humedad juntas. Separarlas lleva a interpretaciones incompletas sobre cómo respiran, crecen y se transforman los bosques.
Más información: Climate warming reduces soil gaseous nitrogen losses in a temperate forest | PNAS



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