
Boyas con enormes ojos y cometas que imitan depredadores mantienen a las aves lejos de las redes. Dos años de pruebas en el mar revelan hasta dónde funciona la idea.
- 🐦 Hasta un 71 % menos de riesgo de captura accidental con cometas disuasorias.
- 👁️ Boyas con grandes ojos móviles para mantener a las aves lejos de las redes.
- 🎣 Redes de enmalle, uno de los artes más difíciles de adaptar para proteger aves buceadoras.
- 📹 Dos años de pruebas reales, con cámaras instaladas en barcos pesqueros.
- 🌊 95.000 aves marinas buceadoras al año, atrapadas accidentalmente en redes en aguas europeas.
- ❄️ Mayor riesgo durante el invierno en la zona estudiada.
¿Por qué importa?
Las redes de enmalle plantean un problema especialmente complicado: capturan peces sin necesidad de arrastrar grandes estructuras por el fondo, pero pueden convertirse en una barrera prácticamente invisible para aves que se sumergen buscando alimento. Una investigación realizada frente a las costas de Cornualles demuestra que algo tan sencillo como colocar determinados estímulos visuales sobre el agua puede reducir considerablemente ese riesgo sin modificar radicalmente la forma de pescar.
La clave está en un planteamiento bastante práctico: evitar que el ave llegue a la red en lugar de intentar modificar su comportamiento cuando ya está bajo el agua.
Una trampa que las aves descubren demasiado tarde
Araos y alcas pasan buena parte de su vida buscando alimento bajo la superficie. Persiguen peces mediante inmersiones y pueden encontrarse con redes verticales que resultan difíciles de detectar durante la persecución.
Cuando un ave entra en una red de enmalle, sus alas, patas o cuerpo pueden quedar enganchados. Incapaz de regresar a la superficie, termina ahogándose.
El problema se conoce como captura accidental o bycatch y no afecta únicamente a las aves. Cetáceos, tortugas, tiburones y otras especies también pueden quedar atrapados en artes de pesca dirigidos originalmente a otras especies.
En el caso de las aves marinas buceadoras, se estima que unas 95.000 mueren cada año en redes de enmalle alrededor de las costas europeas.
95.000 aves marinas buceadoras quedan atrapadas y mueren cada año en redes de enmalle alrededor de las costas europeas, según la estimación utilizada por los investigadores.
Unos enormes ojos flotando sobre el mar
Una de las soluciones ensayadas parece casi demasiado sencilla.
Fishtek Marine y la organización conservacionista RSPB llevan años desarrollando la denominada Looming Eye Buoy (LEB), una boya disuasoria situada sobre la superficie del mar.
Su parte superior incorpora una cabeza giratoria con grandes patrones que imitan ojos. El movimiento crea un estímulo visual amenazante para las aves que se aproximan a la zona.
No pretende hacer visible la red bajo el agua. Su función comienza antes: intenta convencer al ave de que no merece la pena sumergirse cerca de ella.
Junto a esta boya se probó una segunda solución aún más reconocible: una cometa comercial con aspecto de ave rapaz que vuela sobre la zona de pesca.
El principio es parecido al de los espantapájaros tradicionales. Cambian el escenario y la especie, pero permanece la misma idea: aprovechar una respuesta natural ante una posible amenaza.
La boya no necesita emitir sonidos bajo el agua ni interactuar físicamente con la red. Su estrategia consiste en actuar antes de que el ave se sumerja, utilizando movimiento y señales visuales asociadas a una posible amenaza.
La prueba importante: llevarlo a barcos que realmente están pescando
Una tecnología de conservación puede funcionar estupendamente en condiciones experimentales y convertirse en un estorbo cuando llega a un barco pesquero. Aquí está una de las partes interesantes del estudio.
La investigación se desarrolló durante dos años con 10 pescadores de Cornualles. Los barcos incorporaron cámaras que permitieron registrar las capturas accidentales y comparar lo que sucedía cuando se utilizaban los dispositivos disuasorios.
Los datos fueron posteriormente analizados por investigadores de la Universidad de Exeter.
El resultado fue considerable.
Las Looming Eye Buoys redujeron un 59 % el riesgo de captura accidental de araos y alcas, mientras que las cometas consiguieron una reducción estimada del 71 %.
No se trata, por tanto, de eliminar completamente el problema. Lo relevante es demostrar que una intervención relativamente sencilla puede modificar de manera sustancial el riesgo en una pesquería real.
Boya LEB: reducción del riesgo del 59 %.
Cometa disuasoria: reducción del 71 %.
Ambos resultados proceden del ensayo realizado frente a Cornualles.
El invierno ofrece otra pista importante
El estudio descubrió además que las capturas accidentales no se distribuían uniformemente durante todo el año.
En la zona analizada, la mayoría se concentraba durante los meses de invierno.
Ese detalle puede resultar tan importante como el propio dispositivo.
En lugar de desplegar sistemas disuasorios permanentemente en grandes extensiones de costa, sería posible concentrarlos en los lugares y periodos donde coinciden una elevada actividad pesquera y una mayor presencia de aves vulnerables.
La conservación se vuelve así más quirúrgica. Menos dispositivos, colocados en el momento adecuado.
También facilita su aceptación entre los pescadores. Cualquier solución que añada trabajo, peso, mantenimiento o complicaciones a bordo tiene más posibilidades de ser utilizada si se limita a las situaciones en las que realmente aporta un beneficio.

Los pescadores forman parte del diseño
El proyecto se desarrolló con pescadores profesionales, no únicamente desde un laboratorio.
Es un detalle bastante relevante.
Un dispositivo destinado a utilizarse en el mar debe soportar viento, sal, oleaje, manipulación continua y operaciones de pesca reales. Además, no puede interferir seriamente con el despliegue y recogida de las redes.
La participación de los pescadores permitió a los investigadores identificar cómo utilizar los dispositivos de manera más práctica y qué aspectos necesitan seguir mejorándose.
Este modelo de trabajo también aparece en otros programas británicos de reducción de capturas accidentales. Durante 2026, el programa Clean Catch ha continuado realizando ensayos con el sector pesquero, combinando monitorización electrónica remota y medidas de mitigación para evaluar qué soluciones funcionan realmente en condiciones comerciales.
Hay una diferencia importante entre inventar un dispositivo y conseguir que cientos de barcos quieran utilizarlo.
No es la primera vez que un espantapájaros cambia una pesquería
Las técnicas visuales para mantener aves alejadas de los aparejos tienen precedentes bastante sólidos.
Las denominadas líneas espantapájaros, formadas por cintas o elementos visibles que se despliegan detrás de determinados barcos, llevan años utilizándose para impedir que las aves ataquen los cebos de los palangres.
La RSPB, que participa también en el desarrollo de la nueva boya, señala reducciones de la captura accidental del 98 % en palangreros de Namibia y del 95 % en arrastreros de Sudáfrica mediante medidas de este tipo.
El problema es que trasladar esas soluciones a las redes de enmalle resulta complicado.
Aquí el peligro no se concentra necesariamente junto al barco. La propia red permanece desplegada bajo el agua, a veces durante periodos prolongados. Hacía falta, por tanto, otra estrategia.
En lugar de transformar kilómetros de red, los investigadores intentan crear una zona que las aves prefieran evitar. Esa diferencia podría simplificar considerablemente la adaptación de determinadas pesquerías.
La regulación empieza a premiar una pesca más selectiva
La reducción del bycatch está dejando de ser únicamente una cuestión voluntaria.
La estrategia marina británica actualizada en 2026 establece como objetivo que la mortalidad provocada por capturas accidentales en artes de pesca estáticos y móviles no comprometa la viabilidad a largo plazo de las poblaciones de aves marinas.
Inglaterra también está desarrollando un plan específico para reducir estas capturas.
Hay incluso incentivos económicos y de acceso a recursos pesqueros. El mecanismo utilizado en Inglaterra para distribuir determinadas cuotas durante 2026 concede una puntuación mayor a artes y modificaciones que mejoren la selectividad y ayuden a reducir las capturas accidentales.
Eso puede cambiar bastante el escenario. Una solución sencilla deja de ser únicamente una herramienta conservacionista y empieza a tener valor operativo para el propio sector pesquero.
Hay una advertencia: las aves pueden aprender
Los buenos resultados obtenidos en Cornualles necesitan interpretarse con cierta cautela.
Otros experimentos realizados con dispositivos de grandes ojos han demostrado que algunas aves pueden habituarse al estímulo cuando descubren que la supuesta amenaza no representa un peligro real.
Un estudio anterior realizado en Dinamarca con una boya basada en el mismo principio encontró precisamente ese problema: determinadas aves terminaron acostumbrándose a ella.
No es necesariamente una contradicción. Las especies estudiadas, el tipo de pesquería, la disponibilidad de alimento, la colocación de los dispositivos y las condiciones ambientales pueden modificar enormemente el comportamiento.
De hecho, esa diferencia refuerza una de las conclusiones más interesantes de esta línea de investigación: no parece existir un espantapájaros universal para todos los océanos.
Será necesario determinar durante cuánto tiempo permanece el efecto disuasorio, a qué distancia funciona, qué especies responden mejor y cuándo conviene alternar estímulos para reducir la habituación.
Una reducción del 59 % o del 71 % observada en Cornualles no significa que esos porcentajes puedan trasladarse automáticamente a cualquier pesquería. El comportamiento de las aves y las condiciones de pesca cambian entre regiones.
Potencial
La mayor oportunidad quizá no esté en llenar el océano de boyas con ojos gigantes.
Está en combinar información sobre dónde y cuándo ocurren las capturas accidentales con herramientas sencillas que puedan desplegarse únicamente cuando sean necesarias.
Cámaras instaladas a bordo, monitorización electrónica, información sobre movimientos de aves y datos pesqueros pueden ayudar a identificar puntos calientes. Los dispositivos disuasorios entrarían después en juego allí donde tengan mayor probabilidad de funcionar.
Ese enfoque podría reducir costes y molestias para los pescadores mientras concentra el esfuerzo de conservación donde realmente hace falta.
También encaja con una transformación más amplia de la pesca: redes más selectivas, modificaciones que faciliten su detección por cetáceos, dispositivos para evitar capturas de tiburones y sistemas de monitorización que permiten conocer con mayor precisión lo que ocurre cuando el barco está faenando.
La tecnología no elimina por sí sola la presión que sufren las aves marinas. Pero evitar miles de muertes que no aportan ningún beneficio al pescador es uno de esos casos poco frecuentes donde conservación y eficiencia pueden apuntar exactamente en la misma dirección.
Más información: Above Water Deterrents Reduce Auk Bycatch in Gillnet Fisheries off the United Kingdom, Conservation Letters (2026). DOI: 10.1111/con4.70082

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