
Miles de agujeros en las colinas británicas ayudan a recuperar turberas que almacenan grandes cantidades de carbono.
- 🕳️ Miles de agujeros en los montes británicos.
- 🌱 Recuperación de turberas degradadas.
- 💧 Más agua retenida en el suelo.
- 🔥 Menor riesgo de incendios extremos.
- 🏭 Herencia tóxica de la Revolución Industrial.
- 🌡️ Captura natural de carbono.
- 🚜 Ingeniería ecológica a gran escala.
- 🌧️ Resistencia frente a sequías más largas.
Los agujeros que podrían ayudar a enfriar el planeta
En las colinas de los Peninos, al norte de Inglaterra, están apareciendo miles de agujeros artificiales. A simple vista parecen cicatrices sobre el paisaje. Pequeñas depresiones excavadas con maquinaria ligera, repartidas por antiguos terrenos degradados. Pero detrás de esa imagen hay uno de los experimentos de restauración climática más interesantes que se están desarrollando actualmente en Europa.
El objetivo no es estético. Tampoco agrícola. Lo que se intenta recuperar es algo mucho más valioso y a menudo ignorado: las turberas.
Estos ecosistemas húmedos acumulan materia vegetal parcialmente descompuesta durante miles de años. Ese proceso lentísimo convierte al suelo en una gigantesca reserva de carbono natural. Cuando la turbera permanece húmeda, el carbono queda atrapado bajo tierra. Cuando se seca o se degrada, ocurre justo lo contrario: libera gases de efecto invernadero a la atmósfera.
Y ahí está el problema. Durante décadas —o siglos, mejor dicho— buena parte de las turberas europeas fueron drenadas, quemadas o erosionadas por la actividad humana.
Un paisaje marcado por la minería y el carbón
Las colinas de West Pennines arrastran una larga historia industrial. Primero llegaron las minas de plomo y carbón. Más tarde, las fábricas textiles de ciudades como Manchester o Sheffield cubrieron el aire con humo cargado de partículas tóxicas.
Los metales pesados terminaron depositándose sobre el suelo de las montañas. El resultado fue devastador: muchas plantas dejaron de crecer y enormes extensiones quedaron desnudas, expuestas al viento y a la lluvia.
Con el tiempo aparecieron profundas cárcavas de erosión. Lugares que tardaron más de 8.000 años en formar turba comenzaron a degradarse en apenas unas décadas. Literalmente, el paisaje empezó a deshacerse.
No era solo un problema visual. Las turberas degradadas pasan de actuar como sumideros de carbono a convertirse en emisores de CO₂ y metano.
Según distintos estudios internacionales, las turberas almacenan más carbono que todos los bosques del planeta juntos pese a ocupar una superficie muchísimo menor. Por eso cada hectárea recuperada tiene un valor climático enorme.
El “supermusgo” capaz de almacenar agua y carbono
La pieza clave de todo este proceso es un musgo bastante discreto: el Sphagnum.
Puede retener hasta veinte veces su peso en agua y crea las condiciones perfectas para que la turba continúe creciendo. Funciona como una especie de esponja viva. Mantiene el terreno saturado, reduce la descomposición de la materia orgánica y ayuda a capturar carbono durante siglos.
Cuando desaparece el Sphagnum, la turbera pierde estabilidad. El suelo se seca. El carbono empieza a escapar lentamente. Y además aumenta el riesgo de incendios subterráneos, uno de los problemas emergentes en regiones del norte de Europa durante los veranos cada vez más cálidos.
Por eso muchos proyectos de restauración ya no se centran solo en plantar vegetación superficial. El verdadero objetivo es reconstruir las condiciones hidrológicas que permiten volver a crear turba.
Ahí es donde entran en juego esos agujeros.
Agujeros diseñados para retener agua
El proyecto británico utiliza unas estructuras llamadas scallop bunds. Son depresiones semicirculares excavadas en la superficie de la turbera con maquinaria de bajo impacto.
La idea es sencilla: frenar el agua de lluvia para que no escape rápidamente montaña abajo.
Puede parecer poca cosa. Un hoyo aquí, otro allá. Pero cuando se instalan miles de estas pequeñas estructuras, el comportamiento del ecosistema cambia por completo. El terreno retiene humedad durante más tiempo y el musgo puede recolonizar zonas donde llevaba décadas desaparecido.
En Holcombe Moor se construyeron unas 3.000 estructuras en 2021 y otras 700 en 2024. Cinco años después, muchas de ellas ya están cubiertas de vegetación y presentan acumulaciones naturales de Sphagnum.
Lo interesante es que el sistema también parece funcionar durante episodios extremos de sequía. Durante la primavera seca de 2025 —una de las más áridas registradas en Inglaterra en más de un siglo— las zonas restauradas conservaron humedad durante más tiempo que las áreas degradadas.
Y eso cambia muchas cosas.
Qué impacto puede tener en el medio ambiente
La restauración de turberas tiene efectos mucho más amplios de lo que suele imaginarse.
El primero es climático. Una turbera sana actúa como una gigantesca batería natural de carbono. Recuperarla evita emisiones futuras y favorece la captura progresiva de CO₂ atmosférico.
También mejora la gestión del agua. Los suelos húmedos reducen inundaciones repentinas porque absorben lluvia como una esponja. En regiones donde las tormentas extremas son cada vez más frecuentes, esto empieza a tener mucho peso en la planificación territorial.
Otro aspecto importante es la biodiversidad. Las turberas albergan insectos, aves y microorganismos especializados que prácticamente no sobreviven en otros ecosistemas. Cuando reaparece el Sphagnum, suele iniciarse una recuperación ecológica en cadena.
Y luego está el fuego. Las turberas secas pueden arder lentamente bajo tierra durante semanas liberando enormes cantidades de carbono y humo tóxico. En países como Reino Unido, Canadá o incluso España, donde las olas de calor se intensifican año tras año, mantener estos suelos húmedos puede convertirse en una herramienta preventiva clave.
Curioso, porque durante décadas se consideraron terrenos inútiles o improductivos.
Restaurar ecosistemas ya no es solo plantar árboles
Durante mucho tiempo, las políticas climáticas se centraron casi exclusivamente en la reforestación. Plantar árboles sigue siendo importante, claro. Pero muchos científicos advierten de que algunos ecosistemas húmedos capturan carbono de forma más estable y duradera.
Las turberas son uno de ellos.
De hecho, la Unión Europea lleva años aumentando la financiación destinada a proyectos de restauración hidrológica dentro de sus estrategias climáticas y de biodiversidad. Reino Unido también ha intensificado este tipo de actuaciones mediante programas específicos de recuperación de peatlands.
No se trata únicamente de compensar emisiones. Hay un cambio de enfoque más profundo: trabajar con procesos naturales que llevan miles de años funcionando.
Sin grandes infraestructuras futuristas. Sin promesas milagrosas.
Agua. Musgo. Tiempo.
Vía The Pennine hills are full of holes – here’s how they’re helping fight climate change



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