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Diseñan un secador de pescado sin electricidad que usa sol y piedras de granito y reduce el proceso de 4–5 días a menos de 48 horas

14 septiembre, 2026 Deja un comentario

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Solvane es un secador pasivo diseñado para comunidades pesqueras de Madagascar. Utiliza luz solar, convección natural, efecto Bernoulli y piedras de granito como almacenamiento térmico, eliminando ventiladores, motores y electricidad.

  • ☀️ Calor solar y ventilación natural
  • 🔌 Sin electricidad ni ventiladores
  • 🐟 Menos de 48 horas de secado en las pruebas
  • ⏱️ Frente a 4–5 días al aire libre
  • 🪨 Piedras de granito como reserva térmica
  • 🦟 Pescado protegido de insectos y contaminación
  • 🛠️ Materiales sencillos y reparación local
  • 🌍 Diseñado para comunidades costeras de Madagascar

¿Por qué importa?

En muchas comunidades pesqueras tropicales, conservar una captura no significa meterla en una cámara frigorífica. No hay electricidad fiable, hielo suficiente ni infraestructura de frío. Secarla al sol continúa siendo una de las alternativas más accesibles, pero deja el pescado expuesto a lluvia, humedad, polvo, insectos y cambios bruscos del tiempo.

Solvane intenta mejorar ese proceso sin convertirlo en una instalación cara o dependiente de energía. Aprovecha el sol, la circulación natural del aire y algo tan corriente como unas piedras de granito para crear un secador pasivo que puede seguir aportando calor cuando desaparece el sol.

El problema no termina cuando el pescado llega a tierra

En el suroeste de Madagascar, la pesca artesanal forma parte de la economía cotidiana de numerosas poblaciones costeras. El pescado capturado tiene que consumirse, venderse o conservarse rápidamente.

Cuando no existe una cadena de frío, el secado constituye una auténtica infraestructura de conservación.

El método más elemental consiste en extender el pescado y dejar que el sol y el viento retiren progresivamente su humedad. Funciona, es barato y lleva generaciones utilizándose. También tiene puntos débiles bastante evidentes.

Una lluvia inesperada puede interrumpir el proceso. Una humedad elevada lo ralentiza. Moscas, arena y polvo pueden alcanzar directamente el alimento. Y cuanto más tiempo permanece expuesto el pescado, mayor es el riesgo de deterioro y pérdida de calidad.

La situación tiene además una dimensión económica considerable. La pesca y la acuicultura sustentan los medios de vida de alrededor de 1,5 millones de personas en Madagascar, especialmente en las regiones costeras.

Solvane nace precisamente para ese contexto.

Una pequeña cámara que utiliza el sol como fuente de calor

A primera vista, Solvane recuerda a un armario vertical cubierto parcialmente por paneles transparentes. Dentro se colocan bandejas extraíbles de bambú sobre las que se distribuye el pescado.

La aparente sencillez es deliberada.

Los laterales y parte de la zona superior utilizan policarbonato de doble pared. La radiación solar atraviesa el material y calienta el interior, produciendo un efecto parecido al de un pequeño invernadero.

En la parte inferior aparece uno de los elementos más interesantes: piedras de granito colocadas sobre una superficie negra.

La superficie absorbe radiación y se calienta. Parte de esa energía pasa posteriormente al granito, que actúa como una masa térmica sencilla capaz de almacenar calor y liberarlo progresivamente.

No hay baterías. Tampoco resistencias eléctricas.

Hay física básica bien aprovechada.

El propio calor hace circular el aire

Calentar el pescado no basta. La humedad que sale de él tiene que abandonar la cámara.

Solvane resuelve esa segunda parte sin ventiladores.

El aire exterior entra por unas aberturas situadas en la parte baja, protegidas mediante mallas reemplazables contra insectos. Cuando ese aire se calienta dentro de la estructura, disminuye su densidad y asciende.

Durante el recorrido atraviesa las bandejas, recoge parte de la humedad liberada por el pescado y continúa hacia la parte superior.

Es el conocido efecto chimenea: el movimiento del aire aparece por diferencias de temperatura y densidad, sin necesidad de un motor que fuerce la circulación.

La salida superior incorpora además una cubierta doble. Cuando el viento pasa por el espacio estrecho existente entre sus elementos, ayuda a generar una zona de menor presión y favorece la extracción del aire húmedo.

En términos prácticos: el sol proporciona calor y ese mismo calentamiento contribuye a generar la ventilación necesaria para evacuar humedad.

Las piedras de granito resuelven uno de los puntos débiles del secado solar

Un secador exclusivamente solar tiene un problema bastante obvio. Al caer la noche deja de recibir energía.

Las nubes también pueden arruinar la jornada.

Aquí aparece la característica más particular de Solvane.

Las piedras situadas en la parte inferior pueden calentarse durante las horas de sol y liberar después lentamente parte de esa energía. Pero el diseño contempla otra posibilidad: sacarlas, calentarlas sobre un fuego y volver a introducirlas en el secador.

El sistema obtiene así una fuente auxiliar de calor extremadamente simple.

No convierte al equipo en independiente de las condiciones meteorológicas y tampoco proporciona el control térmico de un secador industrial. Lo que hace es ampliar el margen de funcionamiento con recursos que pueden encontrarse en comunidades sin una infraestructura energética avanzada.

De Madagascar a Singapur: el diseño ya ha cambiado después de probarlo

El proyecto no surgió únicamente de un dibujo conceptual.

Su creador comenzó estudiando las pérdidas posteriores a la captura y contactó con organizaciones vinculadas a las comunidades pesqueras de Madagascar. De ese trabajo aparecieron cuatro problemas prioritarios: contaminación, meteorología variable, falta de espacio y lentitud del secado.

También se establecieron condiciones bastante exigentes para la solución: bajo coste, ausencia de electricidad, materiales disponibles localmente y facilidad de reparación.

Las primeras ideas fueron modificándose con pruebas físicas.

Por ejemplo, inicialmente se estudió una salida de aire con geometría Venturi. Los ensayos con humo mostraron que la extracción no era suficientemente buena, por lo que terminó sustituida por la actual cubierta doble.

Posteriormente se llevó un prototipo a pequeña escala al suroeste de Madagascar. Las observaciones realizadas allí mostraron otro problema: la parte superior bloqueaba demasiado la radiación solar. El diseño volvió a modificarse incorporando una zona transparente y ajustando la separación entre las bandejas a partir de las opiniones recibidas.

Una versión posterior se probó en las condiciones cálidas y húmedas de Singapur.

Ahí llegó uno de los resultados que justifican seguir desarrollando el concepto: el pescado necesitó menos de 48 horas para secarse, frente a los aproximadamente 4–5 días que puede requerir el método abierto utilizado como referencia por el proyecto.

Es una diferencia importante. También conviene ponerla en contexto: todavía procede de un prototipo a pequeña escala, no de una campaña prolongada de producción comercial en aldeas costeras.

El secado solar no es nuevo. La combinación sí aporta algunas ideas interesantes

Los secadores solares para pescado existen desde hace décadas. Habitualmente combinan una cubierta transparente, superficies donde colocar el producto y aberturas para favorecer la circulación del aire.

La propia FAO considera estos sistemas una de las tecnologías capaces de reducir las pérdidas asociadas al secado artesanal.

Solvane no reinventa ese principio.

Su interés está en combinar varias soluciones pasivas dentro de una estructura concebida específicamente para condiciones costeras variables: captación solar, efecto invernadero, convección natural, protección física frente a insectos, extracción favorecida por el viento y almacenamiento térmico mediante piedra.

Esto lo sitúa en un punto intermedio interesante.

Un secador abierto apenas requiere infraestructura, pero ofrece poco control. Un secador industrial permite controlar temperatura, humedad y flujo de aire con mucha más precisión, aunque exige energía, inversión y mantenimiento.

Solvane intenta quedarse con una parte de las ventajas de ambos extremos.

Menos pérdidas pueden valer más que producir más pescado

Aquí aparece una consecuencia que suele pasar desapercibida.

Incrementar la disponibilidad de pescado no exige necesariamente aumentar las capturas.

Evitar que parte de lo ya capturado se deteriore también aumenta la cantidad de alimento que finalmente puede aprovecharse.

Esto resulta especialmente relevante en pesquerías artesanales sometidas a presión ambiental. Si una comunidad consigue comercializar una proporción mayor de la misma captura, puede aumentar sus ingresos sin que ese beneficio dependa directamente de extraer más recursos marinos.

Además, un producto correctamente secado puede conservarse durante más tiempo y desplazarse hacia mercados situados más lejos de la costa. Para comunidades con acceso irregular al transporte, disponer de más margen temporal tiene valor económico.

No todo se resuelve con una máquina, claro. Higiene durante la manipulación, calidad inicial del pescado, almacenamiento posterior, salado cuando corresponda y condiciones de transporte continúan determinando la seguridad y calidad final.

Un problema global que también está impulsando la refrigeración solar

La necesidad que intenta resolver Solvane forma parte de un desafío mucho mayor.

En 2025, la FAO publicó una guía específicamente dedicada al uso de energía solar y cadena de frío en la pesca de pequeña escala. La organización señala que la falta de electricidad fiable, refrigeración e instalaciones para fabricar hielo contribuye a las pérdidas de alimentos, reduce la calidad y limita el acceso de los pescadores a mercados de mayor valor.

La fotovoltaica está abriendo una vía: cámaras frigoríficas, producción de hielo y sistemas de refrigeración alimentados con energía solar.

Solvane plantea otra ruta bastante más elemental: cuando la refrigeración completa resulta demasiado costosa, mejorar una técnica de conservación que la comunidad ya conoce.

Ambas aproximaciones pueden coexistir.

Una población con suficiente capacidad económica y mantenimiento técnico puede beneficiarse de una cadena de frío fotovoltaica. En lugares más aislados, un secador pasivo construido y reparado localmente podría tener más sentido.

El verdadero examen será construirlo a tamaño real

Solvane todavía no es un producto comercial.

El siguiente paso previsto es construir un prototipo a escala completa y probarlo durante periodos prolongados en la costa de Madagascar. Esas pruebas deberán medir tiempo de secado, higiene, mantenimiento y resistencia de los materiales.

También está previsto estudiar diferentes tamaños: desde unidades domésticas hasta modelos mayores destinados a pequeños vendedores, además de comprobar su funcionamiento con otros productos del mar.

Esta fase será decisiva.

Un dispositivo pasivo puede funcionar muy bien a pequeña escala y encontrar dificultades al aumentar su capacidad. Más pescado significa mucha más agua que extraer, mayores exigencias de circulación del aire y posibles diferencias de temperatura entre bandejas.

Además, en un alimento perecedero no basta con demostrar que pierde agua más rápido. Será necesario comprobar humedad final, uniformidad del secado, seguridad microbiológica y calidad del producto.

Potencial

El mayor potencial de Solvane probablemente no esté en sustituir grandes instalaciones de procesamiento. Está en lugares donde esas instalaciones difícilmente llegarían.

Una tecnología de este tipo podría convertirse en infraestructura comunitaria de muy baja complejidad para pequeñas cooperativas pesqueras, mercados rurales o aldeas alejadas de redes eléctricas fiables.

La fabricación mediante talleres locales también merece atención. Si la mayor parte de la estructura puede producirse y repararse cerca del lugar donde se utiliza, se reduce la dependencia de repuestos especializados y se genera conocimiento técnico dentro de la propia comunidad.

Otra posibilidad pasa por combinar tecnologías.

El secado pasivo podría convivir con pequeñas instalaciones fotovoltaicas de refrigeración, producción solar de hielo o sistemas de almacenamiento. El pescado de mayor valor podría mantenerse refrigerado mientras otras capturas destinadas a conservación se procesan mediante secado.

La cuestión de fondo resulta especialmente interesante para la transición ecológica: no todas las soluciones climáticas necesitan más electrónica, baterías o automatización.

A veces, mejorar el aprovechamiento del sol, el viento y los materiales disponibles resulta suficiente para resolver una parte importante del problema.

Solvane todavía tiene que demostrar que puede hacerlo fuera del prototipo. Si supera esa prueba, su principal virtud podría ser precisamente esa: hacer más con muy poca energía y con una tecnología que las comunidades puedan entender, mantener y reparar por sí mismas.

Vía James Dyson Award

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Publicado en: Gadgets Ecológicos, Energía solar

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