
El proyecto VELA parte de un residuo muy concreto —los carretes plásticos de filamento para impresión 3D— y los rediseña como módulos flotantes que sombrean la superficie de depósitos de agua. De esta forma intenta resolver simultáneamente dos problemas: residuos plásticos y pérdida de agua por evaporación.
- 💧 Hasta 339,8 km³ de agua perdidos cada año por evaporación en grandes embalses.
- ♻️ Bobinas de impresión 3D con una segunda vida.
- 🌊 Módulos flotantes que se agrupan por sí mismos sobre el agua.
- ☀️ Menos radiación solar directa sobre la superficie.
- 🧪 Prototipo todavía pendiente de ensayos de evaporación a escala real.
¿Por qué importa?
Guardar agua en un embalse no significa conservarla intacta. Una parte importante vuelve continuamente a la atmósfera, especialmente cuando coinciden temperaturas elevadas, radiación solar intensa, aire seco y viento.
Al mismo tiempo, la expansión de la impresión 3D genera otro problema bastante menos visible: miles de bobinas de plástico quedan vacías después de consumir el filamento.
VELA intenta conectar ambos residuos de eficiencia. En vez de fabricar un objeto nuevo exclusivamente para cubrir el agua, propone diseñar la bobina de filamento desde el principio para que, una vez terminada su primera función, pueda convertirse en un módulo flotante capaz de sombrear un embalse, estanque o depósito.
La idea ha sido desarrollada en Taiwán por Han Sheng Chang y Craig Lin, de la Universidad Tatung, y presentada al James Dyson Award 2026.

Una bobina que no termina su vida cuando se acaba el filamento
El planteamiento resulta interesante porque cambia una decisión que normalmente se toma al final de la vida de un producto.
Una bobina convencional se diseña para almacenar y alimentar filamento a una impresora 3D. Cuando queda vacía, su utilidad prácticamente desaparece. Puede reutilizarse artesanalmente o reciclarse, siempre que exista un sistema adecuado, pero continúa siendo una pieza relativamente voluminosa fabricada con material plástico.
VELA plantea otra lógica: diseñar desde el principio esa bobina pensando en su segunda función.
Durante su primera etapa trabaja como un carrete convencional. Después de consumir el filamento, puede recogerse y trasladarse hasta una masa de agua donde comienza una segunda vida completamente distinta.
Allí deja de ser embalaje o soporte y pasa a funcionar como elemento de control de la evaporación.

Ese cambio aparentemente pequeño encaja con una idea cada vez más importante dentro de la economía circular: reutilizar un producto completo suele conservar más valor que triturarlo inmediatamente para recuperar su material.
Cómo consigue mantenerse flotando
La geometría de VELA tiene poco que ver con una bobina convencional vista de cerca.
El cuerpo incorpora cámaras huecas curvas que retienen aire. Esa reserva de aire proporciona la flotabilidad necesaria para que la pieza permanezca parcialmente sumergida y relativamente estable.
El equilibrio es importante.




Con demasiado poco volumen de aire, el módulo se hundiría. Con demasiado, flotaría excesivamente alto y podría volverse inestable. Los diseñadores fueron modificando el volumen interior hasta conseguir que el prototipo permaneciera aproximadamente medio sumergido.
El orificio central también planteaba un problema. Es necesario durante la impresión para colocar la bobina en el eje de la máquina, pero una vez sobre el agua permitiría que una parte importante de la radiación solar atravesara directamente el módulo.
La solución consiste en una estructura hexagonal móvil en el centro. Se abre mientras la bobina está instalada en la impresora y vuelve a cerrar el espacio cuando se retira.
Así, una característica necesaria durante su primera vida prácticamente desaparece durante la segunda.
El detalle de 3,5° que hace que las piezas se comporten como escamas
Cubrir grandes superficies utilizando cientos o miles de módulos independientes introduce otro problema: conectarlos entre sí complicaría mucho la instalación.
Los primeros prototipos de VELA utilizaban bordes plegables y sistemas de unión. Funcionaban, pero obligaban a montar una especie de plataforma flotante pieza por pieza.
Los diseñadores terminaron eliminando las conexiones.
La versión actual tiene una superficie superior ovalada y un borde exterior inclinado aproximadamente 3,5°. El diseño aprovecha el movimiento del agua, el equilibrio de las piezas y su interacción superficial para que los módulos puedan aproximarse y superponerse parcialmente.
El resultado recuerda a las escamas de un pez.
Ese solapamiento tiene dos funciones interesantes: permite cerrar parte de los huecos entre módulos y evita la necesidad de construir previamente una estructura rígida.
Encontrar el ángulo adecuado requirió varias iteraciones. Con otras inclinaciones, los bordes chocaban entre ellos y dificultaban el solapamiento. Los ensayos preliminares realizados por el equipo señalaron esos 3,5° como la configuración que facilitaba mejor el deslizamiento entre piezas.
El objetivo real: cortar parte de la energía que impulsa la evaporación
VELA no intenta detener físicamente cada molécula de agua que alcanza la superficie.
El mecanismo es más simple.
La capa flotante reduce la cantidad de superficie directamente expuesta al Sol y modifica las condiciones inmediatamente encima del agua. Menos radiación puede significar menor calentamiento superficial y, en determinadas condiciones, una reducción del intercambio de agua con la atmósfera.
La estrategia no es nueva. Desde hace años se investigan mallas de sombreo, cubiertas flotantes, discos, estructuras modulares e incluso las conocidas bolas flotantes utilizadas en depósitos de agua.
Lo distinto aquí es el origen del material.
VELA pretende que una parte importante de la infraestructura necesaria para crear esa sombra ya haya cumplido previamente otra función útil.
Un problema de agua mucho mayor de lo que parece
El contexto explica por qué merece la pena investigar soluciones de este tipo.
Un estudio publicado en Journal of Hydrology calculó la evaporación de 7.242 grandes embalses del planeta utilizando datos correspondientes al periodo 1985-2016.
La estimación media alcanzó 339,8 km³ de agua al año.
Son aproximadamente 930.000 millones de litros diarios.
El estudio también encontró una tendencia ascendente de alrededor de 2 km³ adicionales por año durante el periodo analizado.
No toda esa agua puede recuperarse cubriendo embalses. Tampoco sería ambientalmente razonable cubrir indiscriminadamente cualquier masa de agua. El dato muestra, más bien, la enorme dimensión de una pérdida que suele pasar desapercibida cuando se habla de almacenamiento hídrico.
Y en regiones cálidas y secas cobra todavía mayor importancia.
Las cubiertas flotantes funcionan, aunque el diseño importa mucho
VELA todavía debe demostrar cuánto puede reducir realmente la evaporación. Sin embargo, existe bastante investigación sobre el principio físico que pretende aprovechar.
Ensayos realizados con diferentes sistemas de sombreo y elementos flotantes han encontrado reducciones muy variables dependiendo de la superficie cubierta, geometría, viento, radiación, color, temperatura y movimiento del agua.
Un estudio publicado en 2025 en Agricultural Water Management, por ejemplo, probó esferas flotantes de polietileno de alta densidad con distintos porcentajes de cobertura. La inhibición de la evaporación osciló entre aproximadamente 13,6 % y 60,2 %, dependiendo de la cobertura utilizada.
El viento apareció como uno de los condicionantes importantes. Por encima de aproximadamente 10,7 m/s, la eficacia de aquellas esferas disminuía.
Otro trabajo experimental realizado en España por investigadores de la Universidad Politécnica de Cartagena encontró reducciones del 75 % y 83 % utilizando una y dos capas de malla negra de sombreo en un evaporímetro.
Son tecnologías diferentes y esas cifras no pueden trasladarse directamente a VELA. Sirven para demostrar algo más básico: reducir radiación y modificar el intercambio entre la superficie del agua y la atmósfera puede disminuir considerablemente las pérdidas, pero el rendimiento final depende mucho de cómo se diseñe la cubierta.
El plástico es precisamente una de las grandes preguntas
Reutilizar plástico no convierte automáticamente un producto en sostenible.
Una bobina colocada durante años a la intemperie estaría sometida a radiación ultravioleta, cambios de temperatura, oxidación, oleaje y desgaste mecánico. Si el material termina volviéndose quebradizo, podría generar pequeñas partículas.
Los propios responsables de VELA reconocen este problema.
La siguiente fase del desarrollo contempla pruebas de envejecimiento por radiación UV, fragmentación y riesgo de generación de microplásticos, además de estudiar posibles aditivos resistentes a la radiación ultravioleta.
Es probablemente uno de los ensayos más importantes del proyecto.
Una cubierta destinada a conservar agua perdería buena parte de su sentido ambiental si terminara introduciendo plástico degradado en esa misma agua.
Un sistema circular necesita logística, no únicamente un buen objeto
La segunda vida de las bobinas tampoco aparece por arte de magia.
Una de las partes menos llamativas visualmente de VELA puede acabar siendo decisiva: su sistema de devolución.
El proyecto contempla estaciones públicas con postes en los que los usuarios van colocando las bobinas vacías. Cuando uno de ellos alcanza su capacidad, puede retirarse cargado y sustituirse por otro vacío.
La intención es simplificar clasificación, almacenamiento y transporte.
Este componente resulta particularmente importante porque muchas propuestas de economía circular funcionan bien como objeto y mal como sistema. Sin devolución, mantenimiento, propietarios claramente identificados y logística inversa, una bobina reutilizable continúa teniendo muchas posibilidades de terminar en un contenedor.
VELA intenta diseñar ambas cosas al mismo tiempo.
De las bolas flotantes de Los Ángeles a una pieza con doble función
Las cubiertas modulares tienen un precedente bastante conocido: las shade balls utilizadas en instalaciones de abastecimiento de Los Ángeles.
Las bolas negras de polietileno alcanzaron notoriedad mundial por cubrir enormes superficies de determinados depósitos. Aunque suelen asociarse principalmente con el ahorro de agua, uno de los objetivos originales del sistema era reducir determinadas reacciones fotoquímicas y proteger la calidad del agua.
Posteriormente, el control de la evaporación aumentó el interés por estas soluciones.
El planteamiento de VELA toma parte de esa lógica y añade una pregunta diferente: ¿tiene sentido fabricar millones de piezas exclusivamente para flotar sobre el agua cuando podría diseñarse algún producto existente para asumir después esa función?
Ahí está probablemente la idea más interesante del proyecto.
No tanto inventar otra cubierta flotante. Convertir un residuo futuro en infraestructura desde su diseño original.

Todavía queda bastante agua por medir
Por ahora, VELA debe considerarse un prototipo experimental, no una tecnología comercial para ahorrar agua.
El equipo ha realizado pruebas preliminares de flotabilidad y agrupación. La siguiente etapa pretende cuantificar la reducción real de evaporación y el porcentaje de superficie cubierta con distintas densidades de módulos.
También tendrá que evaluar comportamiento con viento, oleaje, suciedad, mantenimiento, duración y recuperación de piezas.
Sus responsables señalan como posibles lugares para realizar pruebas iniciales el embalse de Shimen y el Bade Pond Natural Ecological Park, en Taiwán.
Asimismo, plantean contactar con fabricantes de impresión 3D y filamento como Bambu Lab y Polymaker, además de probar sistemas de recogida en Tatung University, National Taiwan University of Science and Technology, FabLab Taipei y Songshan Creator Factory.
Son planes de desarrollo. No equivalen todavía a acuerdos comerciales ni despliegues confirmados.
Potencial
El futuro más interesante para VELA probablemente no estaría en cubrir grandes embalses naturales con millones de bobinas.
Existe un terreno mucho más manejable en balsas agrícolas, depósitos artificiales, instalaciones industriales y determinados sistemas cerrados de almacenamiento de agua, donde controlar el entorno y recuperar posteriormente las piezas resulta bastante más sencillo.
En esos lugares podrían combinarse tres principios útiles: ahorro de agua, prolongación de la vida de los materiales y diseño para reutilización.
También ofrece una enseñanza trasladable a otros productos.
La economía circular suele concentrarse en encontrar una salida para algo que ya se ha convertido en residuo. VELA invierte el orden: pregunta qué podría hacer el producto después y modifica su geometría antes de fabricarlo.
Ese enfoque podría aplicarse a envases, embalajes industriales, componentes logísticos y muchos otros objetos producidos en grandes cantidades.
Antes tendrá que superar preguntas nada menores. Cuánta agua conserva realmente. Cuántos años dura. Qué sucede con el plástico expuesto al Sol. Cuánto cuesta recoger cada bobina. Cuál es su impacto sobre la calidad del agua. Y, finalmente, si fabricar una bobina algo más compleja compensa ambientalmente la segunda función obtenida.
Si los ensayos responden favorablemente, VELA podría demostrar algo bastante potente: un residuo se puede evitar mucho antes de que exista, empezando por darle un trabajo para después.

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