
Unas baterías LFP conservan alrededor del 85 % de su capacidad después de casi 14 años trabajando.
- 🔋 Casi 14 años de funcionamiento real.
- ⚡ Alrededor del 85 % de capacidad restante.
- 🧪 Más de 50 celdas analizadas.
- 🌞 Almacenamiento de energía eólica y solar.
- 🔄 Hasta unos 1.000 ciclos adicionales estimados.
- ⏳ Posible segunda vida de aproximadamente una década.
- 🇨🇳 Proyecto Zhangbei, en China.
¿Por qué importa?
La duración real de una batería determina buena parte de su impacto ambiental y económico. Si un sistema puede funcionar durante más de una década y todavía conserva suficiente capacidad para seguir prestando servicio, cada kilogramo de materiales empleado en fabricarlo produce valor durante mucho más tiempo. Y eso cambia bastante la conversación sobre almacenamiento renovable, segunda vida y reciclaje.
Casi 14 años después, las baterías siguen lejos de estar agotadas
En diciembre de 2011 comenzó a funcionar en China el proyecto Zhangbei de generación eólica, solar y almacenamiento, una instalación pionera que combinaba energías renovables con un gran sistema de baterías.
CATL participó en aquel proyecto cuando la compañía apenas iniciaba su trayectoria. El sistema incorporaba 63 MWh de almacenamiento con baterías de iones de litio y permaneció operativo hasta junio de 2025.
Lo interesante ha llegado después.
Una vez retirado el sistema, CATL recuperó más de 50 de sus celdas prismáticas de litio-ferrofosfato (LFP) originales y las llevó al laboratorio para analizar qué había ocurrido en su interior tras casi 14 años.
El resultado comunicado por el fabricante resulta poco habitual por el tiempo transcurrido: las celdas conservaban aproximadamente el 85 % de su capacidad inicial.
No eran baterías guardadas en un almacén. Habían formado parte de una instalación destinada a cargar y descargar electricidad durante años para ayudar a gestionar producción renovable.
≈14 años de servicio real
≈85 % de capacidad restante
>50 celdas recuperadas y analizadas
63 MWh de almacenamiento en el proyecto Zhangbei
Lo más interesante estaba dentro de las celdas
Medir la capacidad restante era solo una parte del trabajo. CATL desmontó y examinó las celdas para comprobar cómo habían envejecido sus componentes.
Según la información divulgada sobre los análisis, ánodo y cátodo continuaban correctamente alineados, mientras que el proceso de inserción de litio permanecía en buenas condiciones. Tampoco se observaron señales evidentes de deterioro severo del grafito.

Esto ayuda a entender por qué una batería puede perder relativamente poca capacidad incluso después de muchos años.
Una batería no envejece únicamente por acumular ciclos. También influyen la temperatura, el estado de carga, la profundidad de descarga, la corriente utilizada y el tiempo que permanece en determinados niveles de carga.
Precisamente ahí las LFP tienen algunas características interesantes para almacenamiento estacionario. Utilizan un cátodo de litio, hierro y fosfato, prescindiendo de níquel y cobalto, y ofrecen una estabilidad térmica elevada y una larga vida de ciclo.
A cambio, su densidad energética suele ser inferior a la de otras químicas de ion-litio utilizadas cuando ahorrar peso y espacio resulta prioritario.
Las celdas proceden de una instalación construida en una etapa muy temprana de CATL. La propia compañía sitúa su fundación en 2011, el mismo año en que participó en el proyecto Zhangbei.
Una batería vieja no tiene por qué convertirse inmediatamente en residuo
El dato más sugerente aparece al preguntarse qué hacer ahora con esas celdas.
CATL considera que podrían soportar aproximadamente 1.000 ciclos adicionales y prestar servicio durante alrededor de otros 10 años en aplicaciones estacionarias pequeñas o auxiliares.
Eso no significa que vayan a durar exactamente una década. La vida restante dependerá de cómo se utilicen, la temperatura de funcionamiento, las corrientes aplicadas y los límites de carga y descarga.
Pero plantea una cuestión importante: el final de la primera aplicación puede llegar bastante antes que el final físico de la batería.
Una celda que ya no cumple los requisitos de un determinado sistema puede continuar siendo útil en una aplicación menos exigente.
Es la misma lógica que empieza a utilizarse con baterías retiradas de vehículos eléctricos: diagnóstico, clasificación y reutilización antes de recurrir al reciclaje.
Una batería no tiene que pasar directamente de “en uso” a “residuo”. Entre ambos extremos puede existir una etapa de reutilización para autoconsumo, respaldo eléctrico, microrredes o almacenamiento renovable.
El 85 % no significa que cualquier batería LFP vaya a durar 14 años así
Aquí conviene poner freno a una conclusión demasiado tentadora.
El resultado de Zhangbei no demuestra que todas las baterías LFP conservarán el 85 % de capacidad después de 14 años.
Las condiciones de una instalación estacionaria son diferentes de las de un automóvil. Una batería de coche soporta cambios constantes de potencia, temperaturas ambientales muy distintas, aceleraciones, frenadas regenerativas y, dependiendo del usuario, cargas rápidas frecuentes.
Además, falta un dato especialmente útil para interpretar completamente el resultado: el número total de ciclos equivalentes completos acumulados por estas celdas durante esos casi 14 años.
Y existe otra limitación importante. Los análisis divulgados fueron realizados por CATL sobre sus propias celdas. El resultado tiene valor porque procede de equipos utilizados durante años en una instalación real, pero no equivale a una validación independiente ni a un estudio científico revisado por pares.
14 años no equivalen automáticamente a 14 años dentro de un coche. Temperatura, carga rápida, profundidad de descarga y gestión térmica pueden modificar considerablemente la degradación.
La ciencia sí está encontrando vidas muy largas para las LFP
Aunque el resultado de CATL deba interpretarse con esa cautela, no aparece aislado.
Investigaciones recientes sobre envejecimiento de baterías LFP han documentado celdas sometidas a periodos de utilización extremadamente largos. Un estudio publicado en 2025 sobre baterías LFP destinadas a primera y segunda vida llegó a analizar más de 14 años de edad total, con algunas celdas alcanzando miles de ciclos.

Otros trabajos están intentando precisamente resolver uno de los grandes problemas de la industria: esperar diez años para descubrir cuánto durará una batería nueva resulta poco práctico. Los ensayos acelerados combinados con modelos de degradación permiten estimar su vida útil utilizando temperaturas y corrientes controladas.
Hay otro detalle relevante. La degradación puede acelerarse repentinamente después de una etapa aparentemente estable. Es el conocido como “codo de envejecimiento”, uno de los motivos por los que conocer únicamente la capacidad actual no basta para predecir cuánto tiempo seguirá funcionando una batería.
Para aprovechar baterías durante 15, 20 o incluso más años hará falta mejorar también el diagnóstico de su estado interno.
No se trata únicamente de fabricar más baterías. El objetivo debería ser conseguir más años de servicio y más electricidad almacenada con cada batería fabricada, para después recuperar sus materiales.
Europa se prepara precisamente para conocer mejor la vida de cada batería
Esta cuestión está empezando a trasladarse también a la legislación.
El Reglamento europeo de baterías contempla expresamente la reutilización, la readaptación, la remanufactura y el reciclaje dentro del ciclo de vida de estos productos.
Además, a partir del 18 de febrero de 2027, las baterías de vehículos eléctricos y determinadas baterías industriales comercializadas en la Unión Europea deberán disponer de un pasaporte digital de batería.
Ese registro incorporará información sobre identificación, características técnicas, durabilidad y otros datos necesarios para seguir mejor el producto durante su vida.
La consecuencia práctica puede ser importante para la segunda vida. Saber qué batería es, cómo está diseñada y cuál es su estado facilita decidir si todavía puede reutilizarse o si resulta más razonable enviarla directamente a reciclaje.

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