
Estudio en Alemania revela que los bosques actúan como sumideros de microplásticos transportados por la atmósfera desde los años 50.
- Microplásticos en el aire, transporte invisible.
- Deposición en copas de árboles, efecto “peine” natural.
- Lluvia y hojas caídas, vía hacia el suelo.
- Acumulación en hojarasca y capas profundas.
- Bosques como indicadores de contaminación atmosférica.
- Nueva presión sobre ecosistemas ya vulnerables.
Los microplásticos ya no son solo un problema marino. Tampoco exclusivamente urbano. Están en el aire. Y desde ahí, sin ruido, están entrando en los bosques, uno de los ecosistemas que hasta ahora se consideraban relativamente protegidos frente a este tipo de contaminación difusa.
Lo inquietante no es solo su presencia, es cómo llegan y cómo se quedan.
Microplásticos caen del cielo y contaminan los bosques
Durante años se ha asociado la contaminación por plásticos a vertidos visibles o a una mala gestión de residuos. Este estudio cambia el foco. Señala a la atmósfera como principal vía de entrada, algo que encaja con investigaciones recientes que ya detectaban microplásticos en nieve alpina, lluvia o incluso en zonas remotas del Ártico.
Aquí aparece un concepto clave: el llamado “efecto peine”. Las copas de los árboles actúan como una especie de filtro natural. Las partículas suspendidas en el aire se quedan atrapadas en las hojas. No es algo anecdótico. Es un proceso constante.
Después, la naturaleza hace el resto. Lluvia. Viento. Caída de hojas en otoño. Todo ese material cargado de partículas acaba en el suelo forestal.
Sin intervención humana directa. Sin ruido. Pero acumulándose.
Cómo las partículas plásticas se mueven hacia el suelo
Una vez en el suelo, los microplásticos no desaparecen. Se integran.
El punto crítico está en la hojarasca, esa capa superficial de hojas en descomposición. Ahí se detectan las mayores concentraciones. Tiene sentido: es donde las hojas caídas liberan lo que habían retenido.
Pero el proceso no se detiene en la superficie.
La actividad biológica —hongos, bacterias, invertebrados— y la propia dinámica del suelo favorecen que estas partículas migren hacia capas más profundas. Poco a poco. Año tras año. Es una especie de almacenamiento silencioso.
Y aquí aparece una implicación importante: los suelos forestales como sumideros de microplásticos. No los eliminan, los acumulan.

Midiendo microplásticos en suelo, hojas y aire
El estudio no se limita a observar, también propone una forma de medir con mayor precisión. El equipo desarrolló un método específico para analizar microplásticos en hojas, algo que hasta ahora era complicado por la complejidad de las superficies vegetales.
Además, combinaron este análisis con técnicas espectroscópicas y modelos históricos. Esto permitió estimar la entrada de microplásticos desde la década de 1950, coincidiendo con la expansión masiva del plástico a nivel global.
No es casualidad. Es el mismo periodo en el que la producción de plásticos se dispara exponencialmente.
Este tipo de metodologías abre la puerta a algo relevante: poder comparar bosques, regiones y tendencias. Y entender mejor el alcance real del problema.
Bosques como indicadores de contaminación plástica en el aire
Una de las ideas más interesantes del estudio es que los bosques pueden funcionar como sensores ambientales naturales.
Si en un suelo forestal hay una alta concentración de microplásticos, no necesariamente significa que haya una fuente local. Puede ser el reflejo de una contaminación atmosférica difusa, transportada a larga distancia.
Esto cambia la forma de interpretar el problema. Ya no se trata solo de dónde se genera el residuo, también de cómo se dispersa.
En Europa, por ejemplo, se han detectado microplásticos transportados cientos o incluso miles de kilómetros. Procesos similares a los del polvo sahariano, pero con partículas plásticas.
Invisible. Global. Difícil de controlar.
Una nueva preocupación ambiental y potencial riesgo para la salud
Los bosques ya están bajo presión por el cambio climático, la sequía o las plagas. La entrada de microplásticos añade una capa más de complejidad.
Aún no se conocen del todo sus efectos sobre los ecosistemas forestales, pero empiezan a surgir señales preocupantes: alteraciones en la estructura del suelo, interferencias en la retención de agua, posibles impactos en microorganismos clave.
Y luego está el aire.
Si estas partículas están llegando a los bosques desde la atmósfera, significa que también forman parte del aire que se respira. Estudios recientes han detectado microplásticos en pulmones humanos y en sangre. No es una hipótesis lejana.
Es algo que ya está ocurriendo.
Qué impacto puede tener en el medio ambiente
La acumulación de microplásticos en suelos forestales puede alterar procesos fundamentales que sostienen la vida en estos ecosistemas.
Por un lado, afecta a la estructura del suelo. Las partículas plásticas pueden modificar la porosidad, la capacidad de retención de agua y el intercambio de gases. En escenarios de sequía, esto podría agravar el estrés hídrico de los árboles.
También hay efectos potenciales sobre la biodiversidad del suelo. Microorganismos, hongos micorrícicos e invertebrados desempeñan un papel clave en el reciclaje de nutrientes. La presencia de plásticos puede interferir en estos procesos, aunque todavía se está investigando el alcance real.
Otro aspecto menos visible: los microplásticos pueden actuar como vectores de contaminantes. Pueden transportar metales pesados o compuestos tóxicos adheridos a su superficie, introduciéndolos en ecosistemas donde antes no estaban presentes.
Y finalmente, la conexión con el clima. Los suelos forestales son grandes reservorios de carbono. Si su funcionamiento se ve alterado, podría afectar a su capacidad de almacenamiento de carbono, un servicio ecosistémico clave en la lucha contra el calentamiento global.
Vía TU Darmstadt
Más información: Collin J. Weber, Moritz Bigalke. Forest soils accumulate microplastics through atmospheric deposition. Communications Earth, 2025; 6 (1) DOI: 10.1038/s43247-025-02712-4



Arnaud Inchauspe dice
Otros Dalton
Pero pagos.
Que hipocresía.