
La científica británica convirtió una idea aparentemente sencilla en uno de los mensajes centrales de toda su vida: nuestras decisiones cotidianas tienen consecuencias y cada persona puede elegir qué impacto quiere dejar en el mundo.
Jane Goodall dedicó más de seis décadas a estudiar la naturaleza, defender la biodiversidad y recordar algo que a menudo olvidamos cuando hablamos de grandes problemas ambientales: ningún cambio colectivo ocurre sin millones de pequeñas decisiones individuales.
De ahí una de sus frases más conocidas:
«Lo que haces marca la diferencia, y tienes que decidir qué diferencia quieres marcar».
La cita, difundida durante años por el propio Instituto Jane Goodall, resume buena parte de su filosofía. No habla simplemente de hacer “algo bueno”, sino de asumir que incluso no actuar es una forma de influir en lo que ocurre a nuestro alrededor.
Una científica que cambió nuestra forma de mirar a los animales
Jane Goodall nació en Londres el 3 de abril de 1934. Desde niña mostró una enorme curiosidad por los animales y soñaba con viajar a África para estudiarlos.
Ese sueño empezó a hacerse realidad en 1957, cuando viajó a Kenia y conoció al paleoantropólogo Louis Leakey. Tres años más tarde, con 26 años, comenzó a estudiar chimpancés salvajes en lo que actualmente es el Parque Nacional de Gombe Stream, en Tanzania.
Allí realizó una observación que cambiaría la primatología.
Goodall comprobó que los chimpancés eran capaces de fabricar y utilizar herramientas, algo que en aquel momento se consideraba una característica prácticamente exclusiva de los seres humanos. Sus investigaciones también mostraron comportamientos sociales mucho más complejos de lo que se suponía hasta entonces.
El proyecto que inicialmente debía durar unos meses terminó convirtiéndose en el estudio continuado de chimpancés salvajes más prolongado del mundo.
Aunque habitualmente se la describe como primatóloga, Goodall prefería definirse como etóloga y conservacionista, y obtuvo un doctorado en Etología por la Universidad de Cambridge pese a no haber cursado previamente una carrera universitaria convencional.
De estudiar chimpancés a intentar proteger el planeta
Con el paso de los años, Goodall comprendió que estudiar a los chimpancés no era suficiente.
Los bosques donde vivían estaban amenazados por la deforestación, la expansión agrícola, la pobreza y la presión humana sobre los recursos naturales. Proteger a una especie exigía también comprender las necesidades de las comunidades que compartían ese territorio.
Esa idea terminó siendo fundamental en el trabajo del Instituto Jane Goodall, fundado en 1977.
Su enfoque dejó de limitarse a la protección de los grandes simios y empezó a conectar conservación, desarrollo local, bienestar animal, educación y restauración de ecosistemas.
Goodall entendía que separar los problemas ambientales de los problemas sociales conduce con frecuencia a soluciones incompletas.
«Lo que haces marca la diferencia»
La fuerza de su famosa frase está precisamente en que no promete que una persona vaya a solucionar por sí sola el cambio climático, la pérdida de biodiversidad o la contaminación.
El planteamiento es diferente.
Cada vez que compramos un producto, elegimos cómo desplazarnos, decidimos qué comemos, reducimos un residuo, reutilizamos algo que todavía sirve o apoyamos una determinada iniciativa, estamos favoreciendo un determinado modelo económico y ambiental.
La frase completa que el Instituto Jane Goodall ha utilizado en numerosas ocasiones refuerza todavía más esta idea:
«No puedes pasar un solo día sin tener un impacto en el mundo que te rodea. Lo que haces marca la diferencia, y tienes que decidir qué tipo de diferencia quieres marcar».
No significa que todas las responsabilidades sean iguales. Las decisiones políticas, las empresas, el diseño de las ciudades, la producción energética o los grandes sistemas industriales tienen una influencia enormemente superior a la de una sola persona.
Pero también es cierto que las transformaciones sociales necesitan ciudadanos que cambien hábitos, exijan nuevas políticas y conviertan determinadas alternativas en opciones mayoritarias.
Goodall insistió durante décadas precisamente en esa conexión entre acción individual y transformación colectiva.
La esperanza, para Goodall, no consistía en esperar
Otro elemento fundamental de su pensamiento era la esperanza.
Pero no entendida como la confianza pasiva en que los problemas terminarán resolviéndose solos.
Para Goodall, la esperanza tenía sentido únicamente cuando estaba acompañada de acción.
Esa filosofía quedó especialmente reflejada en Roots & Shoots, el programa creado por ella en 1991 para involucrar a niños y jóvenes en proyectos relacionados con las personas, los animales y el medio ambiente.
Con el tiempo, la iniciativa se extendió internacionalmente y se convirtió en una de las partes más importantes de su legado. El Instituto Jane Goodall continúa utilizándola para impulsar proyectos dirigidos por jóvenes en decenas de países.
La idea es sencilla: identificar un problema cercano y hacer algo concreto para mejorarlo.
Puede tratarse de recuperar un espacio degradado, reducir residuos, proteger fauna local, plantar vegetación autóctona o ayudar a una comunidad.
No es necesario empezar cambiando el mundo entero. Se puede empezar cambiando una pequeña parte de él.
Un mensaje especialmente vigente frente a la crisis ambiental
Actualmente sabemos que problemas como el calentamiento global, la destrucción de hábitats o la pérdida de especies requieren transformaciones estructurales enormes.
Cambiar sistemas energéticos, electrificar el transporte, proteger ecosistemas, transformar la agricultura o reducir el consumo de combustibles fósiles exige inversiones, tecnología, regulación y cooperación internacional.
Pero todo ese proceso también depende de algo menos visible: la aceptación social del cambio.
Las sociedades terminan modificando sus prioridades cuando suficientes personas consideran que determinados problemas ya no pueden ignorarse.
Ahí es donde el pensamiento de Goodall sigue resultando especialmente relevante.
Su mensaje evita dos extremos frecuentes.
El primero consiste en pensar que todo depende del consumidor, descargando sobre cada persona responsabilidades que corresponden también a gobiernos y empresas.
El segundo consiste en asumir que las decisiones individuales no sirven para nada porque los problemas son demasiado grandes.
Goodall proponía una posición mucho más práctica: reconocer la dimensión de los problemas sin utilizarla como excusa para permanecer inmóviles.
Una vida dedicada a convertir conocimiento en acción
Jane Goodall falleció por causas naturales el 1 de octubre de 2025, a los 91 años, mientras se encontraba en California durante una gira por Estados Unidos. Hasta prácticamente el final de su vida continuó viajando, impartiendo conferencias y defendiendo la conservación de la naturaleza.
Su legado científico es enorme, pero probablemente su influencia va mucho más allá de los estudios sobre chimpancés.
Goodall ayudó a cambiar nuestra percepción sobre la inteligencia y las emociones de otros animales y dedicó después buena parte de su vida a trasladar ese conocimiento fuera de los laboratorios y las universidades.
Su pregunta terminó siendo mucho más amplia que cómo viven los chimpancés.
Era también cómo queremos vivir nosotros.
Porque nuestras decisiones dejan huella sobre los ecosistemas, los animales y otras personas, incluso cuando esa huella resulta difícil de ver.
Y quizá por eso aquella frase continúa funcionando como una síntesis extraordinariamente sencilla de su pensamiento:
«Lo que haces marca la diferencia, y tienes que decidir qué diferencia quieres marcar».
No exige realizar acciones extraordinarias.
Exige algo bastante más cotidiano: ser conscientes de que siempre estamos eligiendo qué tipo de mundo ayudamos a construir.

Deja una respuesta