
Investigación en EE. UU. revela que la exclusión del fuego aumentó drásticamente la vulnerabilidad de los bosques maduros a incendios severos.
- Bosques antiguos, identidad del noroeste del Pacífico.
- Fuego excluido, riesgo acumulado.
- Carbono atrapado, emisiones en juego.
- Refugios frente al fuego, piezas clave.
- Gestión activa, no solo protección.
- Clima más cálido, incendios más severos.
Los bosques maduros y de crecimiento antiguo del noroeste del Pacífico no son solo paisajes espectaculares. Son sistemas vivos complejos, capaces de regular la temperatura local, retener agua en el suelo, albergar biodiversidad única y almacenar grandes cantidades de carbono durante décadas, incluso siglos. Por eso, cuando arden de forma severa, la pérdida va mucho más allá de los árboles.
Un nuevo análisis lanza un mensaje incómodo: muchos de estos bosques afrontan hoy su mayor riesgo de incendios extremos precisamente en zonas que antes ardían con frecuencia, pero de manera mucho menos destructiva. Un cambio silencioso, acumulado durante más de un siglo.
Cuando el fuego deja de ser parte del bosque
Durante miles de años, gran parte del oeste de Estados Unidos convivió con incendios frecuentes de baja o media intensidad. No eran catástrofes, sino procesos ecológicos normales que eliminaban matorral, árboles jóvenes y madera muerta, manteniendo los bosques más abiertos y resistentes.
La exclusión prolongada del fuego alteró ese equilibrio. Sin incendios periódicos, la densidad de árboles aumentó, se acumuló combustible en el suelo y especies sensibles al fuego ocuparon espacios donde antes no prosperaban. El resultado no es inmediato, pero sí predecible: cuando el fuego vuelve, lo hace con más energía, más altura y más capacidad de arrasar copas enteras.
Aquí está la paradoja. Bosques que históricamente resistían bien el fuego ahora son más vulnerables a incendios de alta severidad, justo cuando el clima añade presión extra con temporadas más largas, secas y calurosas.
Mucho más que árboles viejos
Los bosques maduros y antiguos no son un lujo estético. Funcionan como reservorios de biodiversidad, sumideros de carbono y espacios culturales y económicos para muchas comunidades. Sin embargo, los incendios que sustituyen completamente un bosque por otro estado —los llamados incendios de reemplazo total— están aumentando.
El análisis revela un dato clave: el 75 % de las áreas con mayor riesgo de incendios severos coincide con zonas donde históricamente eran comunes los fuegos de baja o media intensidad. Es decir, el problema no surge en cualquier lugar, sino allí donde el fuego fue eliminado durante demasiado tiempo.
Políticas del pasado, riesgos del presente
El fuego no desapareció por azar. La interrupción de la gestión indígena del territorio, basada en quemas controladas y conocimiento local, marcó un punto de inflexión a mediados del siglo XIX. A esto se sumó, ya en el siglo XX, una política federal centrada casi exclusivamente en la supresión total de incendios, reforzada tras grandes catástrofes como el incendio de 1910.
Aquella estrategia tenía sentido en su contexto. Protegía pueblos, infraestructuras y vidas humanas. Pero también rompió procesos ecológicos esenciales. Con el tiempo, los bosques cambiaron por dentro: estructura, especies, carga de combustible. Hoy, con el calentamiento global acelerando el riesgo, esas decisiones pesan más que nunca.
Refugios frente al fuego
No todo arde igual, incluso en los incendios más extremos. Existen zonas que, por su topografía, humedad, orientación de las laderas o proximidad al agua, tienden a sufrir daños menores. Son los llamados refugios frente al fuego.
Estos espacios permiten que especies sensibles sobrevivan y facilitan la regeneración posterior del ecosistema. En el área analizada —unos 24 millones de acres de bosques federales— cerca de 1,8 millones de acres de bosques maduros o antiguos se encuentran dentro de estos refugios naturales. Las estimaciones indican que podrían reducir el riesgo global de incendios severos hasta en un 20 %.
No es poca cosa.
Dónde el riesgo es mayor
El estudio identifica zonas especialmente vulnerables. Los bosques subalpinos cercanos al límite arbóreo son escasos y frágiles. También destaca la región de las montañas Klamath, donde el riesgo de incendios severos se combina con un alto potencial de emisiones de carbono.
Aquí el impacto climático es directo. Cuando un incendio elimina un bosque antiguo, el carbono acumulado durante generaciones puede liberarse en días, mientras la capacidad de absorción cae durante años o décadas, hasta que el bosque se recupera, si lo hace.
Del hacha al fuego
Durante gran parte del siglo XX, la principal amenaza para los bosques antiguos fue la tala. Hoy, el panorama ha cambiado. Desde el año 2000, las tierras federales han perdido 2,6 millones de acres de bosque maduro y 700.000 acres de bosque antiguo, principalmente por incendios.
La tendencia es clara: más superficie quemada, mayor severidad, más incendios causados por actividad humana y sequías más intensas, todo amplificado por el cambio climático y por paisajes cargados de combustible acumulado.
Mapas para decidir mejor
Proteger estos bosques no es cuestión de aplicar una receta única. El análisis apuesta por combinar datos geográficos y ecología del fuego para identificar dónde basta con proteger y dónde es imprescindible restaurar activamente.
En algunos lugares, dejar que el bosque siga su curso puede ser suficiente. En otros, reducir densidad, eliminar combustible o reintroducir fuegos controlados puede marcar la diferencia entre un incendio manejable y una pérdida irreversible.
Qué impacto puede tener en el medio ambiente
La gestión basada en el riesgo real puede reducir emisiones de carbono, proteger hábitats críticos y mejorar la resiliencia de los ecosistemas frente a un clima cambiante. También disminuye la probabilidad de incendios catastróficos que afectan a comunidades humanas, calidad del aire y recursos hídricos.
No se trata de luchar contra el fuego, sino de reaprender a convivir con él. Devolverle su papel ecológico, sin poner en peligro a las personas ni a los ecosistemas más sensibles.
Más información: Exposure and carbon risk for mature and old-growth forests from severe wildfire in the Pacific Northwest, U.S.A. | npj Natural Hazards



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