
Bosques estadounidenses aumentan su capacidad de captura de carbono: hasta 89 millones de toneladas anuales por envejecimiento forestal.
- Bosques como sumideros.
- Carbono atrapado en suelos y troncos.
- Clima cambiante, efectos mixtos.
- Gestión forestal, decisiones humanas.
- Reforestación y envejecimiento del bosque.
- Políticas climáticas y contabilidad realista.
Los bosques de Estados Unidos están almacenando más carbono que en cualquier otro momento de las últimas décadas. Un fenómeno silencioso, lejos de grandes titulares, que los ha convertido en uno de los aliados climáticos más sólidos del país en la lucha contra el calentamiento global. No se trata de un solo factor milagroso, sino de una combinación compleja entre condiciones climáticas cambiantes y decisiones humanas sobre cómo se gestionan, talan o protegen los ecosistemas forestales.
Investigadores de la Universidad Estatal de Ohio han analizado datos del inventario forestal nacional para separar qué parte de ese aumento de carbono se debe a procesos naturales y cuál está directamente relacionada con la forma en que se usa el territorio. Esta distinción no es menor. Permite saber hasta qué punto los países están reduciendo emisiones por voluntad propia o, simplemente, beneficiándose de tendencias climáticas que podrían cambiar.
«Identificar y separar estas influencias no se había hecho de esta manera antes«, explica Brent Sohngen, uno de los autores del estudio. Con este enfoque, la contabilidad de carbono deja de ser una cifra global y pasa a convertirse en una herramienta para diseñar políticas más honestas y eficaces.

Bosques como amortiguadores del clima
Los árboles y los suelos forestales funcionan como una especie de banco natural de carbono. Absorben dióxido de carbono de la atmósfera y lo almacenan en la madera, las raíces y la materia orgánica del suelo durante años o incluso siglos. En regiones como la Amazonía o la cuenca del Congo, los bosques actúan como sumideros “pasivos”, capturando más carbono del que liberan sin demasiada intervención humana.
En paisajes templados, como gran parte de Estados Unidos y Europa, la historia es menos simple. La tala, la urbanización y la fragmentación del territorio pueden convertir un bosque en una fuente neta de emisiones si la regeneración no compensa las pérdidas. Por eso, la gestión importa. Mucho.
“Los bosques que no se están gestionando están haciendo justo lo que se espera de ellos: actuar como amortiguadores del ecosistema”, señala Sohngen. Pero también lanza una advertencia clara. A medida que se alcanzan ciertos umbrales climáticos, la capacidad de los bosques para seguir absorbiendo carbono empieza a debilitarse. No es una garantía eterna.

Qué impulsa el carbono forestal
Para entender por qué el almacenamiento de carbono ha crecido tanto, el equipo de investigación analizó seis grandes motores que influyen en la dinámica forestal.
- El primero es la temperatura. En algunas regiones, inviernos más suaves y estaciones de crecimiento más largas aceleran el desarrollo de los árboles. En otras, el calor extremo y las sequías generan estrés, reduciendo la capacidad de crecimiento y aumentando la mortalidad.
- La precipitación es otro factor decisivo. Controla desde la productividad de los suelos hasta el riesgo de incendios forestales. Un patrón de lluvias más irregular puede traducirse en bosques más vulnerables.
- El aumento del dióxido de carbono en la atmósfera también juega su papel. En ciertos contextos, actúa como un fertilizante, favoreciendo la fotosíntesis y el crecimiento vegetal. Sin embargo, este efecto no es infinito ni igual para todas las especies.
- Luego está la gestión forestal: plantar, clarear, talar o dejar crecer. Cada decisión modifica la cantidad de carbono que se queda en el sistema o que vuelve al aire.
- La estructura de edades del bosque resulta especialmente relevante. Un paisaje dominado por masas jóvenes en fase de crecimiento rápido suele capturar más carbono que uno formado por árboles muy viejos, cuyo crecimiento se ha ralentizado.
- Por último, la superficie forestal total sigue siendo clave. La pérdida de bosques por expansión urbana o agrícola resta capacidad de captura, mientras que la reforestación y la recuperación de tierras abandonadas la incrementan.
La sorpresa del estudio no fue que todos estos factores influyeran, sino comprobar hasta qué punto los procesos naturales y las decisiones humanas estaban entrelazados en los resultados.
El carbono a lo largo del tiempo
Entre 2005 y 2022, los cambios en temperatura y patrones de lluvia contribuyeron a un aumento de aproximadamente 66 millones de toneladas métricas de carbono al año en los bosques estadounidenses. El efecto “fertilizante” del CO₂ atmosférico también sumó una parte de ese crecimiento.
Las acciones humanas, en cambio, empujaron en direcciones opuestas. La deforestación y la conversión de suelo redujeron el carbono forestal en torno a 31 millones de toneladas métricas anuales. La plantación de árboles y la reforestación compensaron parcialmente esas pérdidas, con unos 23 millones de toneladas métricas al año añadidas.
Pero el mayor aporte no vino de una política concreta ni de un programa masivo de plantación. Llegó de la estructura de edad de los bosques. A medida que más superficies entraron en sus fases de crecimiento más productivas, el sistema sumó cerca de 89 millones de toneladas métricas de carbono al año.
En otras palabras, permitir que los bosques maduren, especialmente en sus décadas de mayor actividad biológica, puede ser tan relevante como plantar nuevos árboles.

Cuándo intervenir y cuándo dejar hacer
Uno de los mensajes más interesantes del estudio es que los bosques no siempre necesitan una intervención constante para cumplir su función climática. En muchos casos, proteger y dejar evolucionar puede ser la mejor estrategia.
Pero ese “muchas veces” tiene matices. En regiones expuestas a incendios cada vez más intensos, plagas o sequías prolongadas, la falta de gestión puede aumentar el riesgo de perder grandes cantidades de carbono en poco tiempo.
La clave está en entender el contexto local. Un bosque en el noroeste húmedo no enfrenta los mismos desafíos que uno en el suroeste semiárido. La gestión puede ser un escudo o un problema, según cómo se aplique.
Separar qué parte del carbono capturado se debe al clima y cuál a la acción humana permite a los gobiernos diseñar mercados de carbono más creíbles, fijar prioridades de conservación y orientar las inversiones hacia las zonas donde realmente marcan la diferencia.
Implicaciones para las políticas climáticas
Los autores del análisis insisten en que una contabilidad clara evita la autocomplacencia. No es lo mismo capturar carbono porque el clima favorece el crecimiento que hacerlo gracias a políticas de protección, restauración o gestión sostenible.
Ambas situaciones pueden reflejarse en los balances nacionales, pero solo una implica capacidad de control a largo plazo. Y esa diferencia pesa cuando se planifican compromisos climáticos para las próximas décadas.
El siguiente paso es afinar la escala. Los promedios nacionales pueden ocultar problemas graves a nivel regional. Hay condados donde el crecimiento forestal se ralentiza, donde los incendios aumentan o donde los bosques están envejeciendo más allá de sus años de mayor captura.
Un seguimiento detallado ayuda a decidir dónde conviene plantar, dónde merece la pena proteger masas maduras y dónde es urgente adaptar los ecosistemas a un clima que ya no es el de hace cincuenta años.
“Hay que pensar cómo abordar los impactos del cambio climático en las regiones donde el crecimiento forestal se está frenando y encontrar la mejor manera de preparar esos bosques para el futuro que viene”, resume Sohngen.
Qué impacto puede tener en el medio ambiente
El fortalecimiento del papel de los bosques como sumideros de carbono puede traducirse en menos presión sobre otros sectores para reducir emisiones de forma inmediata. Eso no sustituye la transición energética, pero sí gana tiempo valioso.
Además, los bosques bien gestionados mejoran la calidad del aire, regulan el ciclo del agua y protegen los suelos frente a la erosión. En zonas rurales, una política forestal inteligente puede generar empleo en restauración ecológica, gestión sostenible y prevención de incendios.
La conexión con la biodiversidad también es directa. Bosques diversos y estructuralmente complejos suelen ser más resilientes frente al clima extremo y más eficaces capturando carbono a largo plazo.
Vía osu.edu
Más información: How much of the forest sink is passive? Case of the United States | PNAS



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