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Nuevo estudio descubre que los microplásticos en el suelo favorecen herbáceas frente a pastos al alterar el crecimiento vegetal en suelos áridos

28 mayo, 2026 Deja un comentario

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Imagen: RudiErnst – Depositphotos.

Científicos del CSIC detectan en Almería que los microplásticos pueden aumentar un 61% el crecimiento de algunas plantas y reducir un 21% el de gramíneas.

🔬 Microplásticos en el suelo.
🌱 Herbáceas favorecidas; gramíneas debilitadas.
🏜️ Ecosistemas áridos más vulnerables.
💧 Cambios en agua y aire bajo tierra.
⚠️ Alteración silenciosa del equilibrio natural.
🧪 Efectos temporales engañosos en la germinación.
🌍 Nueva señal de alerta para la agricultura mediterránea.

Los microplásticos cambian las reglas del suelo en Almería: unas plantas avanzan y otras empiezan a desaparecer

Lo preocupante de los microplásticos no siempre se ve a simple vista. Muchas veces el problema empieza bajo tierra, donde apenas hay cámaras ni titulares. Ahí, entre raíces, humedad y microorganismos, pequeñas partículas de plástico están modificando procesos básicos de los ecosistemas secos del Mediterráneo.

El estudio realizado en Almería y publicado en Plant and Soil apunta justo en esa dirección. No habla únicamente de contaminación acumulada. Va más allá. Describe cómo los microplásticos pueden actuar como un auténtico “selector biológico”, favoreciendo determinadas especies vegetales mientras otras pierden capacidad para crecer, germinar o competir.

Y eso, en zonas áridas, tiene bastante más importancia de la que parece.

Un suelo que deja de comportarse como suelo

El suelo sano funciona como una esponja compleja. Retiene agua, permite circular aire, alimenta microorganismos y mantiene una estructura física donde las raíces pueden desarrollarse. Cuando aparecen microplásticos —fragmentos diminutos procedentes de envases, fibras textiles, neumáticos, acolchados agrícolas o residuos degradados— ese equilibrio empieza a alterarse.

Las partículas plásticas cambian la densidad y la porosidad del terreno. Algunas favorecen que el agua se infiltre demasiado rápido; otras crean zonas más compactadas o secas. Incluso pueden modificar la temperatura superficial y la actividad microbiana.

En ambientes como los del sureste español, donde cada gota cuenta, esas pequeñas variaciones pueden tener consecuencias enormes con el paso de los años. Un detalle. Un cambio mínimo repetido miles de veces.

Los investigadores observaron que determinadas gramíneas sufrían más estrés al depender de capas superficiales del suelo, precisamente las más afectadas por la acumulación de partículas. Varias herbáceas, en cambio, mostraron mayor tolerancia e incluso un crecimiento superior durante ciertas fases.

El falso “beneficio” de que algunas plantas crezcan más

A primera vista podría parecer positivo que algunas especies aumenten su biomasa hasta un 61%. Pero el propio estudio desmonta esa interpretación rápidamente.

Un ecosistema equilibrado no necesita que una planta crezca más a cualquier precio. Necesita diversidad, estabilidad y relaciones funcionales entre especies. Cuando unas avanzan demasiado y otras retroceden, el sistema entero empieza a perder resiliencia.

Las gramíneas cumplen funciones ecológicas clave en zonas secas: ayudan a fijar suelo, reducen erosión, retienen humedad y sirven de refugio y alimento para numerosos organismos. Si disminuyen progresivamente, aparecen efectos en cadena difíciles de revertir.

Además, muchas herbáceas oportunistas tienen ciclos más rápidos y menos capacidad para proteger el terreno frente a sequías prolongadas. En otras palabras: más crecimiento no implica necesariamente un ecosistema más sano. A veces ocurre justo lo contrario.

Almería y el desafío invisible bajo los cultivos

El caso de Almería tiene una relevancia especial por varios motivos. La provincia combina agricultura intensiva, estrés hídrico, zonas semiáridas y una elevada presencia de materiales plásticos vinculados a invernaderos y sistemas agrícolas.

Aunque el estudio no responsabiliza directamente a la agricultura intensiva local de estos efectos, sí encaja dentro de una preocupación creciente en toda Europa: la acumulación progresiva de microplásticos agrícolas en los suelos.

La Agencia Europea de Medio Ambiente lleva años alertando sobre el aumento de contaminación plástica terrestre, un problema menos visible que el marino pero probablemente más persistente. De hecho, algunos estudios internacionales ya estiman que una gran parte del plástico termina depositándose en tierra, no en océanos.

En agricultura, las fuentes son variadas: cubiertas plásticas degradadas por radiación solar, tuberías, envases, fertilizantes encapsulados, lodos de depuradora o fibras procedentes del lavado de ropa sintética que llegan al agua reutilizada.

Y claro, en regiones secas donde el suelo ya trabaja al límite, cualquier alteración adicional pesa mucho más.

Los microorganismos del suelo también podrían verse afectados

Uno de los aspectos más delicados del problema apenas empieza a estudiarse. Los microplásticos no interactúan solo con las plantas. También afectan a bacterias, hongos y pequeños organismos responsables de mantener vivo el suelo.

Algunas investigaciones recientes detectan alteraciones en micorrizas —hongos esenciales para que muchas plantas absorban nutrientes y agua— además de cambios en comunidades microbianas fundamentales para el ciclo del carbono y del nitrógeno.

Eso significa que el impacto podría extenderse más allá de la vegetación visible. El suelo pierde eficiencia biológica poco a poco. Y recuperar esa complejidad natural puede llevar décadas.

En zonas áridas, donde la regeneración ecológica ya es lenta por naturaleza, el problema adquiere otra dimensión.

Qué impacto puede tener en el medio ambiente

La principal amenaza no está únicamente en cada planta individual, está en la transformación gradual del paisaje.

Si ciertas especies empiezan a dominar sobre otras debido a la presencia continua de microplásticos, podrían cambiar procesos enteros relacionados con la erosión, el almacenamiento de carbono o la biodiversidad.

Menos gramíneas y más especies oportunistas puede traducirse en suelos menos estables frente a lluvias torrenciales, un fenómeno especialmente relevante en regiones mediterráneas donde las DANAs y episodios extremos son cada vez más frecuentes.

También existe preocupación por la posible entrada de partículas y compuestos asociados en cadenas alimentarias terrestres. Algunos estudios ya han detectado microplásticos en lombrices, insectos y sistemas radiculares. Todavía queda mucho por investigar, aunque la tendencia preocupa bastante a la comunidad científica.

A eso se suma otro factor incómodo: muchos microplásticos actúan como esponjas químicas capaces de transportar pesticidas, metales pesados o contaminantes adheridos en superficie.

No se trata solo del plástico. Es todo lo que puede mover con él.

Europa empieza a reaccionar, aunque lentamente

La Unión Europea ha comenzado a endurecer algunas normativas relacionadas con contaminación plástica y emisiones de microplásticos. En los últimos años se han aprobado restricciones sobre microplásticos añadidos intencionadamente en productos industriales y cosméticos, además de nuevas estrategias de economía circular.

También crece el interés por desarrollar materiales agrícolas biodegradables más resistentes y sistemas de reciclaje específicos para plásticos de uso agrario.

Aun así, el desafío técnico es enorme. Muchos materiales “biodegradables” solo se degradan correctamente bajo condiciones industriales concretas, no necesariamente en un suelo agrícola seco y cálido como el mediterráneo.

Por eso varios centros de investigación españoles trabajan ya en alternativas más duraderas, sistemas de reutilización y tecnologías de monitorización del suelo mediante sensores y análisis avanzados.

El problema que tarda años en hacerse visible

Lo inquietante de esta contaminación es su lentitud. Los efectos no aparecen de golpe. Se acumulan temporada tras temporada.

Un suelo puede seguir produciendo aparentemente igual mientras pierde biodiversidad microscópica o cambia lentamente la composición vegetal. Cuando las consecuencias se hacen evidentes, revertirlas resulta muchísimo más complicado.

Y aquí aparece una idea clave: los ecosistemas áridos funcionan con márgenes muy estrechos. Un pequeño desequilibrio mantenido durante años puede acabar alterando por completo el paisaje.

No hace falta imaginar escenarios apocalípticos. Basta observar cómo pequeños cambios constantes terminan modificando la realidad.

Vía CSIC – Diario de Almería

Más información: Microplastics favor forbs over grasses in drylands: Opposing roles of particulates and chemical leachates on germination and plant traits

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Publicado en: Medio Ambiente, Contaminación

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